Se habla de una ascensión, de pasar más allá de uno mismo.
Ascender.
Remontarse, arrastrar el mundo detrás de uno, ahogándose en profundidades
estelares, tomarse de la cola de un cometa y fosforecer el universo.
Pasar de la
imaginación a la invención, lugar desde el que no hay retorno.
Aventurarse más
allá del merodear solo, depender absolutamente de sí mismo.
Por momentos,
uno se detiene en el borde de algo. Un algo aterrador. Pero el impulso, el misterio
del impulso, estabiliza.
-¿Qué tiene que
tener una obra para ser de arte? Me preguntó el Maestro.
Ante mi
silencio, dijo: -Vuelo. Mientras recorríamos las salas del Museo de Bellas
Artes y, deteniéndose ante la cabeza del Balzac de Rodin, señalándola con su
dedo índice, me dijo: -Ahí está.
Y comprendí.
Supe todo lo que vendría, lo que haría, lo que sería mi existencia.
El crecimiento
se convierte en experiencia y esa experiencia, a su vez, engendra otras y lo
que se pone en las obras, es eso. Solamente eso. Desde lo más hondo a lo que
uno pueda llegar en sí mismo.
La comprensión
de la diferencia.
La discordancia
entre lo nuevo que se gesta, lo nuevo en el estado interior y esas otras formas
de paredes que oprimen, tétricas, monótonas, agobiantes que un día, por un azar
concertado, comenzarán a derrumbarse. Y el aire será puro. Un espacio verde, un
remanso en el río turbulento.
Al fin y al
cabo uno llega a ser alguien –si es que llega- sólo para serlo…
Pero de hecho,
no en una actuación de solista, sino, en una interacción con miles de
observadores, lectores o escuchas, según venga el caso de la disciplina
utilizada en la expresión. El disfrute de una idea hermosa no es nada en
comparación con el disfrute que proporciona el darle expresión a esa idea.
Llegan, esas
ideas, a través de los “mensajes” que uno recibe tal vez desde lo más hondo del
ser, o, por qué no, a través del Azar Concertado que dicta la emoción para
expresarlas.
-Vení, me dijo
el Maestro. Estábamos en su taller, yo era su ayudante.
Se paró ante el
calco de la cabeza de un caballo griego, calco de primer agua; dijo:
-Dame tu mano. Se
la ofrecí y él, tomándola, la acercó a la figura y agregó: -Recorrela
suavemente, apenas con la yema de los dedos.
Lo hice.
Mientras mis dedos se deslizaban sobre esa cabeza, él agrega: -Te imaginás
Helios, lo que habrán sentido ante esta belleza Rodin y Miguel Ángel, al recorrerla
como nosotros?
Lo miré, se dio
cuenta y agregó: -Claro, Helios, a mayor grandeza, mayor comprensión sensible.
El maestro
señala. Sólo señala. El discípulo sigue con la mirada. Hacia allá se dirige. Más
es acompañado por el maestro.
El discípulo
asciende, para pasar más allá de sí mismo.
© Helios Buira
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