Pensaba en el
narrador y me llegaban imágenes del pasado, recuerdos. Supongo que se
relacionaba con la idea de que allá, podría encontrarlo. Digo allá, en el
tiempo juvenil, pleno de acaeceres que calaron hondo en mi existencia.
Todo un tema.
Sin narrador, seguramente no habrá novela.
Buscaba ubicarme
en algún momento puntual de mi pasado, pero por algún motivo inexplicable todo
se tornaba brumoso, como para no comprenderlo, no poder concentrarme en “eso”
que quería ir a buscar. Hurgaba por los recovecos del recuerdo, de la memoria y
aparecían algunas anécdotas, pero esto sólo hacía a personajes, que podía
utilizar o no, personajes ricos en historias propias, vivencias, pero, ningunos
de ellos, me acercaba al narrador que buscaba.
Un anecdotario
que me contaba como si yo fuese otro, alguien que no hubiese vivido aquellas
historias, por aquellos años juveniles. Pero aquellas historias ¿podían ser
parte de una novela? ¿Tendrían sentido allí, como lo tenían en mis recuerdos?,
porque eran parte de mi existencia, de lo vivido en aquel barrio de Floresta.
¿De dónde
sacaron Henry Miller, Dostoyevski, Sábato y tantos otros grandes sus
personajes?
Entonces
Sábato, escribiéndole al Querido y remoto
muchacho: «No hay temas grandes y temas pequeños, asuntos sublimes y
asuntos triviales. Son los hombres los que son pequeños, grandes, sublimes o
triviales. La "misma" historia del estudiante pobre que mata a una
usurera puede ser una mera crónica policial o Crimen y castigo»
Joder, esto
cada vez se complica más.
Alguien me lo
presentó. No recuerdo quien, pero sí que era en tiempos de Onganía, una más de
las dictaduras que asolaron la Argentina. Él se presentó como Senio, le dije mi
nombre y comenzamos una charla
interesante acerca de la realidad que nos rodeaba. Mostró una ideología
militante, revolucionaria, eran sus palabras que proponían luchar contra el
régimen, contra la dictadura. Un tipo interesante, algo extraño; su aspecto
mostraba que vivía con lo justo, quiero decir que comía menos de lo normal,
cosa que noté al verlo devorar los panes que estaban en una cestilla que había
traído el mozo antes de que él llegara pues dos de los presentes en la reunión,
habían almorzado.
Llegó, saludó y
se sentó a la mesa con nosotros. Fue ahí que me lo presentaron. Su ropa
mostraba cierto abandono y lo que atrajo mi atención, fueron dos libros que
depositó sobre la mesa y un cuaderno, con las tapas escritas, algo viejo y mal
cuidado. En el bolsillo del saco donde las personas elegantes suelen llevar un
pañuelo y la mayor de las veces, haciendo juego con el color de la corbata, él
tenía allí tres lapiceras que por el capuchón, mostraban sus colores de tinta:
una roja, otra verde y la tercera, azul. Llevaba, en el ojal de la solapa, un
botón rojo, de un centímetro de diámetro aproximadamente. Al terminar la
reunión, quedamos en vernos al día siguiente, en la pizzería que está ubicada
en Rodríguez Peña y Rivadavia, pues él estudiaba periodismo en el Circulo de la
Prensa, que está a unos metros de esa esquina.
El recuerdo de
lo acontecido cuando el encuentro con Senio, me abrió una puertita de
esperanza, pues creí que allí podía esconderse la posibilidad no de un
argumento, pero sí de poder contar de alguna manera, lo que pasaba por aquellos
años de dictaduras, militancias, lucha armada, historia que se expresaba por
toda Sur América. Porque con él fue que ingresé a militar en el campo de la
cultura, desde una visión del mundo, con la concepción de que Arte y Política,
en una instancia metodológica, aúnan el criterio hacia la revolución, que era el argumento para
la acción.
La continuidad
en el recuerdo, me depositó en el taller de Antonio Pujia, cuando era su
ayudante, que tenía la carga y la fuerza de lo nuevo, del asombro, de un camino
desconocido a recorrer, sabiendo ya, que de esa senda jamás me apartaría. Todo
era trabajo y estudio. Bajo mi brazo, apretados, siempre había un libro y una
carpeta de apuntes donde anotaba y bocetaba el mundo que me rodeaba, llenando
hojas y hojas que tiempo después servirían de ayudamemoria para los temas a
tratar. Un lápiz Staedler Tradition 6B, un grafito Cyclop 6, 7, y 8B más todas
las ganas puestas, era la consigna, aceptando el mensaje permanente del
Maestro. Hacía croquis, emocionado, sabiendo que eran la vitamina que
fortificaba el espíritu, la gimnasia que mantenía al alma en buen estado.
Con Aldo y
Ricardo, dos de mis amigos en el arte, alquilamos un lugar, una viejísima casa,
en el barrio de Barracas para hacer nuestro taller, nuestro lugar de estudio y
práctica en el aprendizaje; allí respirábamos futuro, allí soñábamos con la
grandeza de los grandes, íbamos conociendo a los maestros que nos señalarían el
camino. Eran tres habitaciones, una para cada uno; Aldo y yo, las más grandes,
pues nuestra tarea artística asó lo requería, mientras que Ricardo, con menor
espacio se arreglaba para poner su piano.
Y así nuestros
días, discutiendo a más no poder sobre el mundo del arte, leíamos y leíamos, a
veces uno lo hacía en voz alta mientras los otros trabajaban. Allí supimos de Máximo
Simpson, sus poemas, que leíamos en noches maravillosas de los fines de semana
cuando llegaban al taller amigas y amigos, cada uno trayendo un alimento o una
bebida y Ricardo nos maravillaba con Beethoven, Mozart y Ravel, que eran sus
preferidos. Así las noches, las madrugadas exorcizando las ruindades de un
sistema que se notaba ya en decadencia Y Herbert Read nos decía que los
cimientos de esta civilización se estaban resquebrajando.
Luego, durante
la semana, el trayecto era del taller, al taller de Pujia y de allí, nuevamente
a mi taller, Mientras Rilke le preguntaba a Rodin: -Maestro. ¿Cómo se vive? Y el
más grande, el inmenso escultor, respondió: “Trabajando”
© Helios Buira
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