viernes, 8 de febrero de 2013

PASA EL TIEMPO. RECUERDOS. BÚSQUEDAS. ¿Y UN ENCUENTRO?

80

Ha pasado mucho tiempo. Nada escrito. La Novela no existe.
Regreso a mis libros para encontrar una señal, un aviso o una llamada que acomode mi espíritu atribulado. Doy vueltas en la cama, insomnio, me desvelo, me levanto y sigo desesperadamente, tratando. Pero nada.
Busco al narrador.
Recuerdo a Quique increpándolo a Sábato porque lo hizo trabajar en la novela y sin pagarle un peso. Los momentos se hicieron confusos, situaciones complejas y difíciles de explicar, de sobrellevar. Queriendo ver un poco más, conseguir más ganas. Dialogaba conmigo de manera desesperada. Y digo diálogo porque monólogo sería simple, hasta tonto, si se quiere, tratándose de lo tremendo que me acontecía. Tal vez multílogo, sería esclarecedor. Porque albergo multitudes. Lo que resulta difícil, es tratar de ordenar estas cantidades que llevo adentro.
Recurrí a Henry Miller. ¡Para qué! Tendría que tirar todo; los cuadernos de anotaciones, los borradores, las libretas con los datos recogidos por las calles, por los barrios, los dibujos, esculturas y hasta estas ganar de vivir, si hace falta, después de tanta grandeza acumulada en una obra.
Claro, las multitudes que albergo medio se enojaron y comenzaron a gritar, a manifestar, a tirarme piedras, levantar barricadas contra mis posibles decisiones, argumentándome que Miller ya estaba, que ya era, había hecho lo suyo, que yo no, que era un cobarde si no trataba de sacar mi qué de adentro.
-¿MI QUÉ? Creo Que grité.
Sí, aquello del QUÉ profundo que uno tiene para decir.
Qué joda. ¿Y quién sabe cuál es el QUÉ profundo que se tiene para decir?
Las máscaras daban vueltas en rededor mío, los fantasmas hacían rondas, danzaban el ritual de mi muerte, un murmullo acompasado se hacía más intenso, todo se iba dando forma poco a poco: los vecinos de Floresta coreaban los goles de Las Acacias, Don Félix me volvía a besar y lloraba recordándome el penal que le atajé a Chuky (que pateaba como las bestias), en la canchita de Banderín. 
Olga volvía a pasar con sus tetitas creciendo empujando tu blusa blanca, Olga, mientras nosotros hacíamos mutismo, ni respirábamos siquiera, cuando dejabas tu olor que nosotros pensábamos en sexo y no sabíamos por qué. Ahora te imagino, dibujo ficciones de vos, en silencio, o mejor no, acompañado de de las Suites para Cello de Bach; escribirte, preguntarme cómo habrás crecido, si el olor de tu sexo tiene aquellos silencios, o serás una mujer golpeada por la vida, gastada de cansancios.
El olor del Otoño.
Juntar las hojas, esas que caen, ocres, y quemarlas, ver el humo azulado de los recuerdos atravesando distancias que sólo se pueden medir con alegrías o tristezas, con el tiempo que acontece en cada uno, solamente en cada uno. Que no tiene principio ni fin. Va y viene de manera permanente haciéndonos partícipes de esa totalidad que somos.
O el verano de aquellos días de Carnaval, cuando en el pasaje se formaban los bandos de mujeres contra hombres y la contienda era a baldazos; en una cuadra, en dos o tres casas, cargaban sus baldes las mujeres, en la otra, los varones y una vez que se salía, bueno, llegaba seguramente el disparo de agua que empaparía los cuerpos y servía esto como refresco ante las temperaturas altas, como alivio.
Y tiempo después pensaba por qué se desperdicia tanta agua, mientras allá lejos, en alguna provincia, no la tienen. Tampoco aquí cerca, saliendo de la General Paz, cuántas familias dependen de una canilla que les ofrece apenas un chorrito del vital líquido y van allí con sus tachos, sus ollas, o cualquier recipiente que les permita juntarlo y llevarlo a casa. Hay quienes hasta caminan varias cuadras para conseguirla.
Pensaba en “las diferencias” que comenzaba a comprender o a sentir, en el por qué unos tanto y otros poco, o decididamente, nada. Y crecía con esos interrogantes y los amigos comenzaban a verme “raro”, porque les transmitía mi opinar.
Hasta que un noche, cuando salíamos de recorrida con la barra, cuando íbamos a Flores a comer alguna pizza o a tomar un café, el ciego Gómez (le decíamos así por el vidrio grueso de sus anteojos) se sentó junto a mí y me dijo que él pensaba como yo, que quería que hablemos, que aprendiéramos juntos "algo" que seguramente tendríamos que saber, que estaba en algún lugar, y nos dijimos: en los libros.
Y allí, ese día, comenzó otra historia, otra mi historia y la de él también.

© Helios Buira

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