jueves, 27 de diciembre de 2012

BALÁN, PUJIA O EL DESTINO

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Supe que la casa de Américo Balán, estaba situada sobre la calle Bulnes.
Allí, el maestro tenía también su taller, donde pudo crear bellísimos grabados, pinturas y dibujos.
Guardo  el honor de haber sido discípulo suyo en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Allí, sus clases, fueron memorables. No sólo nos enseñaba las técnicas del grabado, sino que acompañaba su decir con profundos conceptos filosóficos que ampliaban nuestras necesidades de conocimiento. Nos introducía en el mundo del arte.
Por aquel tiempo, el grabado (la xilografía) era mi manera de expresión. Cada trabajo que hacía en casa (aun no tenía taller) era visto por el maestro, que hacía las correcciones o explicaciones correspondientes sobre composición, técnicas, estampas, que extendía hacia otras disciplinas para completar sus dichos y uno pudiese comprender de qué se trataba.
Una noche, en el taller de la Escuela, me aparta del resto de los compañeros y me dice:
-Tus grabados, como también tus dibujos, me agradan considero que sos bueno para esto. Pero más que un grabador, veo en vos a un escultor.
Debo haber puesto cara de espanto o algo parecido, pues agregó:
-No es para tanto. Sólo te digo lo que a mí me parece. Pero deberías probar, intentar algo con el volumen. Mientras, seguís con el grabado. Hacé una cosa. Andá a verlo a Pujía, que él te va a orientar, a ayudar, es buen maestro.
Salí decepcionado, triste de la clase.
Al poco tiempo, le pedí a Pujía si podía verlo en su taller, pues quería hablar con él. Aceptó y me dio la dirección.
Allá fui.
Me recibió con un abrazo, luego indicándome la entrada del taller.
Entrar allí, fue una de las experiencias más fuertes de mi existencia respecto del mundo del arte. Quedé asombrado, sin palabra, ante la descomunal belleza de la obra de Pujia. Se dio cuenta y me dijo, con el humor que luego aprendí a saber de él: -¿No haré papelón, si muestro estas esculturas?
Recorrí todo, miré todo, vi todo, observé todo y disfruté todo.
Maravilla.
En otra oportunidad, le pedí aprender con él y aceptó.
Lo que he recibido en su Taller Escuela, primero como alumno, luego como ayudante, me ha dado una sólida formación técnica, más la posibilidad de aprehender a ver el mundo del arte y poder expresarme desde esa otra manera de decir que es el hecho artístico.
Fueron años de intenso trabajo, de intenso hacer a medida que él producía su obra; mi tarea era formar moldes, mantener húmedas las figuras que había construido en arcilla, del vaciado y llenado de lo moldeado, el picado de los moldes, preparar materiales y cosa muy importante, de mantener el orden en todos los rincones del taller.
Para Antonio, el orden era una premisa de buen hacer.
Había un cartel en una de las paredes, que rezaba: “Seamos limpios y ordenados” Cuando le hice la pregunta de por qué tanto cuidado en ese asunto del orden, respondió: -Muy simple Boira (me nombraba así, en vez de Buira) porque “el desorden se mete dentro de uno y luego, la obra, será desordenada. Y la obra, acaso... ¿no es nuestra existencia?”

Llegué a la calle Bulnes y busqué la dirección de la casa de Américo Balán.
El maestro había fallecido años atrás.
Me recibió su esposa, me hizo pasar y la agitación de poder ver en “vivo, en verdadero”, la obra de quien me había guiado hacia la escultura, fue intensa.
Me hizo recorrer distintos lugares del taller, me mostró obras que tenía guardadas, otras estaban a la vista. Mientras, me preguntaba sobre él, cómo había yo recibido su enseñanza, ambos, emocionados, hasta que nos sentamos a una mesa a seguir con la conversación a la vez que saboreando un rico café.
Le comenté que Pujia (a quien ella apreciaba pues habían sido amigos junto con Balán) se emocionó muchísimo cuando años después de haberlo conocido, le dije que Balán me había “enviado” hacia él, para que me enseñara el arte de la escultura.
Ella también recibió el impacto emotivo.
Fue así que salió el tema del destino, yo le dije lo que me parecía, lo que creía que era y ella dijo: -Soy psiquiatra, me agrada lo que decís. ¿Podrías, escribirlo?
Le dije que sí, que se lo enviaría.
Tiempo después, pude mostrarle mi sentir:

La trama del revés
Quiero imaginar al destino como si fuese un trozo de tela, un paño.
Uno puede recorrer libremente la trama, los distintos hilos de ese tejido, por donde le imponga en oportunidades, su soberano arbitrio: ir, venir, repetir el trayecto cuantas veces quiera. Lo que jamás podrá hacer, es salirse de la tela. La salida, significa el final. Establece que se cumplió el ciclo de permanencia en el paño.
También imagino que esa tela dentro de la cual andamos tiene diferentes formatos, como también, que su hechura se corresponde con disímiles materiales, que la hacen suave, rugosa, áspera, delicada, o tersa; pero también esas texturas pueden articularse de modo que la trama adquiera un aspecto no uniforme semejante a un continente en el cual sabemos que existen todas las cosas posibles, en todas las formas posibles, desde la más bella flor hasta el más horrendo y asqueroso engendro  que uno pueda imaginar. Diferente de un jardín, cuidado, acomodado, donde uno elige un orden para mostrarlo dotado de hermosura.
Quiero imaginar que las distintas texturas de la trama, simbolizan la vida de las personas que transitan por los incomparables ornatos de su resultado. Como cuando observo detenidamente el dibujo de mis dígitos, esa huella que no es un argumento policíaco, sino que me dice que esa línea interminable que me recorre, es el dibujo del alma; a la vez que me diferencia, diciéndome que no se repite jamás, en ninguna otra persona que habita en el planeta.
El hondo, complejo y misterioso interrogante, es indagar para saber si esa tela, ese paño, se nos ofrece ya creado, o lo vamos tejiendo en el acontecer de nuestra propia existencia.  

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