martes, 12 de febrero de 2013

LO QUE HAY, LO QUE FALTA. EL TODO. LA RELIGIÓN Y AUGUSTO RODIN

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En una de mis muestras, un crítico me dijo que le parecían bien mis esculturas, pero él sentía que les faltaba algo. Le pregunté qué le faltaba y me dijo que quizás eran muy texturadas, o que algunas no tenían manos, otras no tenían pies. Le dije que le respondería al menos, con tres posibilidades:
Que tal vez, lo de las manos y los pies, era un tema para psicólogos, pero, quien tendría que ir al diván, sería yo.
Dije luego que si se las veía armónicas, posiblemente, era por lo mismo que él veía como faltas.
Y tercero, que eran esculturas. Que no las humanizara.
Con su criterio o mejor dicho con su visión, pobre Picasso, Henry Moore, Giacometti y tantos otros… es más, hasta el mismísimo Miguel Ángel, con sus esclavos sin completar, que, según Vasari, el maestro dejó premeditadamente algunas partes sin trabajar el mármol, señal del sufrimiento por no poder salir del bloque.
El sentimiento de lo inconcluso, no procede solamente de la vista, sino de una reflexión complicada, o algo de pedantería, que nos exige que un cuerpo en una escultura, “debe ser entero”.
En la estructura de una obra, el todo, a su vez, alberga otras unidades, que valen también por sí mismas para quien las contempla. Esas partes, esos conjuntos, hacen al equilibrio y al recorrido que la vista debe realizar para la comprensión de lo que allí acontece.
Cada vez que voy al Museo de Bellas Artes y me detengo frente a El Beso, de Rodin, no puedo dejar de extasiarme en la mano del hombre, apoyada en la pierna de la mujer, de una sutileza, de una delicadeza, que conquista mi emoción. Lo mismo ocurre con el pie de la mujer, apoyado apenas sobre el pie del hombre. Esto no significa que yo, observador, pierda la visión del todo, de ese beso hecho obra de arte.
El hombre que camina, del mismo Rodin. Dos piernas y un torso… ¡sin brazos y sin cabeza! ¿Qué crítico se atrevería a decir que le faltan los brazos y la cabeza? ¡Es un hombre que camina, allí está, si uno quiere llegar a la metáfora, todo el andar de la humanidad durante milenios y milenios. El tema de las faltas o de las desproporciones en el arte, es común tanto en críticos, como en personas no vinculadas a ese mundo. Claro, se intenta hacer el análisis desde el mundo tridimensional, desde lo que se suele llamar “realidad”, cuando, en el universo del arte, suceden otras cosas, todas relacionadas con el mundo del espíritu, donde, la razón, nos aleja del encanto del sentimiento.
Hay manos de Rodin, manos independientes, pequeñas y grandes, que sin pertenecer a ningún cuerpo, son vivientes, palpitan, son obras en sí. Manos que se alzan, sea irritadas, crispadas, manos que parecen gritar, manos suaves, delicadas, manos que duermen, que descansan. Siendo las manos el vínculo inmediato con el hacer, recordemos que nuestras manos se diferencias de los  simios por el dedo que se dio en llamar prensil y que, esa diferencia, permitió la creación de todo lo hecho por el hombre, desde los orígenes. Claro, la inteligencia.
Puedo decir que una mano que se posa sobre un cuerpo, sobre alguna cosa, al ser observada, forma un conjunto nuevo, que puede llamarse de la manera que uno quiera. Y así, con cualquier parte del cuerpo que se traduce en escultura, pintura, dibujo o como se llame la forma de expresión.
El Pensamiento, es una obra de belleza intensa, profunda. Una cabeza femenina. De rasgos delicados, muy delicados  y una cofia cubre la parte superior. La cabeza emerge de un bloque de mármol trabajado por Rodin, texturado, que funciona como basamento de esa cabeza que es El Pensamiento. No, alguien que piensa. Es, el pensamiento en sí.
Dice Rodin:
“Tomemos todavía ‘Les Glaneuses de Millet’. Una de esas pobres mujeres que se afanan de un modo espantoso bajo ese tórrido sol, se incorpora y mira el horizonte. Y nosotros creemos comprender que, en esa cabeza de campesina, se acaba de plantear, a través de un relámpago de conciencia, esta pregunta: ¿Para qué?
Éste es el misterio que se cierne sobre toda la obra.
¿Para qué esta ley que encadena las criaturas a la existencia para hacerlas sufrir? ¿Para qué esta eterna atadura que les hace amar la vida, tan dolorosa sin embargo? ¡Angustioso problema!”
Paul Gsell, que le estaba haciendo la entrevista, le pregunta si es religioso
Responde Rodin:
Según el significado que se le quiera dar a esta palabra.
Si se entiende por religioso al hombre que se somete a ciertas prácticas, que se inclina delante de ciertos dogmas, evidentemente, yo no soy religioso.
Pero a mi modo de ver, la religión es una cosa muy diferente del simple balbuceo de un credo. Es el sentimiento de todo lo inexplicado, y tal vez inexplicable del mundo. Es la adoración de la ignorada Fuerza que mantiene las leyes universales y que conserva los tipos de los seres; es la sospecha de que no todo lo que existe en la Naturaleza puede ser captado por nuestros sentidos; es la intuición del inmenso dominio de cosas que ni los ojos de nuestro cuerpo, ni siquiera los de nuestro espíritu, son capaces de ver; es, todavía, el impulso de nuestra alma hacia el infinito, hacia la eternidad, hacia la ciencia y el amor sin límites, promesas tal vez ilusorias, pero que en esta vida hacen palpitar nuestro pensamiento como si de pronto sintiera que le han crecido alas.
En ese sentido soy religioso.
El artista digno de este nombre debe expresar toda la verdad de la naturaleza, no solamente su verdad exterior; sino, sobre todo y en grado mayor, su verdad interior.
Cuando un buen escultor modela un torso humano, no es solamente un manojo de músculos los que él representa; es la propia vida que lo anima, más aún que la vida, la potencia que los modeló y les comunicó sea su gracia, sea su vigor, sea el encanto amoroso, sea la fuga indomable.
Y hasta muy cerca de nosotros, mil cosas nos quedan desconocidas porque no estamos organizados para captar su existencia.
Por ello, me pregunto cuántos críticos deberían expresarse desde su verdadero sentir, antes que ocupar la razón que, al hablar de las imágenes, sólo puede opinar sobre lo externo, sobre la forma, y no del todo que es la obra.

© Helios Buira

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