Nace en junio de 1799.
Creo que Napoleón, para esa fecha, ya había
estado en varios lugares y daba comienzo al Imperio con el cual quería
apoderarse del mundo. En esa circunstancia crece el Genio de la literatura. Es
cuando Balzac comienza a escribir. Tal vez aún no lo sabía, pero no escribe
como los demás. No para hacer dinero, o para divertir, ni llenar escaparates
con sus libros, sino para dominar el mundo literario, tal cual el emperador
quería hacerlo por otros medios. Pero en paradoja, su obra nace en una
buhardilla.
Se prueba. Escribe bajo seudónimo. Insatisfecho
por lo logrado, abandona la pluma durante cuatro o cinco años. Se dedica a
otros menesteres. Pero dado que tenía que ser el más grande de Francia, una
fuerza misteriosa lo lleva a escudriñar, no lo trivial, el detalle, la
apariencia sino, decididamente, el fabuloso mecanismo de los instintos
originarios; los de la Condición Humana.
Y es así que comienza a poetizar la realidad. Y
crea otro mundo. Y lucha. Y muestra lo inexorable. Y en ese cuartucho donde
inicia la nueva senda, convergen todos sus héroes, que son las formas
elementales de la sociedad. Sus héroes, que son sus creaciones. Y lo que allí
se agrupa, es la vida entera, la vida misma.
La vida que él mismo padeció, como cuentan que
en su juventud, cuando toda su comida era un trozo de pan seco, dibujó con tiza
en la mesa de la buhardilla la circunferencia de unos cuantos platos
inscribiendo en ellos el nombre de los majares
más apetecidos, para así, encontrar en el pan,
por pura sugestión de la voluntad, el sabor deseado.
Tal vez, de esta manera, por el mismo motivo,
haya creado esa Comedia Humana tan impresionante, engañando a su pobreza con la
riqueza. Eternamente agobiado por las deudas, atormentado por los acreedores:
¿No sentiría algo especial, creando personajes ricos y poderosos?
Y trató de crear también cuestiones en la vida
práctica, como la imprenta en la cual fundara un periódico. Pero terminó en
bancarrota. Sí, quien conocía en sus novelas todos lo vericuetos de la
economía, el que creaba ricos por doquier, el que conocía las artimañas de los
usureros, de los conquistadores de fortunas, quedó con una pila de deudas que
le hicieron gemir durante toda su vida.
Sólo su demencial voluntad de coloso le permitió
sobrevivir y sobrellevar su obra hasta el final.
© Helios Buira
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