Cuando teníamos
que doblar el lenguaje en pliegues infinitos para sortear censuras, aquellos
pliegues para comunicarnos y que sólo nosotros fuéramos los receptores de ese
“nuevo” lenguaje que aprendíamos en prácticas apresuradas porque la esperanza,
la utopía, los sueños se hacían día a día en rincones que nunca habíamos visto
de la ciudad y de todas las ciudades.
El lenguaje del
valor, que nos daba la seguridad necesaria para sabernos.
Las otras
palabras. Las nuevas palabras. Que antes no habían sido pronunciadas.
Como si se
estuviese creando un diccionario de etimologías hacia un tiempo no lejano. Por venir.
Estaban también
las palabras escondidas, esas que “no se deben pronunciar” según el reglamento
de las buenas costumbres. O, en caso de tener que nombrarlas, todo era en voz
baja, casi susurrando. Los progenitores hacían hincapié en ello: en la no
pronunciación.
En cambio,
había algunas muy, pero muy escondidas que sólo las pronunciábamos nosotros. Era nuestro
secreto. Un secreto profundo, no fuera cosa que alguien lo descubriera y
entonces, la cosa se complicaba.
No obstante, a
veces, era así.
En la
complicación, podía aparecer otro lenguaje, que pretendía ser eficaz para
conseguir quebrar el que valorábamos como estrategia de supervivencia. No todos
soportaban mantener el escondrijo de las palabras que eran nuestras certezas.
Y los años
venideros se llenaron de vocablos de todo tipo, en una babel irracional,
presagiando la hecatombe. Cuántas palabras fueron escamoteadas, desaparecidas.
Más no nos
dimos por vencidos.
Sólo que
guardamos las que nos quedaban para que volvieran algún día a cobrar
vigencia, en otro tiempo, con las mismas ganas, de otra manera.
Y aquí estamos,
hoy, pronunciádolas, ya sin tabiques, a la vista de todos, a los oídos de
todos, sin tapujos, para que sean escuchadas de Norte a Sur, de Este a Oeste en
nuestro territorio y porque no, también, en los limítrofes espacios que
conforman tres palabras: La Patria Grande.
Ahora pronunciamos
todas. Aún, aquellas escondidas que el decálogo del no se debe nos impedía.
Ya no
susurramos. Hablamos en voz alta.
Y no hay discriminación posible de las tantas que no se podían expresar. Las decimos.
© Helios Buira
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