En una de mis
muestras, un crítico me dijo que le parecían bien mis esculturas, pero él
sentía que les faltaba algo. Le pregunté qué le faltaba y me dijo que quizás
eran muy texturadas, o que algunas no tenían manos, otras no tenían pies. Le
dije que le respondería al menos, con tres posibilidades:
Que tal vez, lo
de las manos y los pies, era un tema para psicólogos, pero, quien tendría que
ir al diván, sería yo.
Dije luego que
si se las veía armónicas, posiblemente, era por lo mismo que él veía como
faltas.
Y tercero, que
eran esculturas. Que no las humanizara.
Con su criterio
o mejor dicho con su visión, pobre Picasso, Henry Moore, Giacometti y tantos otros…
es más, hasta el mismísimo Miguel Ángel, con sus esclavos sin completar, que,
según Vasari, el maestro dejó premeditadamente algunas partes sin trabajar el
mármol, señal del sufrimiento por no poder salir del bloque.
El sentimiento
de lo inconcluso, no procede solamente de la vista, sino de una reflexión
complicada, o algo de pedantería, que nos exige que un cuerpo en una escultura,
“debe ser entero”.
En la
estructura de una obra, el todo, a su vez, alberga otras unidades, que valen
también por sí mismas para quien las contempla. Esas partes, esos conjuntos,
hacen al equilibrio y al recorrido que la vista debe realizar para la
comprensión de lo que allí acontece.
Cada vez que
voy al Museo de Bellas Artes y me detengo frente a El Beso, de Rodin, no puedo dejar de extasiarme en la mano del
hombre, apoyada en la pierna de la mujer, de una sutileza, de una delicadeza,
que conquista mi emoción. Lo mismo ocurre con el pie de la mujer, apoyado
apenas sobre el pie del hombre. Esto no significa que yo, observador, pierda la
visión del todo, de ese beso hecho obra de arte.
El hombre que camina, del mismo Rodin.
Dos piernas y un torso… ¡sin brazos y sin cabeza! ¿Qué crítico se atrevería a
decir que le faltan los brazos y la cabeza? ¡Es un hombre que camina, allí está,
si uno quiere llegar a la metáfora, todo el andar de la humanidad durante
milenios y milenios. El tema de las faltas o de las desproporciones en el arte,
es común tanto en críticos, como en personas no vinculadas a ese mundo. Claro,
se intenta hacer el análisis desde el mundo tridimensional, desde lo que se
suele llamar “realidad”, cuando, en el universo del arte, suceden otras cosas,
todas relacionadas con el mundo del espíritu, donde, la razón, nos aleja del
encanto del sentimiento.
Hay manos de
Rodin, manos independientes, pequeñas y grandes, que sin pertenecer a ningún
cuerpo, son vivientes, palpitan, son obras en sí. Manos que se alzan, sea
irritadas, crispadas, manos que parecen gritar, manos suaves, delicadas, manos
que duermen, que descansan. Siendo las manos el vínculo inmediato con el hacer,
recordemos que nuestras manos se diferencias de los simios por el dedo que se dio en llamar
prensil y que, esa diferencia, permitió la creación de todo lo hecho por el
hombre, desde los orígenes. Claro, la inteligencia.
Puedo decir que
una mano que se posa sobre un cuerpo, sobre alguna cosa, al ser observada, forma
un conjunto nuevo, que puede llamarse de la manera que uno quiera. Y así, con
cualquier parte del cuerpo que se traduce en escultura, pintura, dibujo o como
se llame la forma de expresión.
El Pensamiento, es una obra de belleza
intensa, profunda. Una cabeza femenina. De rasgos delicados, muy delicados y una cofia cubre la parte superior. La
cabeza emerge de un bloque de mármol trabajado por Rodin, texturado, que
funciona como basamento de esa cabeza que es El Pensamiento. No, alguien que
piensa. Es, el pensamiento en sí.
Dice Rodin:
“Tomemos todavía ‘Les Glaneuses de Millet’.
Una de esas pobres mujeres que se afanan de un modo espantoso bajo ese tórrido
sol, se incorpora y mira el horizonte. Y nosotros creemos comprender que, en
esa cabeza de campesina, se acaba de plantear, a través de un relámpago de
conciencia, esta pregunta: ¿Para qué?
Éste es el misterio que se cierne sobre toda
la obra.
¿Para qué esta ley que encadena las
criaturas a la existencia para hacerlas sufrir? ¿Para qué esta eterna atadura
que les hace amar la vida, tan dolorosa sin embargo? ¡Angustioso problema!”
Paul Gsell, que
le estaba haciendo la entrevista, le pregunta si es religioso
Responde Rodin:
Según el significado que se le quiera dar a
esta palabra.
Si se entiende por religioso al hombre que
se somete a ciertas prácticas, que se inclina delante de ciertos dogmas,
evidentemente, yo no soy religioso.
Pero a mi modo de ver, la religión es una
cosa muy diferente del simple balbuceo de un credo. Es el sentimiento de todo
lo inexplicado, y tal vez inexplicable del mundo. Es la adoración de la
ignorada Fuerza que mantiene las leyes universales y que conserva los tipos de
los seres; es la sospecha de que no todo lo que existe en la Naturaleza puede
ser captado por nuestros sentidos; es la intuición del inmenso dominio de cosas
que ni los ojos de nuestro cuerpo, ni siquiera los de nuestro espíritu, son
capaces de ver; es, todavía, el impulso de nuestra alma hacia el infinito,
hacia la eternidad, hacia la ciencia y el amor sin límites, promesas tal vez
ilusorias, pero que en esta vida hacen palpitar nuestro pensamiento como si de
pronto sintiera que le han crecido alas.
En ese sentido soy religioso.
El artista digno de este nombre debe
expresar toda la verdad de la naturaleza, no solamente su verdad exterior;
sino, sobre todo y en grado mayor, su verdad interior.
Cuando un buen escultor modela un torso
humano, no es solamente un manojo de músculos los que él representa; es la
propia vida que lo anima, más aún que la vida, la potencia que los modeló y les
comunicó sea su gracia, sea su vigor, sea el encanto amoroso, sea la fuga
indomable.
Y hasta muy cerca de nosotros, mil cosas nos
quedan desconocidas porque no estamos organizados para captar su existencia.
Por ello, me
pregunto cuántos críticos deberían expresarse desde su verdadero sentir, antes
que ocupar la razón que, al hablar de las imágenes, sólo puede opinar sobre lo
externo, sobre la forma, y no del todo que es la obra.
© Helios Buira
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