sábado, 29 de diciembre de 2012

EL SUFRIR. EL GOZAR. LO SIMPLE PROFUNDO.

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Por momentos, en un soliloquio, el artista insiste en ideas sobre la mayor perceptibilidad y afinación del alma bajo el influjo del sufrimiento y el dolor. Humana experiencia del hombre sensible que enfrenta la soledad y el misterio insondable de la existencia.
Porque en el momento de crear, se está solo. Tal vez, con la compañía de lo que se siente y es cuando ya no hay diferencia entre el sufrir y el gozar, o todo se transforma en un goce del espíritu que ante lo simple se expande de manera inconmensurable.
La persona sensible puede observar la labor formidable de un yuyito para multiplicarse y eso basta para imaginar un cosmos.
Como cuando Octavio Paz describe o crea esta belleza:

“Por las rendijas de la ventana del fondo entra el sol. Viene de lejos y tiene frío. Adelanta un brazo de vidrio, roto en pedazos diminutos al tocar el muro. Afuera, el viento dispersa nubes. Las persianas metálicas chillan como pájaros de hierro. El sol da tres pasos más. Es una araña centelleante, plantada en el centro del cuarto. Descorro la cortina. El sol no tiene cuerpo y está en todas partes. Atravesó montañas y mares, caminó toda la noche, se perdió por lo barrios. Ha entrado al fin y, como si su propia luz lo cegase, recorre a tientas la habitación. Busca algo. Palpa las paredes, se abre paso entre las manchas rojas y verdes del cuadro, trepa la escalinata de los libros. Los estantes se han vuelto una pajarera y cada cada color grita su nota. El sol sigue buscando. En el tercer estante, entre el Diccionario etimológico de la lengua castellana y La Garduña de Sevilla, reclinada contra la pared recién encalada, el color ocre atabacado, los ojos felinos, los ojos levemente hinchados por el sueño feliz, tocada por un gorro que acentúa la deformación de la frente y sobre el cual una línea dibuja una espiral que remata en una vírgula,  (ahí el viento escribió su verdadero nombre) en cada mejilla un hoyuelo y dos incisiones rituales, la cabecita ríe. El sol se detiene y la mira. Ella ríe y sostiene la mirada sin pestañear.
¿De quién o por qué se ríe la cabecita del tercer estante? Ríe con el sol. Hay una complicidad, cuya naturaleza no alcanzo a desentrañar, entre su risa y la luz.

Y sigue Octavio Paz en esta descripción de altísimo vuelo poético, para luego desarrollar un tratado sobre el Mundo Prehispánico, partiendo de esa simpleza o la inmensa maravilla de la entrada del sol en una habitación.
Como dijera Sábato: “No hay temas grandes, pequeños, profundos o triviales. Es el hombre el que es grande, pequeño, profundo o trivial”.
Y adhiero a esas palabras, que han calado hondo en mí y me llevan a decir de manera permanente que el contenido, determina la forma. Sin contenido, sólo hay formas y éstas, por sí solas, nada dicen. O puede que digan otras cosas, pero carentes de metáforas.
Y en mi subjetiva apreciación, la metáfora habla del hombre, a la vez que también le habla.
Y Macedonio diciendo: “Romper esta mesa a golpes de metáforas”
Para Maillol, por ejemplo, la forma era un placer, pero por el solo motivo de hacerla. Era nada más que el medio para expresar una idea, o sea, un contenido que pasaba por el sentimiento. Él argumentaba ante sus discípulos, que se servía de la forma para llegar a lo que está en la forma y desarrollando decir lo que no es palpable, lo que no se toca.
Agregaba que la idea debe ser preconcebida, que había que determinarla incluso, antes de ver al modelo. Decía que la búsqueda de la idea, nos acercaba a lo eterno.
Por ello decía que copiar del natural no significaba nada, que uno podía reproducir una modelo, pero eso no significaba una obra de arte. Y repetía las palabras de Ingres: “Hay que hacerse a la idea de que el modelo nunca es aquello que queremos pintar, ni como carácter de dibujo, ni como color, aunque al mismo tiempo sea indispensable no hacer nada sin él”.
Tal vez, la belleza no esté en la exactitud  de una técnica, sino en la pasión que se pone en las ideas, en el contenido de cada obra.
Para el artista, lo que toma como modelo, sea un desnudo, una naturaleza muerta, un paisaje o lo que él considere expresar, eso, emana un alma. Y es lo que expresa en sus obras: algo vivo.
El sentimiento llega del espíritu  y atraviesa todo el cuerpo del artista en el momento de crear.
Aún en lo más simple, en lo mínimo.
Y esta inmensidad de Máximo Simpson

HALLAZGO

Excavando entre ruinas, entre olvidos,
encontré este huesito, este silencio.

Esta minucia,
que resplandece aún entre mis dedos
con una luz muy suave,
es un emanación,
o apenas
el sosegado aroma de un tal vez.

¿Qué hacer con él, cómo cuidarlo?
¿Cómo esconderlo
del tropel de los días?
¿Cómo salvarlo de las autopistas,
de las celebraciones,
de la sociedad y del Estado?

¿Cómo guardar su resplandor?

© Helios Buira

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