sábado, 1 de diciembre de 2012

EL HOMBRE EL PENSAMIENTO Y LOS ANIMALITOS.

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Vuelvo a escuchar a Benedetto Croce cuando expresa:
“Algunos dicen que los animales, o ciertos animales, piensan y razonan sin hablar. Ahora bien, si piensan, cómo piensan y qué piensan los animales; si éstos son hombres rudimentarios o salvajes que resisten a la civilización, más bien que máquinas fisiológicas como querían los viejos espiritualistas, todo esto no puede interesarnos aquí. Cuando el filósofos habla de la naturaleza animal, brutal, impulsiva, instintiva, etc, no se funda en conjeturas de este tipo, concernientes a perros o gatos, leones u hormigas, sino en las observaciones sobre lo que hay de animalesco y de brutal en el hombre: el límite o de la base animal que advertimos en nosotros mismos. Que luego determinados animales, perros, gatos, leones u hormigas posean éstas o las otras actividades humanas, tanto mejor o peor para ellos; esto quiere decir que cuando de tales animales se trate, deberá discurrirse sobre una base, no de “naturaleza” en sentido total, sino animal, más amplia y grave que la del hombre. Y aun suponiendo que los animales piensen  y formen conceptos, ¿a qué conduce, dentro de las conjeturas el admitir que no se valen para ello de expresiones correspondientes? La analogía con el hombre, el conocimiento del espíritu, la psicología humana que sirve de instrumento a todas las conjeturas de psicología animal, nos obligarían, por el contrario, a suponer que los animales piensan de algún modo, hablan de algún modo también.”

¿Y qué duda cabe que así sea Croce?
Sucede que nuestro ombliguismo cósmico, nos lleva a humanizar todo lo que acontece en el planeta.
Cuando nos preguntamos si los animales piensan, lo hacemos desde el lugar de nuestro pensamiento, o sea, nos interrogamos si piensan como nosotros. No.
El gato, el perro, el león y seguramente la hormiga, piensan como tales, acorde a la especie de cada uno.
También, nos interrogamos y hasta se debate si hablan. No. No hablan, sino que se expresan conforme a sus respectivas especies.
Las abejas, por ejemplo, al igual que las hormigas, tienen una vida organizada, son insectos sociales, no pueden tener una existencia aislada y necesitan vivir en colonia. Una colonia muy fuertemente organizada, siempre compuesta de obreras, de zánganos y de una sola reina.
Quiere decir entonces, que para vivir en colonias, necesitan comunicarse de algún modo. Sí. No hablan como nosotros pensamos. Se expresan como ellas saben hacerlo. Tomemos el ejemplo de la “danza” que realizan las exploradoras para informar sobre el lugar donde pueden ir a recolectar el néctar necesario para la fabricación de miel, que requieren para su sobrevivencia.
El baile en círculo significa un lugar muy cercano (menos de 25 metros). Para lugares más lejanos hasta una decena de kilómetros, el baile bullicioso o baile en ocho con figuras muy complicadas, indica en función de las oscilaciones abdominales y de las vibraciones emitidas, la distancia del botín a recoger. La dirección se expresa respecto a la posición del sol. La distancia por el número y la velocidad de las vueltas efectuadas por la abeja sobre sí misma.
¿Qué es esto, entonces, sino un modo de expresión que comunica (informa) de manera tan perfecta un lugar, la distancia y supongo que hasta la cantidad de néctar que pueden encontrar?
O sea. Piensan y se comunican como nosotros, sólo que a su manera, con todo lo que concierne a su especie. Porque si pueden determinar distancias, direcciones y algunas cuestiones más, negar que piensen, es otra de las arrogancias humanas.
Mis gatitos, a los que observo de manera permanente, se comunican con diferentes maullidos, tonos, gestos y movimientos de la cola.
La gata madre, un hijo primigenio y otro más pequeño, de otra lechigada.
La gata, es la que domina todas las situaciones, la protectora, la que los lame en una limpieza constante. Pero he observado, ante ciertas actitudes de los hijos, un enojo que se manifiesta con una especie de gruñido, con el movimiento de la cola y una fija mirada hacia el que está recriminando.
El maullido de los juegos, es muy diferente al del enojo. Ni hablar cuando la gata está en celo y vienen todos los gatos del universo a fecundarla. Ella elije. Lo sé, lo vi, lo comprobé. Hace una especie de danza, revolcándose, contorsionando su cuerpo, delante del elegido. ¡Y vi cómo le llevaba su propio alimento! Toda una ceremonia y ofrenda nupcial, antes del acoplamiento.
Luego, cuando nacen las crías, el gato macho, viene por unos días y luego se va. Las crías anteriores, cuando los chiquitos comienzan a moverse, a alejarse de su lugar, los cuidan, están atentos en todo momento.
¿De qué se trata entonces?
¿Sólo de instinto? No. Hay algo más.
Y termino:
Conozco cada uno de los diferentes maullidos cuando se “comunican” conmigo. Sea el de la comida, el del agua, el de la inseguridad cuando merodean gatos que ellos no quieren, o los perros de los vecinos.
Y responden a juegos que hacemos y que repetimos
¿De qué se trata entonces?
¿Sólo de instinto? No me lo creo.

© Helios Buira

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