Quería escribir una novela.
La pregunta hecha de manera sistemática, continua y
permanente es ¿Cómo se escribe una novela?
Qué se pone dentro de ella. Cuál el argumento. El estilo y
todo lo que tiene una novela, o todo lo que debe tener para ser una novela.
Días y noches pensando acerca de estas cuestiones.
Sé, por ser lector, sobre todo de novelas, que todas tienen
un principio, un desarrollo y un final.
-Bueno, me parece que lo primero y lo último, lo tengo -me
dije.
Se trata de la historia de un tipo que quiere escribir una
novela, pero que nunca la escribirá. O sea, principio y final.
Pero... ¿Y en el medio? ¿Cómo llego a ese final? Porque ese
tránsito, seguramente, es el desarrollo en cuestión.
¿Tiene que haber un narrador? Puedo escribirla en tercera
persona. O el narrador puedo ser yo, directamente, como hicieron Henry Miller y
Sábato, que a la vez fueron personajes de sus propias novelas. Pero no me veo
como personaje, no tengo cosas importantes que contar sobre éste que soy.
-Ya sé -volví a hablarme- el narrador soy yo y al contar la
historia del tipo que quiere escribir una novela (en este caso yo), sería algo
así como un narrador a la segunda potencia... No. No me cierra. Creo que un
narrador en tercera persona sería menos comprometedor en caso de que escriba
sobre temas urticantes, o si nombro a alguien que se sienta molesto por cómo
figura en el contenido y siempre tendré la excusa de decir: -Bueno, lo dijo el
tipo de la novela, ese personaje, qué querés que te diga, habría que preguntárselo
a él -cosa que le escuché decir a muchos escritores cuando les hacían
reportajes o escribieron tratados acerca de las novelas que ellos concibieron.
Con esta manera de escribir (digo, un narrador en tercera
persona) se acentuaría mi autoestima y podría hacerme el interesante ante mis
alumnas de la clase de escultura, hablándoles sobre literatura, sobre autores,
tomando distancia de mi obra, poniendo cara de mirar el horizonte como elucubrando
un pensamiento de esos profundos y las pibas, con ojos extasiados y la boca
entreabierta, esperando el comienzo de esa frase excelsa que seguramente yo
pronunciaría. La idea me agradaba, sobre todo esto de las pibas, que se
acercarían para escucharme hablar a la vez que preguntarme por los personajes
de la novela, cómo los había creado, si existían en la realidad, si eran
personas conocidas y todas esas
preguntas que se hacen cuando uno se encuentra a un escritor y tiene la
posibilidad de una conversación.
Lo complejo es cuando muchos de esos escritores son amigos
de uno y el uno intenta escribir una novela siendo escultor y es el momento en
que se confecciona un lío en mi cabeza al no sabe cómo empezar, qué preguntar y
mucho menos cómo se escribe una novela, por aquello del pudor, o la vergüenza
de haber sido y el dolor de ya no ser...
Recuerdo haber comprado una libretita de anotaciones.
Llenaba hojas blancas. desfloraba blanco papel todos los días en distintos
bares de esta querida Buenos Aires, en el Tortoni, en La Paz, en La Esponja, y
en cuanto lugar en que pudiera pedir mis interminables cortados, sacar varias
hojas, dibujar, escribir, leer a Wassermann, a Kafka y a todos los que leí
durante años y años sin parar, con tal de encontrar una respuesta, hasta que un
día, en La Giralda, sentado a la mesa junto a la ventana que da sobre la
Avenida Corrientes, al abrir el libro, Abelardo Castillo dice:
"GRACIELA TE LLAMABAS. Hoy he vuelto a
Córdoba, caminé solo por recovas amarillas, bajo las cúpulas y las arcadas y
los tordos... Entré en bares y salí de bares, llovió y una vez más me pregunto
cómo eras. Llueve. Es trivial, lo sé, pero esta tarde caminé bajo la
lluvia..."
Mierda. Así se empieza una novela. Lo demás, uno sabe que
está adentro y ya no importa cuál será el final, porque siempre será con la
misma intensidad cuando el que escribe es grande.
Debo decir que la conmoción fue intensa. La descomunal
belleza de ese inicio me hizo decir: -Ojalá algún día pueda escribir aunque
sea, algo así, algo parecido... Sólo eso.
En otro momento contaré lo que me ha pasado con Crónica de
un Iniciado, que Abelardo me obsequió y algunas anécdotas, todas con ese libro
como protagonista.
© Helios Buira
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