lunes, 28 de enero de 2013

EL ARTISTA, EL HOMBRE. O MIGUEL ÁNGEL.

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Algunos comentan que Miguel Ángel le dijo a Vasari: “Si algo de bueno tengo en el ingenio, me ha venido de la sutileza del país de Arezzo, y de la leche de mi nodriza he sacado los cinceles  y el martillo con los cuales hago mis figuras”.
Humilde, inseguro o mordaz, este Miguel Ángel, que dice “si algo de bueno tengo en el ingenio…” Que habrá pensado Vasari ante semejante confidencia, en la cual agrega que eso que parece tener le vino del país de Arezzo y lo más llamativo, lo que dice sobre la leche de su nodriza. ¿Quién sería esa mujer que lo amamantó para inundarlo de grandeza? En esa leche, estaba el martillo y el cincel, herramientas con las cuales pudo “sacar” lo que había dentro de los bloques de mármol.
Siempre digo que el cómo y el por qué fue hecha una obra, es algo que no la modifica.
Pienso lo mismo respecto del artista. Se ha dicho y de diferentes maneras, lo he escuchado en la escuela de Bellas Artes a los profesores, lo he escuchado en boca de artista, cuando se dice: “Una cosa es el artista y otra, el hombre” o sea, se escinde al hombre del artista, o viceversa. Considero esto como un error. Cuando se crea una obra, cuando está cargada de significación, cuando excede al virtuoso y pueril oficio, la vida de quien hizo la obra, interesa tanto como la obra misma. Porque es allí, en esa vida, en esa existencia, donde se forma la verdadera obra de arte. Por algo, Miguel Ángel, en uno de sus Sonetos, nos dice:

Nada crea el artista en su portento,
Que ya no esté en el mármol contenido
Y sólo arrancará forma y latido,
La mano que obedezca al pensamiento.

O sea, la mano del hombre artista o del artista hombre, según se prefiera.
Y ese hombre, como tantos otros, padeció lo indecible para soportar la violencia de quienes no estaban a su altura. Más él no fue un Zaratustra, sino que, a pesar de que se lo pretenda presentar como un irascible, era un hombre pudoroso que despreciaba la violencia. En todo caso, si fue agresivo o altanero, no lo fue para ejercer el dominio sobre los demás, sino, para defenderse de sus agresores, que fueron muchos.
Principalmente Julio II, quien lo humilló haciéndolo echar del palacio por un lacayo.
Miguel Ángel se debatió entre profundas contradicciones, desalientos, inseguridades que lo hacían vacilar ante todo lo que emprendía.
Pero…, siempre el viejo pero para decir que cuando sus manos tomaban el martillo y el cincel, ya nada lo detenía. Se transformaba en un titán, en un superhombre, como el propio Zaratustra en la montaña.
Y allá iba, a la montaña, a buscar los bloques de mármol que él mismo elegía para cada una de sus obras.
Dos acontecimientos marcaron la existencia de Miguel Ángel. Dos encuentros. Uno, con Lorenzo de Medici, y el otro, la aparición de Savonarola, con un enojo fenomenal hacia los artistas que tratan el desnudo como un ideal de belleza. Tal vez, por ello, Romero Brest pudo decir: “Una mezcla de paganismo y superstición, define el alma religiosa de Miguel Ángel, asimilando el espíritu, quizás más que la doctrina de Savonarola”
Condivi, su discípulo, llega a decir acerca de su Maestro: “Ha sido siempre muy sobrio en su vida, sobretodo, cuando estaba en el trabajo, entonces se contentaba con un pedazo de pan, que comía aún, mientras trabajaba. Lo mismo hace ahora que la edad más avanzada lo obliga a vivir con mayor cuidado. Varias veces le oí decir: Arcanio, por más rico que yo haya sido, siempre viviré como un pobre”
Éste era el hombre Miguel Ángel.
Que también escribía cosas como éstas:

Madrigal II

¿Cómo es que yo soy mío? ¿Quién me excede?
¿Quién es el que me habita
Quién tanto en mí gravita
Y lo que yo no puedo en mí él lo puede?
¿Cómo mi pecho hiere
Sin tocarme siquiera?
¿Qué es este amor? ¿Qué quiere
Que así al deseo encanta;
Que al alma, en forma artera,
Penetra y se agiganta
Para luego aflorar de mil maneras?

Soneto V

Yo no sé si la luz con la pureza
Que imaginó el Creador, el alma siente,
O si por la memoria o por la mente,
El corazón trasluce otra belleza.

Quizá en el alma aun brilla con certeza
En su primer estado el rayo ardiente,
Dejando un no sé qué de amargo e hiriente,
Que nos provoca el llanto y la tristeza.

No está en mí lo que siento, veo y me guía;
Ni sé encontrar las fuerzas que lo incitan,
Y parece por otro señalada!

Mujer, me acaece al veros cada día
Un dulce amargo, un sí y un no me agitan:
Es que ha sido, en verdad, vuestra mirada.

© Helios Buira

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