Pasados unos
cuantos días de dolores, recuerdos, nostalgias, me levanté de la cama, me
vestí, fui a la cocina, preparé unos mates, me senté en el banquito y mientras
sorbía la infusión, cavilaba sobre la cuestión de la novela, si tenía sentido
insistir, si en verdad no era un acto egocéntrico, o una competencia con mis
amigos escritores, sobre todo después de que aquel infeliz me dijera: “Vos sos
escultor, ¿cómo vas a escribir una novela?” cuando hice el comentario en casa de Marcelo
Caruso , sobre que tenía ganas de hacerlo y le respondí que
muchos artistas cultivaron al menos, dos disciplinas diferentes; podría
mencionar a Kokochka, a Günter Grass y a tantos otros. “¿Té comparás?” me dijo
el infeliz y respondí que no, que solamente era un ejemplo, que hay artistas
a los que con una sola manera expresiva no les alcanza para decir lo que
quieren decir. Y agregué cuál es la diferencia que hay entre un cóncavo y un convexo
de una escultura, o el grave y el agudo de la música, contrastes que hacen al
ritmo de la obra, a la composición, al equilibrio y si en una novela no sucede
lo mismo.
Todo esto
cavilaba mientras sorbía el mate y Schumann acompañaba desde la Radio Clásica.
Me levanté de un salto, dejé todo como estaba, tomé la carpeta con los
borradores y fui a un bar para leer, para seguir anotando. A la vez, decidí
llamar a Fernanda para que viniese y así, contarle lo que estaba proyectando.
Vino. Pedimos
cortados, ella algo sorprendida por mi llamada apresurada. Le conté que estaba
intentando escribir una novela, le dije que tenía los borradores en la carpeta
y que necesitaba leérselos para que me diese una opinión. Me miró con ojos y
cejas de asombro, tomó el cortado y sonriendo algo tímida, dijo que ella no
sabía si en verdad podía ayudarme con palabras, porque creía que no estaba
preparada. Vamos… le respondí. He leído tu libro de cuentos, sé sobre lo que
estás escribiendo, Fernanda.
Creo en ella,
en su talento de escritora. Comencé a leer en voz alta; escuchaba con atención
y cada vez que yo detenía la lectura, podía observar en su rostro gestos de
aprobación. Esto me agradaba y me permitía continuar. En un momento di por
terminada la lectura. Un breve silencio de su parte.
-Helios. Me
agrada, me emociona.
-Uy, gracias…
dije.
Le comenté cuál
era el proyecto, aclarándole justamente, el nudo de mis indecisiones; no sabía
cómo darle orden a todo eso que tenía anotado.
Sonrió y en voz
baja, suavemente como es su manera de hablar, dijo que sentía como que se lo
estaba contando a alguien, que siguiera de esa manera, pero que a la vez podía
verlo también como un diario de anotaciones, en el que yo contaba todo eso que
podía contar.
Respondí que
tal vez, la manera, sería una narración hacia alguien, pero por momentos, con
característica de diario. Me interesaba y me agradaba. Hice aclaración que me
sería muy difícil, pero iría en pos de esa construcción.
Pedí otros
cortados antes de despedirnos, mientras hablamos de otras cosas, le pregunté
por Fernando, me dijo que no estaba bien, que la última escultura que hizo lo
dejó mal, quedó como vacío. Dije que le escribiría y cuando lo viera, le diera
un fuerte abrazo, lento y apretado desde mí.
Volví al
taller, preparé nuevamente mis mates, busqué entre los discos La Pasión según
San Mateo, preparé el clima, encendí un sahumerio cerré los ojos y escuché esa
belleza cósmica durante tres horas.
El encuentro
con Fernanda me dejó inquieto, perturbado, porque pensándolo bien, agregaba
otro interrogante a los que ya me acompañaban y en cantidades numerosas.
¿Cómo encarar
ahora la posibilidad de narrar esto como si se lo contara a alguien, o
escribirlo como si fuese un diario personal, con varios capítulos bocetados y
el proyecto de la búsqueda del narrador bastante avanzado? Se me hacía casi
imposible modificar la estructura de lo que ya había concebido. Pensé en dejar
todo por un tiempo, como hago con las esculturas, para que madurara por sí
misma, pero esto no seducía a mis ganas de escribir. Claro que no es cuestión
de ganas, solamente.
Dejé.
© Helios Buira
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