domingo, 30 de diciembre de 2012

MONTEVERDI, EL TALLER Y MI RECUERDO

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De Claudio Monteverdi se han dicho muchas cosas y se ha escrito también, mucho sobre él.
Eso, tal vez, sirva para conocerlo o saberlo, para informarse acerca de un músico que vivió allá por el 1600.
Pero qué es lo que importa, respecto de este creador al que se lo calificó como revolucionario por unos y para otros, no  como un inventor de formas, sino por el refinamiento que supo imprimirle a la música, lo que había asimilado de las “últimas” ideas.
Dicen que consideraba imperioso aliar el rigor del modo antiguo de componer a las posibilidades expresivas que presentía en la forma madrigalesca.

Supe de este maravilloso músico a través del Maestro Pujia, cuando, siendo su ayudante me decía: -Escuchalo Helios, escuchalo, que es maravilloso, es un remanso, un descanso ante tanto grito, en medio del ruido que hoy nos rodea. Y así trabajábamos en el taller, mientras ese hombre nos deleitaba con su música iluminada.
Una de las obras que más recuerdo de aquellos años, es el Desnudo con uvas, que Antonio estaba creando para enviar a un salón, una obra de tamaño natural y hacíamos chanzas acerca del vino que tomaría Monteverdi, mientras la modelo reía y festejaba, sosteniendo y comiéndose las uvas.
Una escultura muy bella, una figura de pie que con el brazo derecho recogido y la mano a la altura del hombro, sostiene un racimo de uvas y en la mano izquierda, a la altura de la cadera, otro racimo y éstos se repiten en la base, alrededor de los pies.
Por ese tiempo, en la parte alta de la casa que hacía de taller, vivía Pipo Ferrari –uno de los grandes artistas argentinos que deberían tener mayor difusión- quien trabajaba encerrado en el silencio. Antonio, una vez que le dio el “toque” final a la escultura, me pidió que le dijera a Pipo que bajara para ver la obra. Pipo dejó de pintar, tranquilo, despacio, bajó por la escalera caracol e ingresó al taller de Antonio. Éste lo esperaba parado junto a la escultura: “Pipo, mirala un poco” escuché que decía. Mientras, Pipo comenzó a recorrer en rededor de la escultura; Antonio me dijo: “Helios, sentate ahí y escuchá”, señalándome un banquito. Eso hice. Y la maravilla fue verlo a Pipo recorrer, mirar, detenerse, volver a mirar, recorrer, mirarlo a Antonio, volver a la escultura, todo, en un silencio profundísimo. Yo percibía la respiración nerviosa de Antonio, que sabía que ese par, ese otro artista, le diría la verdad de lo que sentía al observar su obra. Esa “mirada”, duró casi treinta minutos, doy fe de ello. (No escuché vi)
Entonces Pipo se detuvo, lo miró a Antonio y abrazándolo, le dijo: -Tano, este es el Gran Premio- Ese fue todo su juicio.
La obra, debo decirlo, ganó el Gran Premio.

Monteverdi nació el 15 de marzo de 1567, como primogénito de cinco hijos de un médico de Cremona. Su educación musical fue confiada al maestro de capilla de la catedral, Marc Antonio Ingenieri, quien lo introdujo en la tradición franco-flamenca y le reveló el arte de los madrigales. Monteverdi adquirió una brillante cultura humanista, con especial inclinación por la poesía y la filosofía.
El género madrigalesco le permitía –al decir de Romain Rolland- “dejar penetrar el espíritu nuevo sin renunciar a las formas del pasado”
Éste fue el hombre, el músico, el artista que Pujia me enseñó a escuchar y hoy, después de muchos años, en momentos de concentración previos al inicio de una obra, Monteverdi es quien me acompaña con la belleza de su música.
Alguien dijo: Con Monteverdi, la Ópera dejó de ser meramente alegórica para abrazar los más diversos sentimientos humanos.
Murió el 29 de noviembre de 1643, o sea, que han pasado 370 años.
Vuelve siempre desde el silencio, para ocupar el lugar que le corresponde entre los grandes músicos de todos los tiempos, y continúa siendo tan moderno como lo era entonces.

© Helios Buira

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