miércoles, 6 de febrero de 2013

LO ESCRITO. DEOLA. PAVESE Y MEMORIA.

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El texto anterior se refiere a mi encuentro con Deola, con Cesare Pavese.
Para mí, uno de los grandes escritores del siglo XX: hondo, sensible, comprometido.
Una vida difícil, conflictiva, que no tuvo descanso, salvo en algunos momentos de su existencia. Pavese buscaba al público, quería ser leído, pero creo que más por la comunicación humana que por la literaria. Él sabía de su calidad, aunque dijese lo contrario y dudara de manera casi permanente.
Quiso por momentos hablar como los proletarios, como los incultos, quizá, como un homenaje a quienes padecían las injusticias de la explotación.
Pero era tan fuerte su sentimiento de soledad, de abandono, que en su diario escribe el 24 de abril de 1936:

“Es necesario haber sentido la manía de la autodestrucción. No hablo del suicidio: la gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del gusto de “relatarla”, no puede llegar al suicidio, si no es por imprudencia. Y luego el suicidio, aparece tal vez como uno de esos heroísmos míticos, de esas fabulosas afirmaciones de dignidad del hombre frente al destino, que interesan en forma estatuaria, pero nos dejan a nosotros.
El autodestructor es un tipo a la vez más desesperado y utilitario. El autodestructor se esfuerza por descubrir dentro de sí todo defecto o vileza y fomentar estas disposiciones a la anulación, buscándolas, engañándose con ellas, gozándolas. El autodestructor está en definitva más seguro de sí que todo triunfador del pasado; sabe que el hilo que amarra al mañana, al posible, al prodigio futuro, es más fuerte –tratándose del último estirón- que cualquier fe o integridad.
El autodestructor es sobre todo un comediante, y dueño de sí. No deja ninguna oportunidad de sentirse y probarse. Es un optimista. Espera todo de la vida, y se va permitiendo poner bajo las manos del destino futuro los sonidos más agudos o significativos.
El autodestructor no puede soportar la soledad.
Pero vive en un peligro continuo; que lo sorprenda una manía de construcción, de satisfacción, un imperativo moral. Entonces sufre sin remedio, y hasta puede suicidarse.

Pavese escribió, catorce años después:

“Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.”

Pocas, muy pocas palabras apuntó en su diario personal Cesare Pavese el 18 de agosto de 1950, nueve días antes de suicidarse en uno de los hoteles más conocidos de Turín, el Roma, frente a la estación del ferrocarril donde, durante la noche del 26 al 27, intentó -en vano- que algunos amigos fueran a verlo, quizá con la idea de que pudieran disuadirlo de su decisión final. Tenía 42 años.
Él ya sabía de su muerte, cuando lo anunció, metafóricamente, aquel 24 de abril de 1936. Sólo era cuestión de tiempo.
Creo que para leer a Pavese, el lector no sólo debe tener ganas de leerlo, sino sentir, de alguna manera, desesperación y estar muy atento para seguirlo en sus impresionantes creaciones. Porque de esa manera, uno puede llegar a comprenderlo cuando dice: “La desventura máxima es la soledad” “Todo el problema de la vida es, pues, éste: ¿Cómo romper nuestra propia soledad, como comunicarse con los otros?”
Consideraba que no correspondía el creerse un genio creador, que no se escribía para la posteridad, por ello decía se escribe para sostener la fatiga cotidiana en la certeza de que lo que se hace vale la pena, que es algo único. Decía que se escribe para hoy, no para la posteridad.
Entonces, pudo decir lo siguiente:

“Haber escrito algo que te deja semejante a un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de vos mismo, pues no sólo has descargado todo lo que sabés de vos, sino también lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente, y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con cautela y temblores y repentinos descubrimientos y fracaso, haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como si no existiera, si no lo acoge, le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío –hablar en el desierto- estar solo día y noche como un muerto.”

Pavese pagó su antifascismo con la cárcel, en 1935.
Su formación intelectual proviene de Gramsci y Gobetti, en un ambiente social políticamente evolucionado y atento a cualquier movimiento que pudiese significar un principio de renovación. Se formó con una consciencia de intelectual comprometido en construir una sociedad de diálogo y una literatura abierta a las influencias extranjeras. Fue un traductor excepcional de Lewis, Melville, Anderson, Joyce, Dickens, Faulkner y otros, mostrando su delicadeza de interpretación, su capacidad de penetrar en la obra traducida.
Esto, tal vez, con el deseo de inyectar sangre nueva en el exiguo mundo cultural del fascismo.
Pavese pertenece a un período de la cultura mundial que tiende a integrar la experiencia existencial, con la ética de la historia.

© Helios Buira

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