Sentado a la
mesa de un bar.
Vino el mozo,
le pedí un cortado.
Apoyé el codo
sobre la mesa, la cabeza sobre la mano que pertenece al brazo que contiene al
codo y pensé. Pensé…pensé. Consecuencia: una novela debe tener un argumento.
Bien, si tengo un argumento (bueno, no yo, sino la novela), seguramente y por
carácter no sé de qué, aparecerán los personajes.
Consecuencia
dos: no sé cuánto tiempo estuve, si horas, días, meses, años, lustros o
decenios, intentando dar con el argumento. “Estás perdiendo el tiempo” me dije.
Porque el tiempo es oro, me dijeron. Y entonces decidí invertir en el curso de
los acontecimientos, cambiándolos. Si no aparecía el argumento, buscaría primero
a los personajes y a cada uno, a medida del encuentro, le preguntaría cosas,
lo haría hablar, haciéndome el tonto, y sin que se diesen cuenta, anotaría sus dichos en la libretita y de esta manera, se iría armando la trama, el
asunto tan ansiado.
Fácil, pensé. Mi ficción, será tomada de la realidad y así, gestaré la realidad de la ficción.
Salí a caminar
en busca de esos personajes, por las calles de Buenos Aires
Que ya son mi
entraña.
No las ávidas
calles,
incómodas de
turba y de ajetreo,
sino las calles
desganadas del barrio, casi invisibles de habituales,
enternecidas de
penumbra y de ocaso
y aquéllas más
afuera
ajenas de
árboles piadosos
donde austeras
casitas apenas se aventuran
abrumadas por
inmortales distancias,
a perderse en
la honda visión
de cielo y de
llanura.
Son para el
solitario una promesa
porque millares
de almas singulares
las pueblan,
únicas ante Dios y el tiempo
y sin duda
preciosas.
Hacia el Oeste,
el Norte y el Sur
se han
desplegado –y son también la patria- las calles:
ojalá en los
versos que trazo
estén esas
banderas.
Repito, caminé
por las calles de Buenos Aires, esas que Jorge Luis Borges me dijo desde su
Fervor de Buenos Aires y caminé, caminé, intentando dar con los personajes.
Recorrí barrios
cercanos y lejanos.
Vi mucho.
Calles arboladas, casitas blancas, otras en construcción o refacción y esas que
parecen abandonadas porque sus moradores no pueden continuar la construcción
baya uno a saber por qué, aunque se suele pensar que por cuestiones económicas.
Vi puertas
abiertas y ventanas cerradas, como también puertas cerradas y ventanas
abiertas. Ropa tendida, chicos jugando, bicicletas, pelotas, triciclos.
En una de esas
calles, sentado sobre su silla de paja y fumando una pipa, un señor mayor me
mira pasar y ante esa mirada me detuve. Lo saludé y como los viejos que están
sentados a la puerta de su casa mientras ven pasar el tiempo suelen hablar con
todo el mundo, me fue fácil la comunicación. Me contó que había llegado en un
barco, que recordaba haber sufrido mucho en ese viaje, que la guerra, los
desastres de la guerra lo habían arrancado de su lugar, de su pueblo; vino con
su madre pues el padre había muerto en combate, que llegaron a este país
bondadoso, solidario, él estaba agradecido lo mismo que su madre y me dijo que
en un pañuelo, ahora en un frasco de vidrio, había traído un puñado de su
tierra que alcanzó a tomar en el apresuramiento de la partida, sin pensar en
aquel tiempo, que jamás volvería y quedó en silencio, mirando a lo
lejos, muy a lo lejos, hacia adentro, en su país interior, su patria interior
que ya no es la misma como cuando él se fue.
Me retiré
pensando no en él como un posible personaje, sino en los inmigrantes, los que
dejaron su tierra, ese desgarro, seguramente por diferentes motivos, pero debe
ser doloroso cuando la partida es obligada.
Pensé en Don
Manuel, sentado sobre su silla de paja, que nos miraba con sus ojos acuosos,
nos miraba jugar a la pelota, a los combois, sonreía cuando nos veía hacer el
barrilete, aquella estrella grande que remontaríamos al cielo en la canchita de
Banderín, o cuando jugábamos a las esondidas corriendo por ese pasaje, Las
Acacias, en el Barrio de Floresta, buscando a los escondidos, tratando de
llegar primero a la pared donde el que buscaba contaba hasta que nos
escondiéramos y alguno gritaba “ya”, señal de que podía buscarnos. Y cuando el buscado
ganaba en la corrida, venía el grito libertario:
piedralibreparatodosmiscompañeros, que era como un himno a la alegría, un canto
a la libertad.
O cuando en la
pista de cal, pintada sobre la calle, con nuestros autitos preparados, con
masilla para que pesaran más y llegaran lejos al empujarlos con la fuerza de
nuestros brazos y el reglamento decía: si salís, perdés un tiro; si volcás,
volvés al punto de partida. Claro, así nos enseñaron, así el mandato. Toda
acción, trae consecuencias.
Como cuando
nuestros padres y vecinos nos decían: si me das un beso, te doy un caramelo.
Ya, desde chiquitos aprendimos a vender nuestros afectos, o mejor decir,
comenzaron a comprarnos.
Los
inmigrantes. El peluquero tano; el panadero gallego; el ruso del bazar; el
turco de la sedería (o armeño, no se sabía, como tampoco el genocidio) El
zapatero tano como el peluquero; el colchonero polaco, el pollero, que nunca
supimos desde dónde vino, pero sí sabíamos que mataba los pollos con maestría,
luego los desplumaba y los colgaba de un gancho para la venta. Nosotros
discutíamos acerca de dónde había que cortar para que el pollo no sufriera. Nos importaba y nos dolía el sufrimiento.
La tintorería y
los raros japoneses, con sus modales diferentes, sus silencios, su mirada de
ojos rasgados, y para nosotros, lo más importante era averiguar sobre el sexo
de las japonesas, que habíamos escuchado decir que lo tenían diferente a
nuestras madres y hermanas.
Y seguíamos
jugando a los combois con nuestros revólveres a cebita, al policía y ladrón, jugábamos. Sólo eso.
Años más tarde, supimos que los estampidos sonarían mucho más fuerte, las escondidas
serían otra cosa. El olor a pólvora verdadero y los gritos de dolor aún se expanden en un eco horroroso. Joder. A cuántos se llevaron del barrio los milicos.
© Helios Buira
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