Supe que la casa de Américo Balán, estaba situada sobre la
calle Bulnes.
Allí, el maestro tenía también su taller, donde pudo crear
bellísimos grabados, pinturas y dibujos.
Guardo el honor de
haber sido discípulo suyo en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Allí,
sus clases, fueron memorables. No sólo nos enseñaba las técnicas del grabado,
sino que acompañaba su decir con profundos conceptos filosóficos que ampliaban
nuestras necesidades de conocimiento. Nos introducía en el mundo del arte.
Por aquel tiempo, el grabado (la xilografía) era mi manera
de expresión. Cada trabajo que hacía en casa (aun no tenía taller) era visto
por el maestro, que hacía las correcciones o explicaciones correspondientes
sobre composición, técnicas, estampas, que extendía hacia otras disciplinas
para completar sus dichos y uno pudiese comprender de qué se trataba.
Una noche, en el taller de la Escuela, me aparta del resto
de los compañeros y me dice:
-Tus grabados, como también tus dibujos, me agradan
considero que sos bueno para esto. Pero más que un grabador, veo en vos a un
escultor.
Debo haber puesto cara de espanto o algo parecido, pues
agregó:
-No es para tanto. Sólo te digo lo que a mí me parece. Pero
deberías probar, intentar algo con el volumen. Mientras, seguís con el grabado.
Hacé una cosa. Andá a verlo a Pujía, que él te va a orientar, a ayudar, es buen
maestro.
Salí decepcionado, triste de la clase.
Al poco tiempo, le pedí a Pujía si podía verlo en su
taller, pues quería hablar con él. Aceptó y me dio la dirección.
Allá fui.
Me recibió con un abrazo, luego indicándome la entrada del
taller.
Entrar allí, fue una de las experiencias más fuertes de mi
existencia respecto del mundo del arte. Quedé asombrado, sin palabra, ante la
descomunal belleza de la obra de Pujia. Se dio cuenta y me dijo, con el humor
que luego aprendí a saber de él: -¿No haré papelón, si muestro estas
esculturas?
Recorrí todo, miré todo, vi todo, observé todo y disfruté
todo.
Maravilla.
En otra oportunidad, le pedí aprender con él y aceptó.
Lo que he recibido en su Taller
Escuela, primero como alumno, luego como ayudante, me ha dado una sólida
formación técnica, más la posibilidad de aprehender a ver el mundo del arte y
poder expresarme desde esa otra manera de decir que es el hecho artístico.
Fueron años de intenso trabajo, de
intenso hacer a medida que él producía su obra; mi tarea era formar moldes,
mantener húmedas las figuras que había construido en arcilla, del vaciado y
llenado de lo moldeado, el picado de los moldes, preparar materiales y cosa muy
importante, de mantener el orden en todos los rincones del taller.
Para Antonio, el orden era una
premisa de buen hacer.
Había un cartel en una de las
paredes, que rezaba: “Seamos limpios y ordenados” Cuando le hice la pregunta de
por qué tanto cuidado en ese asunto del orden, respondió: -Muy simple Boira (me
nombraba así, en vez de Buira) porque “el desorden se mete dentro de uno y
luego, la obra, será desordenada. Y la obra, acaso... ¿no es nuestra existencia?”
Llegué a la calle Bulnes y busqué
la dirección de la casa de Américo Balán.
El maestro había fallecido años
atrás.
Me recibió su esposa, me hizo pasar
y la agitación de poder ver en “vivo, en verdadero”, la obra de quien me había
guiado hacia la escultura, fue intensa.
Me hizo recorrer distintos lugares
del taller, me mostró obras que tenía guardadas, otras estaban a la vista.
Mientras, me preguntaba sobre él, cómo había yo recibido su enseñanza, ambos,
emocionados, hasta que nos sentamos a una mesa a seguir con la conversación a
la vez que saboreando un rico café.
Le comenté que Pujia (a quien ella
apreciaba pues habían sido amigos junto con Balán) se emocionó muchísimo cuando
años después de haberlo conocido, le dije que Balán me había “enviado” hacia
él, para que me enseñara el arte de la escultura.
Ella también recibió el impacto
emotivo.
Fue así que salió el tema del
destino, yo le dije lo que me parecía, lo que creía que era y ella dijo: -Soy
psiquiatra, me agrada lo que decís. ¿Podrías, escribirlo?
Le dije que sí, que se lo enviaría.
Tiempo después, pude mostrarle mi
sentir:
La trama del revés
Quiero imaginar al destino como
si fuese un trozo de tela, un paño.
Uno puede recorrer libremente la
trama, los distintos hilos de ese tejido, por donde le imponga en
oportunidades, su soberano arbitrio: ir, venir, repetir el trayecto cuantas
veces quiera. Lo que jamás podrá hacer, es salirse de la tela. La salida,
significa el final. Establece que se cumplió el ciclo de permanencia en el
paño.
También imagino que esa
tela dentro de la cual andamos tiene diferentes formatos, como también, que su
hechura se corresponde con disímiles materiales, que la hacen suave, rugosa,
áspera, delicada, o tersa; pero también esas texturas pueden articularse de
modo que la trama adquiera un aspecto no uniforme semejante a un continente en
el cual sabemos que existen todas las cosas posibles, en todas las formas
posibles, desde la más bella flor hasta el más horrendo y asqueroso
engendro que uno pueda imaginar.
Diferente de un jardín, cuidado, acomodado, donde uno elige un orden para
mostrarlo dotado de hermosura.
Quiero imaginar que las
distintas texturas de la trama, simbolizan la vida de las personas que
transitan por los incomparables ornatos de su resultado. Como cuando observo
detenidamente el dibujo de mis dígitos, esa huella que no es un argumento
policíaco, sino que me dice que esa línea interminable que me recorre, es el
dibujo del alma; a la vez que me diferencia, diciéndome que no se repite jamás,
en ninguna otra persona que habita en el planeta.
El
hondo, complejo y misterioso interrogante, es indagar para saber si esa tela,
ese paño, se nos ofrece ya creado, o lo vamos tejiendo en el acontecer de
nuestra propia existencia.
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