domingo, 13 de enero de 2013

LA NOVELA. ARGUMENTO. PERSONAJES Y BORGES.

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Sentado a la mesa de un bar.
Vino el mozo, le pedí un cortado.
Apoyé el codo sobre la mesa, la cabeza sobre la mano que pertenece al brazo que contiene al codo y pensé. Pensé…pensé. Consecuencia: una novela debe tener un argumento. Bien, si tengo un argumento (bueno, no yo, sino la novela), seguramente y por carácter no sé de qué, aparecerán los personajes.
Consecuencia dos: no sé cuánto tiempo estuve, si horas, días, meses, años, lustros o decenios, intentando dar con el argumento. “Estás perdiendo el tiempo” me dije. Porque el tiempo es oro, me dijeron. Y entonces decidí invertir en el curso de los acontecimientos, cambiándolos. Si no aparecía el argumento, buscaría primero a los personajes y a cada uno, a medida del encuentro, le preguntaría cosas, lo haría hablar, haciéndome el tonto, y sin que se diesen cuenta, anotaría sus dichos en la libretita y de esta manera, se iría armando la trama, el asunto tan ansiado. 
Fácil, pensé. Mi ficción, será tomada de la realidad y así, gestaré la realidad de la ficción.
Salí a caminar en busca de esos personajes, por las calles de Buenos Aires
Que ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y de ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio, casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso
y aquéllas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y de llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas singulares
las pueblan, únicas ante Dios y el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el Oeste, el Norte y el Sur
se han desplegado –y son también la patria- las calles:
ojalá en los versos que trazo
estén esas banderas.

Repito, caminé por las calles de Buenos Aires, esas que Jorge Luis Borges me dijo desde su Fervor de Buenos Aires y caminé, caminé, intentando dar con los personajes.
Recorrí barrios cercanos y lejanos.
Vi mucho. Calles arboladas, casitas blancas, otras en construcción o refacción y esas que parecen abandonadas porque sus moradores no pueden continuar la construcción baya uno a saber por qué, aunque se suele pensar que por cuestiones económicas.
Vi puertas abiertas y ventanas cerradas, como también puertas cerradas y ventanas abiertas. Ropa tendida, chicos jugando, bicicletas, pelotas, triciclos.
En una de esas calles, sentado sobre su silla de paja y fumando una pipa, un señor mayor me mira pasar y ante esa mirada me detuve. Lo saludé y como los viejos que están sentados a la puerta de su casa mientras ven pasar el tiempo suelen hablar con todo el mundo, me fue fácil la comunicación. Me contó que había llegado en un barco, que recordaba haber sufrido mucho en ese viaje, que la guerra, los desastres de la guerra lo habían arrancado de su lugar, de su pueblo; vino con su madre pues el padre había muerto en combate, que llegaron a este país bondadoso, solidario, él estaba agradecido lo mismo que su madre y me dijo que en un pañuelo, ahora en un frasco de vidrio, había traído un puñado de su tierra que alcanzó a tomar en el apresuramiento de la partida, sin pensar en aquel tiempo, que jamás volvería y quedó en silencio, mirando a lo lejos, muy a lo lejos, hacia adentro, en su país interior, su patria interior que ya no es la misma como cuando él se fue.
Me retiré pensando no en él como un posible personaje, sino en los inmigrantes, los que dejaron su tierra, ese desgarro, seguramente por diferentes motivos, pero debe ser doloroso cuando la partida es obligada.
Pensé en Don Manuel, sentado sobre su silla de paja, que nos miraba con sus ojos acuosos, nos miraba jugar a la pelota, a los combois, sonreía cuando nos veía hacer el barrilete, aquella estrella grande que remontaríamos al cielo en la canchita de Banderín, o cuando jugábamos a las esondidas corriendo por ese pasaje, Las Acacias, en el Barrio de Floresta, buscando a los escondidos, tratando de llegar primero a la pared donde el que buscaba contaba hasta que nos escondiéramos y alguno gritaba “ya”, señal de que podía buscarnos. Y cuando el buscado ganaba en la corrida, venía el grito libertario: 
piedralibreparatodosmiscompañeros, que era como un himno a la alegría, un canto a la libertad.
O cuando en la pista de cal, pintada sobre la calle, con nuestros autitos preparados, con masilla para que pesaran más y llegaran lejos al empujarlos con la fuerza de nuestros brazos y el reglamento decía: si salís, perdés un tiro; si volcás, volvés al punto de partida. Claro, así nos enseñaron, así el mandato. Toda acción, trae consecuencias.
Como cuando nuestros padres y vecinos nos decían: si me das un beso, te doy un caramelo. Ya, desde chiquitos aprendimos a vender nuestros afectos, o mejor decir, comenzaron a comprarnos.
Los inmigrantes. El peluquero tano; el panadero gallego; el ruso del bazar; el turco de la sedería (o armeño, no se sabía, como tampoco el genocidio) El zapatero tano como el peluquero; el colchonero polaco, el pollero, que nunca supimos desde dónde vino, pero sí sabíamos que mataba los pollos con maestría, luego los desplumaba y los colgaba de un gancho para la venta. Nosotros discutíamos acerca de dónde había que cortar para que el pollo no sufriera. Nos importaba y nos dolía el sufrimiento.
La tintorería y los raros japoneses, con sus modales diferentes, sus silencios, su mirada de ojos rasgados, y para nosotros, lo más importante era averiguar sobre el sexo de las japonesas, que habíamos escuchado decir que lo tenían diferente a nuestras madres y hermanas.
Y seguíamos jugando a los combois con nuestros revólveres a cebita, al policía y ladrón, jugábamos. Sólo eso.
Años más tarde, supimos que los estampidos sonarían mucho más fuerte, las escondidas serían otra cosa. El olor a pólvora verdadero y los gritos de dolor aún se expanden en un eco horroroso. Joder. A cuántos se llevaron del barrio los milicos.

© Helios Buira

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