El texto
anterior se refiere a mi encuentro con Deola, con Cesare Pavese.
Para mí, uno de
los grandes escritores del siglo XX: hondo, sensible, comprometido.
Una vida
difícil, conflictiva, que no tuvo descanso, salvo en algunos momentos de su
existencia. Pavese buscaba al público, quería ser leído, pero creo que más por
la comunicación humana que por la literaria. Él sabía de su calidad, aunque
dijese lo contrario y dudara de manera casi permanente.
Quiso por
momentos hablar como los proletarios, como los incultos, quizá, como un
homenaje a quienes padecían las injusticias de la explotación.
Pero era tan
fuerte su sentimiento de soledad, de abandono, que en su diario escribe el 24
de abril de 1936:
“Es necesario haber sentido la manía de la
autodestrucción. No hablo del suicidio: la gente como nosotros, enamorada de la
vida, de lo imprevisto, del gusto de “relatarla”, no puede llegar al suicidio,
si no es por imprudencia. Y luego el suicidio, aparece tal vez como uno de esos
heroísmos míticos, de esas fabulosas afirmaciones de dignidad del hombre frente
al destino, que interesan en forma estatuaria, pero nos dejan a nosotros.
El autodestructor es un tipo a la vez más
desesperado y utilitario. El autodestructor se esfuerza por descubrir dentro de
sí todo defecto o vileza y fomentar estas disposiciones a la anulación,
buscándolas, engañándose con ellas, gozándolas. El autodestructor está en
definitva más seguro de sí que todo triunfador del pasado; sabe que el hilo que
amarra al mañana, al posible, al prodigio futuro, es más fuerte –tratándose del
último estirón- que cualquier fe o integridad.
El autodestructor es sobre todo un
comediante, y dueño de sí. No deja ninguna oportunidad de sentirse y probarse.
Es un optimista. Espera todo de la vida, y se va permitiendo poner bajo las
manos del destino futuro los sonidos más agudos o significativos.
El autodestructor no puede soportar la
soledad.
Pero vive en un peligro continuo; que lo sorprenda
una manía de construcción, de satisfacción, un imperativo moral. Entonces sufre
sin remedio, y hasta puede suicidarse.
Pavese
escribió, catorce años después:
“Todo esto da asco. Basta de palabras. Un
gesto. No escribiré más.”
Pocas, muy
pocas palabras apuntó en su diario personal Cesare Pavese el 18 de agosto de
1950, nueve días antes de suicidarse en uno de los hoteles más conocidos de
Turín, el Roma, frente a la estación del ferrocarril donde, durante la noche
del 26 al 27, intentó -en vano- que algunos amigos fueran a verlo, quizá con la
idea de que pudieran disuadirlo de su decisión final. Tenía 42 años.
Él ya sabía de
su muerte, cuando lo anunció, metafóricamente, aquel 24 de abril de 1936. Sólo
era cuestión de tiempo.
Creo que para
leer a Pavese, el lector no sólo debe tener ganas de leerlo, sino sentir, de
alguna manera, desesperación y estar muy atento para seguirlo en sus
impresionantes creaciones. Porque de esa manera, uno puede llegar a
comprenderlo cuando dice: “La desventura
máxima es la soledad” “Todo el problema de la vida es, pues, éste: ¿Cómo romper
nuestra propia soledad, como comunicarse con los otros?”
Consideraba que
no correspondía el creerse un genio creador, que no se escribía para la
posteridad, por ello decía se escribe para sostener la fatiga cotidiana en la
certeza de que lo que se hace vale la pena, que es algo único. Decía que se
escribe para hoy, no para la posteridad.
Entonces, pudo
decir lo siguiente:
“Haber escrito algo que te deja semejante a
un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de
vos mismo, pues no sólo has descargado todo lo que sabés de vos, sino también
lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu
vida inconsciente, y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con cautela
y temblores y repentinos descubrimientos y fracaso, haberlo hecho de modo que
toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como
si no existiera, si no lo acoge, le da calor un signo humano, una palabra, una
presencia; y morir de frío –hablar en el desierto- estar solo día y noche como
un muerto.”
Pavese pagó su
antifascismo con la cárcel, en 1935.
Su formación
intelectual proviene de Gramsci y Gobetti, en un ambiente social políticamente
evolucionado y atento a cualquier movimiento que pudiese significar un
principio de renovación. Se formó con una consciencia de intelectual
comprometido en construir una sociedad de diálogo y una literatura abierta a
las influencias extranjeras. Fue un traductor excepcional de Lewis, Melville,
Anderson, Joyce, Dickens, Faulkner y otros, mostrando su delicadeza de
interpretación, su capacidad de penetrar en la obra traducida.
Esto, tal vez,
con el deseo de inyectar sangre nueva en el exiguo mundo cultural del fascismo.
Pavese
pertenece a un período de la cultura mundial que tiende a integrar la
experiencia existencial, con la ética de la historia.
© Helios Buira
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