La Novela.
El sentimiento expresivo crecía. Las ganas, todo se daba
para seguir dándole y dándole al teclado de la PC; debo decir que la única
manera posible para que pueda decir algo, es esta herramienta maravillosa que
nos fue dada en este tiempo. Tecla a tecla, con dos dedos, pero si no es de
este modo, nada sale, nada digo.
Dije La Novela, digo narrador y parece que estuviese
jugando a las escondidas, pues nada, al narrador no lo encuentro por ningún
lado, aunque, creo que estuve cerca de dar con él, pero no se dio.
Fue en el bar Gardel, ubicado en Independencia y Entre
Ríos, una noche de invierno. Lloviznaba. Sentado a una mesa cercana a la ventana
que da a la ochava, veía a los transeúntes caminando apurados, con sus
bufandas, sobretodos, tapados, camperas, intentando mitigar el frío,
protegiéndose del viento y la llovizna. Un viento helado y uno sentía que se le
cortaba el rostro.
El tipo comenzó hablando bajito, pero su voz se hizo más
sonora, como para distraerme de las imágenes ventaneras a la vez que ir girando
mi cabeza hacia la mesa a la cual estaba sentado. Era casi en el centro del
salón. Hablaba con el mozo, le contaba una historia de juergas, minas, vinos,
dólares. “Mirá, pibe, cuando salís de joda, no podés fijarte ni quejarte de lo
que gastás, eso no es de hombres y mucho menos de alguien de la noche. Yo pago.
No importa cuántos son. Yo pago y al otro día mis amigos me dijeron que había
gastado doscientos dólares, entendeme bien, pibe, doscientos dólares, porque yo
no le pago a cualquiera si no son amigos, tomate algo pibe. “No, estoy
trabajando” dijo el mozo y me miró, entonces lo llamé, le perdí un cortado.
“Gracias, me salvaste” “Sí, me di cuenta, por eso te llamé; decime: ¿viene
siempre, por aquí?” “Sí, a esta hora más o menos, cuando sale de la oficina y
termina siempre mamado; es abogado”. Tomé rápidamente el cortado y me
acerqué hasta su mesa y no fue nada difícil hacer que me invite a sentarme para
compartir la noche, dijo.
Volvió con el tema del gasto, de los dólares, del vino fino
que tomaba, no cualquiera, porque otro vino es porquería, hace mal, en cambio,
el buen vino hace que uno disfrute y yo pensaba que incluso con el buen vino
tenía una curda fenomenal. Le pregunté de qué trabajaba, como para sacarlo del
tema gastos y vinos “Soy abogado, pibe” “Ah, que bien” dije. “Sí, tengo el
estudio en sociedad con el Escribano Bevilacua” Y pensé en las sociedades de
escribanos con abogados, o de padres escribanos que le dicen al hijo que
estudie abogacía y así, tienen todo el asunto arreglado en cuanto a pleitos y
certificaciones, pensé en los apellidos, en los inmigrantes y me encontré en
las Islas Fidgi, o Fitchis, o algo parecido (Emilio Matei, reverencia) ya que
el tipo seguiría con su cantinela, sus doscientos dólares, el vino y lo que
fuera.
… Todo, pibe, por una hija de mil puta –dijo y quedó en
silencio, con los ojos cerrados, cabeceando. Esperé, conozco el tiempo de los
curdas. Llamé al mozo, le hice señas para no hablar, me trajo otro cortado y
siguió “Sabés pibe, hay que ser hombre para la noche, no cualquiera se
banca invitar a los amigos sin preguntar
nada. Se paga lo que el mozo diga.”
Pero yo estaba enganchado con la frase escuchada, lo de la
hija de mil puta, pensando que me había perdido algo importante que mi posible
narrador estuvo contando. No sabía cómo llevarlo nuevamente al tema, balbuceé
algo, a la vez que sobre su hombro, detrás, en la penumbra de uno de los
rincones del salón noté algo extraño, que no comprendía, pero atrapaba mi
atención hasta que mis ojos se acostumbraron a esa media luz y comprendí la
escena. Eran dos pibas, jóvenes, muy bellas, que, tomadas de las manos,
comenzaban a besarse, primero en las mejillas, en los cabellos, hasta que sus
bocas se encontraron y así se quedaron largo rato. Una de ellas, luego del
prolongado beso, giró la cabeza y miró hacia donde estábamos el abogado y yo.
Creí notar como una sonrisa, entonces respondí haciendo un gesto afirmativo con
la cabeza, también sonriendo. A esa hora, en el bar, éramos cinco parroquianos
y las dos pibas, que luego de mi sonrisa, continuaron con los besos, esta vez,
algo más apasionados, agregando algunas caricias. Yo era la única persona que
podía verlas, pues los otros parroquianos, estaban de espaldas hacia ellas.
Pasé del narrador, a imaginar una historia en la cual, dos pibas se enamoran,
se declaran lesbianas, y luego, comienzan a militar en las luchas que llevan
adelante muchas mujeres respecto de la cuestión de género, de igualdades, de no
discriminación por su condición sexual, de inclusión en una sociedad cada vez
más amplia en cuanto a los derechos de las personas.
“Porque la vida, pibe, te golpea cuando menos lo esperás”
“Y… sí” respondí, pero no podía dejar de mirar a las pibas que ya a esta altura
se estaban acariciando y besando efusivamente en la penumbra del bar.
Me levanté de la silla, murmuré algo como que me tengo que
ir y al salir, el mozo me detiene en la puerta “No me pagó” pensé un segundo y
dije “Cobrale al curda, hermano, total él siempre paga” Miré hacia la penumbra
de las chicas en el justo momento en que la mano de una de ellas, se dirigía hacia
la entrepierna de la otra por debajo de la mesa.
© Helios Buira
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