miércoles, 2 de enero de 2013

LA NOVELA. ABELARDO CASTILLO. EL INICIO

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Quería escribir una novela.
La pregunta hecha de manera sistemática, continua y permanente es ¿Cómo se escribe una novela?
Qué se pone dentro de ella. Cuál el argumento. El estilo y todo lo que tiene una novela, o todo lo que debe tener para ser una novela.
Días y noches pensando acerca de estas cuestiones.
Sé, por ser lector, sobre todo de novelas, que todas tienen un principio, un desarrollo y un final.
-Bueno, me parece que lo primero y lo último, lo tengo -me dije.
Se trata de la historia de un tipo que quiere escribir una novela, pero que nunca la escribirá. O sea, principio y final.
Pero... ¿Y en el medio? ¿Cómo llego a ese final? Porque ese tránsito, seguramente, es el desarrollo en cuestión.
¿Tiene que haber un narrador? Puedo escribirla en tercera persona. O el narrador puedo ser yo, directamente, como hicieron Henry Miller y Sábato, que a la vez fueron personajes de sus propias novelas. Pero no me veo como personaje, no tengo cosas importantes que contar sobre éste que soy.
-Ya sé -volví a hablarme- el narrador soy yo y al contar la historia del tipo que quiere escribir una novela (en este caso yo), sería algo así como un narrador a la segunda potencia... No. No me cierra. Creo que un narrador en tercera persona sería menos comprometedor en caso de que escriba sobre temas urticantes, o si nombro a alguien que se sienta molesto por cómo figura en el contenido y siempre tendré la excusa de decir: -Bueno, lo dijo el tipo de la novela, ese personaje, qué querés que te diga, habría que preguntárselo a él -cosa que le escuché decir a muchos escritores cuando les hacían reportajes o escribieron tratados acerca de las novelas que ellos concibieron.
Con esta manera de escribir (digo, un narrador en tercera persona) se acentuaría mi autoestima y podría hacerme el interesante ante mis alumnas de la clase de escultura, hablándoles sobre literatura, sobre autores, tomando distancia de mi obra, poniendo cara de mirar el horizonte como elucubrando un pensamiento de esos profundos y las pibas, con ojos extasiados y la boca entreabierta, esperando el comienzo de esa frase excelsa que seguramente yo pronunciaría. La idea me agradaba, sobre todo esto de las pibas, que se acercarían para escucharme hablar a la vez que preguntarme por los personajes de la novela, cómo los había creado, si existían en la realidad, si eran personas conocidas  y todas esas preguntas que se hacen cuando uno se encuentra a un escritor y tiene la posibilidad de una conversación.
Lo complejo es cuando muchos de esos escritores son amigos de uno y el uno intenta escribir una novela siendo escultor y es el momento en que se confecciona un lío en mi cabeza al no sabe cómo empezar, qué preguntar y mucho menos cómo se escribe una novela, por aquello del pudor, o la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser...
Recuerdo haber comprado una libretita de anotaciones. Llenaba hojas blancas. desfloraba blanco papel todos los días en distintos bares de esta querida Buenos Aires, en el Tortoni, en La Paz, en La Esponja, y en cuanto lugar en que pudiera pedir mis interminables cortados, sacar varias hojas, dibujar, escribir, leer a Wassermann, a Kafka y a todos los que leí durante años y años sin parar, con tal de encontrar una respuesta, hasta que un día, en La Giralda, sentado a la mesa junto a la ventana que da sobre la Avenida Corrientes, al abrir el libro, Abelardo Castillo dice: 

"GRACIELA TE LLAMABAS. Hoy he vuelto a Córdoba, caminé solo por recovas amarillas, bajo las cúpulas y las arcadas y los tordos... Entré en bares y salí de bares, llovió y una vez más me pregunto cómo eras. Llueve. Es trivial, lo sé, pero esta tarde caminé bajo la lluvia..."

Mierda. Así se empieza una novela. Lo demás, uno sabe que está adentro y ya no importa cuál será el final, porque siempre será con la misma intensidad cuando el que escribe es grande.
Debo decir que la conmoción fue intensa. La descomunal belleza de ese inicio me hizo decir: -Ojalá algún día pueda escribir aunque sea, algo así, algo parecido... Sólo eso.
En otro momento contaré lo que me ha pasado con Crónica de un Iniciado, que Abelardo me obsequió y algunas anécdotas, todas con ese libro como protagonista.

© Helios Buira

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