sábado, 26 de enero de 2013

EL NARRADOR. QUE LA NOVELA. LA INSISTENCIA.

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Pensaba en el narrador y me llegaban imágenes del pasado, recuerdos. Supongo que se relacionaba con la idea de que allá, podría encontrarlo. Digo allá, en el tiempo juvenil, pleno de acaeceres que calaron hondo en mi existencia.
Todo un tema. Sin narrador, seguramente no habrá novela.
Buscaba ubicarme en algún momento puntual de mi pasado, pero por algún motivo inexplicable todo se tornaba brumoso, como para no comprenderlo, no poder concentrarme en “eso” que quería ir a buscar. Hurgaba por los recovecos del recuerdo, de la memoria y aparecían algunas anécdotas, pero esto sólo hacía a personajes, que podía utilizar o no, personajes ricos en historias propias, vivencias, pero, ningunos de ellos, me acercaba al narrador que buscaba.
Un anecdotario que me contaba como si yo fuese otro, alguien que no hubiese vivido aquellas historias, por aquellos años juveniles. Pero aquellas historias ¿podían ser parte de una novela? ¿Tendrían sentido allí, como lo tenían en mis recuerdos?, porque eran parte de mi existencia, de lo vivido en aquel barrio de Floresta.
¿De dónde sacaron Henry Miller, Dostoyevski, Sábato y tantos otros grandes sus personajes?
Entonces Sábato, escribiéndole al Querido y remoto muchacho: «No hay temas grandes y temas pequeños, asuntos sublimes y asuntos triviales. Son los hombres los que son pequeños, grandes, sublimes o triviales. La "misma" historia del estudiante pobre que mata a una usurera puede ser una mera crónica policial o Crimen y castigo»
Joder, esto cada vez se complica más.

Alguien me lo presentó. No recuerdo quien, pero sí que era en tiempos de Onganía, una más de las dictaduras que asolaron la Argentina. Él se presentó como Senio, le dije mi nombre y comenzamos una charla  interesante acerca de la realidad que nos rodeaba. Mostró una ideología militante, revolucionaria, eran sus palabras que proponían luchar contra el régimen, contra la dictadura. Un tipo interesante, algo extraño; su aspecto mostraba que vivía con lo justo, quiero decir que comía menos de lo normal, cosa que noté al verlo devorar los panes que estaban en una cestilla que había traído el mozo antes de que él llegara pues dos de los presentes en la reunión, habían almorzado.
Llegó, saludó y se sentó a la mesa con nosotros. Fue ahí que me lo presentaron. Su ropa mostraba cierto abandono y lo que atrajo mi atención, fueron dos libros que depositó sobre la mesa y un cuaderno, con las tapas escritas, algo viejo y mal cuidado. En el bolsillo del saco donde las personas elegantes suelen llevar un pañuelo y la mayor de las veces, haciendo juego con el color de la corbata, él tenía allí tres lapiceras que por el capuchón, mostraban sus colores de tinta: una roja, otra verde y la tercera, azul. Llevaba, en el ojal de la solapa, un botón rojo, de un centímetro de diámetro aproximadamente. Al terminar la reunión, quedamos en vernos al día siguiente, en la pizzería que está ubicada en Rodríguez Peña y Rivadavia, pues él estudiaba periodismo en el Circulo de la Prensa, que está a unos metros de esa esquina.

El recuerdo de lo acontecido cuando el encuentro con Senio, me abrió una puertita de esperanza, pues creí que allí podía esconderse la posibilidad no de un argumento, pero sí de poder contar de alguna manera, lo que pasaba por aquellos años de dictaduras, militancias, lucha armada, historia que se expresaba por toda Sur América. Porque con él fue que ingresé a militar en el campo de la cultura, desde una visión del mundo, con la concepción de que Arte y Política, en una instancia metodológica, aúnan el criterio  hacia la revolución, que era el argumento para la acción.
La continuidad en el recuerdo, me depositó en el taller de Antonio Pujia, cuando era su ayudante, que tenía la carga y la fuerza de lo nuevo, del asombro, de un camino desconocido a recorrer, sabiendo ya, que de esa senda jamás me apartaría. Todo era trabajo y estudio. Bajo mi brazo, apretados, siempre había un libro y una carpeta de apuntes donde anotaba y bocetaba el mundo que me rodeaba, llenando hojas y hojas que tiempo después servirían de ayudamemoria para los temas a tratar. Un lápiz Staedler Tradition 6B, un grafito Cyclop 6, 7, y 8B más todas las ganas puestas, era la consigna, aceptando el mensaje permanente del Maestro. Hacía croquis, emocionado, sabiendo que eran la vitamina que fortificaba el espíritu, la gimnasia que mantenía al alma en buen estado.
Con Aldo y Ricardo, dos de mis amigos en el arte, alquilamos un lugar, una viejísima casa, en el barrio de Barracas para hacer nuestro taller, nuestro lugar de estudio y práctica en el aprendizaje; allí respirábamos futuro, allí soñábamos con la grandeza de los grandes, íbamos conociendo a los maestros que nos señalarían el camino. Eran tres habitaciones, una para cada uno; Aldo y yo, las más grandes, pues nuestra tarea artística asó lo requería, mientras que Ricardo, con menor espacio se arreglaba para poner su piano.
Y así nuestros días, discutiendo a más no poder sobre el mundo del arte, leíamos y leíamos, a veces uno lo hacía en voz alta mientras los otros trabajaban. Allí supimos de Máximo Simpson, sus poemas, que leíamos en noches maravillosas de los fines de semana cuando llegaban al taller amigas y amigos, cada uno trayendo un alimento o una bebida y Ricardo nos maravillaba con Beethoven, Mozart y Ravel, que eran sus preferidos. Así las noches, las madrugadas exorcizando las ruindades de un sistema que se notaba ya en decadencia Y Herbert Read nos decía que los cimientos de esta civilización se estaban resquebrajando.
Luego, durante la semana, el trayecto era del taller, al taller de Pujia y de allí, nuevamente a mi taller, Mientras Rilke le preguntaba a Rodin: -Maestro. ¿Cómo se vive? Y el más grande, el inmenso escultor, respondió: “Trabajando”

© Helios Buira

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