Esas mañanas apacibles, sin sobresaltos, sabiendo que hay
yerba y azúcar para unos buenos mates. La pava calienta la esperanza. Brahms
acompaña y abroquela los sentidos. Harry añora un sillón junto a la leña que
quema un crepitar de llamas anunciantes, un chisporroteo que no modifica el
silencio, el misterioso silencio del estar en uno, con uno mismo.
Una mañana de gorriones, de papeles que danzan esta música,
sonando catedrales.
Más allá, en el tiempo, mi vieja, con doña Cármen, con
Angelita, queman una parva de ocres que cayeron de árboles otoñales, mientras,
en una charla infernal sobre vecinas, cuchichean el secreto universo de los
otros.
Y la pelota que golpea la ventana de doña Petrona,
preanunciando nuevos líos, esos líos de barrio, de acontecimientos no tan
históricos como la historia, pero que hacen a las personas, a las de todos los
días, a los cercanos vecinos, esos que Evaristo Carriego eternizó para los
tiempos, cuando dice:
El camino de nuestra casa...
Nos eres familiar como una cosa
que fuera nuestra, solamente nuestra;
familiar en las calles, en los árboles
que bordean ]a acera,
en la alegría bulliciosa y loca
de los muchachos, en las caras
de los viejos amigos,
en las historias íntimas que andan
de boca en boca por el barrio
y en la monotonía dolorida
del quejoso organillo
que tanto gusta oír nuestra vecina,
la de los ojos tristes...
Te queremos
con un cariño antiguo y silencioso,
¡caminito de nuestra casa! ¡Vieras
con qué cariño te queremos!
¡Todo
lo que nos haces recordar!
Tus piedras
parece que guardasen en secreto
el rumor de los pasos familiares
que se apagaron hace tiempo... Aquellos
que ya no escucharemos a la hora
habitual del regreso.
Caminito
de nuestra casa, eres
como un rostro querido
que hubiéramos besado muchas veces:
¡tanto te conocemos!
Todas las tardes, por la misma calle,
miramos con mirar sereno,
la misma escena alegre o melancólica,
la misma gente... Y siempre la muchacha
modesta y pensativa que hemos visto
envejecer sin novio... resignada!
De cuando en cuando, caras nuevas,
desconocidas, serias o sonrientes,
que nos miran pasar desde la puerta.
Y aquellas otras que desaparecen
poco a poco, en silencio,
las que se van del barrio o de la vida
sin despedirse.
¡Oh, los vecinos
que no nos darán más los buenos días!
Pensar que alguna vez nosotros
también por nuestro lado nos iremos,
quién sabe dónde, silenciosamente
como se fueron ellos...
Ahora es César Frank el que acompaña, mientras Haller me
dice que es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de
preocupaciones, aunque esté lleno de ellas, estos días llevaderos a ras de
tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor, ni el placer, donde todo
no hace sino susurrar y andar de puntillas.
El olor del otoño (la estación más hermosa). Los días
grises, caminados allá lejos, por Juncal hacia Retiro, en lloviznosas
madrugadas y llegar al taller que huele a óleos, a yeso, a cemento y a barato
vino.
Ir al Farolito para que Guillermo nos diera una jarra, los
vasos y una mesa donde apoyar nuestras tristezas, nuestros dolores compartidos;
viejo Carozo, mi buen Aldo. El mundo para nosotros estaba desquiciado, hecho
pedazos, parecía que no teníamos cabida en él. Vietnám, nos sacaba pedazos de
alma, nos iba desgarrando de a poquito, Pujia con su serie sobre Biafra, nos
mostraba otras miserias provocadas por los poderosos, y nosotros buscábamos
otras formas para poder decirlo. Éramos testigos de nuestro propio tiempo.
Sucede que es imposible sacarme la idea de la cabeza.
Sabía que tenía que escribirlo, pero me resultaba difícil
encontrar una manera de contar la historia.
En sus confesiones, Agustín de Hipona, me dice:
Vos, Señor,
hicisteis aquel cuerpo de que consta el Artista y el alma que manda y hace
trabajar a los miembros de su cuerpo y también la materia en que trabaja y hace
alguna cosa; Vos le disteis el ingenio con que aprendiese aquel arte, y conque
pudiese ver trazada en su interior la misma obra que él hace y trabaja afuera;
Vos le disteis los sentidos corporales por cuyo medio pasa desde el alma a la
materia no solamente la idea de aquella obra que exteriormente trabaja, sino
también vuelve desde la obra a lo interior del alma la noticia de lo que
exteriormente ha trabajado y hecho, para que ella consulte a la Verdad Interior
que tiene adentro de sí misma y la preside y gobierna, a ver si está bien o mal
hecha aquella obra.
Cuán peleada debe estar mi alma conmigo. Nada me dicta,
nada sale. Y para colmo, alguna vez dije que “la razón es tóxica”. O sea, ni
alma ni razón para dar comienzo a la historia que quiero contar.
Paciencia. Serenidad. Encendí un sahumerio, preparé el
mate, calenté agua y mientras sorbía y cavilaba, la biblioteca comenzó a
mostrarme sus formas en horizontales, salpicadas de colores. Y cada color una
editorial, cada color un autor: aquel verde, El Padre Goriot; el blanco, Macedonio
Fernández; Rojo y amarillo, las cartas de Rilke a Rodin; el azul, con algo de rojo,
el diario de Thomas Mann, el amarillo Liliana Heker ,
el violáceo Abelardo Castillo… Y en ese instante, la llamada gloriosa, el
campanazo que anunciaba el eureka del ya lo tengo. Me dije que si me costaba
tanto esto del relato, bien pudiera ser que el escritor de mi ficción tomara
como referentes a unos cuantos de esos autores, le sacaba un poquito a cada uno
y con ello, armar la historia. Total, con esto de la “versión libre” que hoy está
tan de moda, o aquello otro “a la manera de”, tendría material y los lectores,
como están ya acostumbrados a este tipo de cosas, nada dirían.
Pasa con algunas exposiciones. Uno entra a la galería y en
un vistazo, dice: -Qué bien pinta este tipo. Y al acercarse a leer los títulos
de las obras, comprueba que es una muestra colectiva, de los alumnos de algún
artista notable. Claro, todos se parecen o quieren parecerse al “maestro”, que
de maestro tiene poco si no pudo sacar lo de cada uno, desde cada uno, para que
puedan expresarse. Pero a veces, el ombliguismo de algunos, causa estragos en
los discípulos.
Cuántos hay que se hicieron el viajecito a Europa o a
Estados Unidos y volvieron con una nueva imagen bajo el brazo, una nueva
concepción del espacio, la versatilidad de su línea, la contundencia en la
estructura de la obra, todo bien explicado por los críticos del momento. Pero
nada dicen acerca de que todo eso nuevo acá, allá, resulta ser viejo.
Me dije manos a la obra y comencé a bucear en la
biblioteca, libro tras libro, autor por autor, tratando de encontrar la clave
para mi relato, que sería en realidad el relato del otro, aunque con la
esperanza de que apareciese el narrador que contaría la historia sin que se
note la procedencia.
Pero por desgracia, tengo pegados en las paredes del taller,
papelitos con sentencias, axiomas, frases célebres de maestros, que señalan el
camino. Y leí dos de ellas. En una, Degas dice: “Somos artistas, si es que lo
somos, porque no podemos ser otra cosa” y en la otra, Austen Heller sentencia:
“Y que Dios me condene si la grandeza debe ser alcanzada por medio del fraude”
Me quedé pensando… pensando… pensando…
© Helios Buira
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