Hay un texto de
Aldo Pellegrini que habla sobre la soledad del artista. Es un texto
maravilloso. Invito a
que lo lean, haciendo clic aquí
Suele suceder
que muchos artistas se sienten solos, ignorados y hasta subestimados. Quizás,
en la actualidad sean los menos, pues los otros, buscan la manera de insertarse
no en el mundo del arte, sino en el “mercado del arte” y para ello, la soledad
no es buena consejera. Saben hacer sociales, saben cómo y de qué hablar, y
algunos, hasta cómo vestir para ser parte de ese aparato montado para mover
chequeras, cuentas corrientes y todo lo que implican los negocios.
Pero los
solitarios, los que están solos y esperan, como diría Scalabrini Ortiz, suelen
estar “encerrados” en sus talleres, con manos a la obra. Entonces, el castigo
por ser diferentes, por no aceptar las reglas del mercado, será duro. Siempre
será así. El hecho de ser artista, es un estigma para esta sociedad que apuesta
toda su existencia al consumismo. Claro, los que pueden consumir, pues están
también los otros, los que sufren por otras calamidades.
Al leer la
historia del arte, comprendemos de qué se trata y sabemos que siempre fue de
esta manera. Pero en modo paradojal, se puede decir que quienes sufrieron las
injusticias del olvido, del abandono, de la soledad, son quienes han explicado
el por qué esto es así, aún lamentándose de sus suerte.
Porque para
muchos, dos opciones: hacer lo que hacen, o morir.
Puede que estén
desesperados. Pero a la vez, llenos de amor.
Cuando el
artista se expresa, no siente temor, aunque esté volcando en su obra el horror.
Él siente un íntimo asombro al observar su hacer, con la conciencia del testigo
que ve desmoronarse un edificio y luego puede contarlo; no obstante, de otro
modo, inmerso en la metáfora.
Ser artista es
una labor muy antigua. Sólo se requieren algunas herramientas, para poder decir
lo que él cree que tiene para decir.
En el mundo de
los hombres, qué acontece. El desequilibrio. El contraste.
El horror, la
tristeza, las enfermedades, los accidentes, la inseguridad y cuánto más puedo
decir, sobre la sensación de las personas cuando hablan de la “realidad” y tal vez por eso el intento de
evasión sea el sentimiento más abarcador. Pero evadirse de qué o de quiénes y
hacia dónde. El consumismo puede que sea un buen lugar para sentirse
tranquilos. El “tener”, al haber ocupado el lugar de Ser, se establece como
realidad. Ya no hay nada que pensar, se ha eliminado el compromiso de la
existencia.
Pero… -siempre
hay un viejo pero- aparece otra cuestión, tan existencial como la que dejaron
atrás: ¿Qué me compro? ¿Cuál me compro? “Pero si ya tenés uno” “Sí, ya sé que
tengo uno, pero está pasado de moda”
Sé libre, no sigas al rebaño, decía una
publicidad de cervezas ofreciendo su producto. El resultado fue que los
consumidores se transformaron en el rebaño de los libres.
Y así, van
pulverizando sus propias cualidades, matando sus mejores impulsos, cuando todos
hacen la misma cosa, hablan de la misma manera, usan la misma ropa, hasta
tienen las mismas dolencias. Uniformidad versus diferencia. Aquí aparece otro
inconveniente para muchos. Para los diferentes. Ser diferente, pensar distinto,
en una sociedad uniformada, es sinónimo de sospecha y al sospechoso hay que
perseguirlo para que no cometa delito alguno. Pero para ellos la diferencia es
el delito. Es el equívoco.
Entonces: como
el artista participa en los dos mundos, en el del arte y en el de los hombres,
por pensar diferente, por ser diferente (tomado esto como cualidad no como
calidad), hay que aislarlo, como a todo aquel que también exprese sus
contrastes respecto de la uniformidad.
El mundo del
arte y el mundo de los hombres, no son la misma cosa. Sólo que ambos, habitan
el planeta.
© Helios Buira
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