miércoles, 23 de enero de 2013

LENGUAJE. PALABRAS. PLIEGUES EN ANTES Y DESPUÉS.

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Cuando teníamos que doblar el lenguaje en pliegues infinitos para sortear censuras, aquellos pliegues para comunicarnos y que sólo nosotros fuéramos los receptores de ese “nuevo” lenguaje que aprendíamos en prácticas apresuradas porque la esperanza, la utopía, los sueños se hacían día a día en rincones que nunca habíamos visto de la ciudad y de todas las ciudades.
El lenguaje del valor, que nos daba la seguridad necesaria para sabernos.
Las otras palabras. Las nuevas palabras. Que antes no habían sido pronunciadas.
Como si se estuviese creando un diccionario de etimologías hacia un tiempo no lejano. Por venir.

Estaban también las palabras escondidas, esas que “no se deben pronunciar” según el reglamento de las buenas costumbres. O, en caso de tener que nombrarlas, todo era en voz baja, casi susurrando. Los progenitores hacían hincapié en ello: en la no pronunciación.
En cambio, había algunas muy, pero muy escondidas que sólo las pronunciábamos nosotros. Era nuestro secreto. Un secreto profundo, no fuera cosa que alguien lo descubriera y entonces, la cosa se complicaba.
No obstante, a veces, era así.
En la complicación, podía aparecer otro lenguaje, que pretendía ser eficaz para conseguir quebrar el que valorábamos como estrategia de supervivencia. No todos soportaban mantener el escondrijo de las palabras que eran nuestras certezas.
Y los años venideros se llenaron de vocablos de todo tipo, en una babel irracional, presagiando la hecatombe. Cuántas palabras fueron escamoteadas, desaparecidas.
Más no nos dimos por vencidos.
Sólo que guardamos las que nos quedaban para que volvieran algún día a cobrar vigencia, en otro tiempo, con las mismas ganas, de otra manera.
Y aquí estamos, hoy, pronunciádolas, ya sin tabiques, a la vista de todos, a los oídos de todos, sin tapujos, para que sean escuchadas de Norte a Sur, de Este a Oeste en nuestro territorio y porque no, también, en los limítrofes espacios que conforman tres palabras: La Patria Grande.
Ahora pronunciamos todas. Aún, aquellas escondidas que el decálogo del no se debe nos impedía.
Ya no susurramos. Hablamos en voz alta.
Y no hay discriminación posible de las tantas que no se podían expresar. Las decimos.

© Helios Buira

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