viernes, 21 de diciembre de 2012

EL ARTE, LA VELOCIDAD O LA ESTUPIDEZ

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El arte se relaciona directamente con las palabras del profeta: "Hay que vencer la cólera con la dulzura; hay que vencer al mal con el bien, la mentira con la verdad".
Insisto con aquello de que Bello y Bien son sinónimos.

De Rodin: 
"Para el artista digno de ese nombre, en la naturaleza todo es bello; porque sus ojos, al aceptar valientemente toda verdad exterior, lee en ella, como en un libro abierto, toda la verdad interior.
Le basta mirar un rostro humano para descifrar un alma; ningún rasgo lo engaña; para él, la hipocresía es tan transparente como la sinceridad; la inclinación de una frente, el menor fruncimiento de cejas, lo evasivo de una mirada, le revelan los secretos de un corazón.
De la misma manera es el confidente de la naturaleza. Los árboles, las plantas, le hablan como amigos. Los viejos robles nudosos le dicen de su benevolencia para con los hombres, a los que protegen con sus ramas desplegadas. Las flores conversan con él por la curva graciosa de su tallo, por los cantarines matices de sus pétalos; cada florcita que se encuentra entre la hierba, es una palabra afectuosa que le dirige la naturaleza"
.

Y Rodin, con su descomunal obra da testimonio de sus palabras.
En arte, solo existen artistas o plagiarios.
Y cuando me refiero a los artistas, lo hago consciente de que estoy hablando de aquellos verdaderos que se ocupan del hombre.
Entonces alcanzamos a comprender el móvil del trabajo humano, que es esclavitud cuando su finalidad es ciega, egoísta y es alegría cuando se realiza en bien de todos, en bien de los otros, en bien de cada uno.
Y que sideral paradoja que hombres trágicos como Blake, Nerval, Kierkegaard, Lautreamon, Rilke, Strimberg, Sabato, Dostoyevsky, Poe, Henry Miller, Munch, Van Gogh, Kokoschka, Modigliani y tantos otros que sufrieron lo indecible en sus respectivas existencias, se hayan ocupado de los problemas del alma, se hayan ocupado por la creación de otros valores refundando lo ético. Si hasta duele pensar en esto.
La obra de un artista pone en juego un universo de circunstancias, penetra lugares inexplorados del alma humana donde habitan los más bellos sentimientos y los más terribles engendros del terror y de la angustia poniendo en litigio la capacidad que tiene el hombre para sobrellevar esto.
Pero hay una zona solitaria y sublime, donde se produce el encuentro para salir airoso de esta lucha tremenda y es la capacidad para admirar. Porque no cualquiera puede. Sábato dice: "Es que hasta para admirar se necesita grandeza".
Y tan pocos llegan a este estado. El resto está en una puja desdichada por conseguir sus oropeles, por conquistar un éxito efímero, con argumentos más efímeros aun. Luchan por tener acceso a sus pequeñas conquistas.
Y lo que les molesta es justamente la gratuidad del arte, su absoluta inutilidad. ¿Para qué sirve?. Claro, es tan gratuito como el amor.
Para ellos, que quieren cosas "útiles", esto no tiene sentido, salvo cuando le dan valor de mercancía, cotizable en el mercado. Ya vemos lo que se consiguió con esto, con jurados, críticos, coleccionistas, apostando a valores inventados durante un período, haciendo famoso a tal o cual para luego descartarlo y cambiarlo por un "nuevo valor" surgido desde las tinieblas de lo insostenible.
Pero atención, jóvenes, pues hay un juez inexorable que no es amigo, que no se puede comprar, que no está en venta, no entra en componendas ni se regala al mejor postor.
Ese Juez, se llama Tiempo.
Más en este tiempito, todos corren apresurados tras el éxito que los espera en algún rincón de la liviana existencia que poseen.
Velocidad, velocidad desesperada, vertiginosa, para llegar solamente a lo efímero.

© Helios Buira

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