jueves, 20 de diciembre de 2012

¿UNA VIDA CREATIVA?

30

Se habla de una ascensión, de pasar más allá de uno mismo.
Ascender. Remontarse, arrastrar el mundo detrás de uno, ahogándose en profundidades estelares, tomarse de la cola de un cometa y fosforecer el universo.
Pasar de la imaginación a la invención, lugar desde el que no hay retorno.
Aventurarse más allá del merodear solo, depender absolutamente de sí mismo.
Por momentos, uno se detiene en el borde de algo. Un algo aterrador. Pero el impulso, el misterio del impulso, estabiliza.
-¿Qué tiene que tener una obra para ser de arte? Me preguntó el Maestro.
Ante mi silencio, dijo: -Vuelo. Mientras recorríamos las salas del Museo de Bellas Artes y, deteniéndose ante la cabeza del Balzac de Rodin, señalándola con su dedo índice, me dijo: -Ahí está.
Y comprendí. Supe todo lo que vendría, lo que haría, lo que sería mi existencia.
El crecimiento se convierte en experiencia y esa experiencia, a su vez, engendra otras y lo que se pone en las obras, es eso. Solamente eso. Desde lo más hondo a lo que uno pueda llegar en sí mismo.
La comprensión de la diferencia.
La discordancia entre lo nuevo que se gesta, lo nuevo en el estado interior y esas otras formas de paredes que oprimen, tétricas, monótonas, agobiantes que un día, por un azar concertado, comenzarán a derrumbarse. Y el aire será puro. Un espacio verde, un remanso en el río turbulento.
Al fin y al cabo uno llega a ser alguien –si es que llega- sólo para serlo
Pero de hecho, no en una actuación de solista, sino, en una interacción con miles de observadores, lectores o escuchas, según venga el caso de la disciplina utilizada en la expresión. El disfrute de una idea hermosa no es nada en comparación con el disfrute que proporciona el darle expresión a esa idea.
Llegan, esas ideas, a través de los “mensajes” que uno recibe tal vez desde lo más hondo del ser, o, por qué no, a través del Azar Concertado que dicta la emoción para expresarlas.
-Vení, me dijo el Maestro. Estábamos en su taller, yo era su ayudante.
Se paró ante el calco de la cabeza de un caballo griego, calco de primer agua; dijo:
-Dame tu mano. Se la ofrecí y él, tomándola, la acercó a la figura y agregó: -Recorrela suavemente, apenas con la yema de los dedos.
Lo hice. Mientras mis dedos se deslizaban sobre esa cabeza, él agrega: -Te imaginás Helios, lo que habrán sentido ante esta belleza Rodin y Miguel Ángel, al recorrerla como nosotros?
Lo miré, se dio cuenta y agregó: -Claro, Helios, a mayor grandeza, mayor comprensión sensible.
El maestro señala. Sólo señala. El discípulo sigue con la mirada. Hacia allá se dirige. Más es acompañado por el maestro.
El discípulo asciende, para pasar más allá de sí mismo.

© Helios Buira

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