Algunos
comentan que Miguel Ángel le dijo a Vasari: “Si algo de bueno tengo en el ingenio, me ha venido de la sutileza del
país de Arezzo, y de la leche de mi nodriza he sacado los cinceles y el martillo con los cuales hago mis figuras”.
Humilde,
inseguro o mordaz, este Miguel Ángel, que dice “si algo de bueno tengo en el
ingenio…” Que habrá pensado Vasari ante semejante confidencia, en la cual
agrega que eso que parece tener le vino del país de Arezzo y lo más llamativo,
lo que dice sobre la leche de su nodriza. ¿Quién sería esa mujer que lo
amamantó para inundarlo de grandeza? En esa leche, estaba el martillo y el
cincel, herramientas con las cuales pudo “sacar” lo que había dentro de los
bloques de mármol.
Siempre digo
que el cómo y el por qué fue hecha una obra, es algo que no la modifica.
Pienso lo mismo
respecto del artista. Se ha dicho y de diferentes maneras, lo he escuchado en
la escuela de Bellas Artes a los profesores, lo he escuchado en boca de
artista, cuando se dice: “Una cosa es el artista y otra, el hombre” o sea, se
escinde al hombre del artista, o viceversa. Considero esto como un error.
Cuando se crea una obra, cuando está cargada de significación, cuando excede al
virtuoso y pueril oficio, la vida de quien hizo la obra, interesa tanto como la
obra misma. Porque es allí, en esa vida, en esa existencia, donde se forma la
verdadera obra de arte. Por algo, Miguel Ángel, en uno de sus Sonetos, nos
dice:
Nada crea el artista en su
portento,
Que ya no esté en el mármol
contenido
Y sólo arrancará forma y latido,
La mano que obedezca al
pensamiento.
O sea, la mano
del hombre artista o del artista hombre, según se prefiera.
Y ese hombre,
como tantos otros, padeció lo indecible para soportar la violencia de quienes
no estaban a su altura. Más él no fue un Zaratustra, sino que, a pesar de que
se lo pretenda presentar como un irascible, era un hombre pudoroso que
despreciaba la violencia. En todo caso, si fue agresivo o altanero, no lo fue
para ejercer el dominio sobre los demás, sino, para defenderse de sus
agresores, que fueron muchos.
Principalmente
Julio II, quien lo humilló haciéndolo echar del palacio por un lacayo.
Miguel Ángel se
debatió entre profundas contradicciones, desalientos, inseguridades que lo
hacían vacilar ante todo lo que emprendía.
Pero…, siempre
el viejo pero para decir que cuando sus manos tomaban el martillo y el cincel,
ya nada lo detenía. Se transformaba en un titán, en un superhombre, como el
propio Zaratustra en la montaña.
Y allá iba, a
la montaña, a buscar los bloques de mármol que él mismo elegía para cada una de
sus obras.
Dos
acontecimientos marcaron la existencia de Miguel Ángel. Dos encuentros. Uno,
con Lorenzo de Medici, y el otro, la aparición de Savonarola, con un enojo
fenomenal hacia los artistas que tratan el desnudo como un ideal de belleza.
Tal vez, por ello, Romero Brest pudo decir: “Una mezcla de paganismo y
superstición, define el alma religiosa de Miguel Ángel, asimilando el espíritu,
quizás más que la doctrina de Savonarola”
Condivi, su
discípulo, llega a decir acerca de su Maestro: “Ha sido siempre muy sobrio en
su vida, sobretodo, cuando estaba en el trabajo, entonces se contentaba con un
pedazo de pan, que comía aún, mientras trabajaba. Lo mismo hace ahora que la
edad más avanzada lo obliga a vivir con mayor cuidado. Varias veces le oí
decir: Arcanio, por más rico que yo haya sido, siempre viviré como un pobre”
Éste era el
hombre Miguel Ángel.
Que también
escribía cosas como éstas:
Madrigal II
¿Cómo es que yo
soy mío? ¿Quién me excede?
¿Quién es el
que me habita
Quién tanto en
mí gravita
Y lo que yo no
puedo en mí él lo puede?
¿Cómo mi pecho
hiere
Sin tocarme
siquiera?
¿Qué es este
amor? ¿Qué quiere
Que así al
deseo encanta;
Que al alma, en
forma artera,
Penetra y se
agiganta
Para luego
aflorar de mil maneras?
Soneto V
Yo no sé si la
luz con la pureza
Que imaginó el
Creador, el alma siente,
O si por la
memoria o por la mente,
El corazón
trasluce otra belleza.
Quizá en el
alma aun brilla con certeza
En su primer
estado el rayo ardiente,
Dejando un no
sé qué de amargo e hiriente,
Que nos provoca
el llanto y la tristeza.
No está en mí
lo que siento, veo y me guía;
Ni sé encontrar
las fuerzas que lo incitan,
Y parece por
otro señalada!
Mujer, me
acaece al veros cada día
Un dulce
amargo, un sí y un no me agitan:
Es que ha sido,
en verdad, vuestra mirada.
© Helios Buira
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