jueves, 28 de febrero de 2013

DE LA NOVELA. TALLER. A MARÍA MORA

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Capítulo Seis

Desperté temprano. El sol entraba por la ventana del taller, haciendo que mis ojos se resistiesen a abrirse, obligándome a mover el cuerpo girándolo hacia el lado de la pared; pero mi pensar se resistía, quería despertar del todo y levantarme, quería ponerme a trabajar en alguna de las esculturas que, desde la cama y desde una altura más baja que los caballetes y los estantes, me resultaban diferentes a como las había concebido. Pero los ojos insistían en cerrarse, no querían saber nada de esculturas, de caballetes, de estantes, libros, bibliotecas, ni de todo lo que allí había. Yo luchaba denodadamente para abrirlos, para despertar definitivamente. Sabía, por experiencia, que un salto, salir de la cama aunque sea a los trompicones, era la manera de ganar la contienda. Salté. Los pies, dieron directamente sobre las pantuflas que suelo usar mientras trabajo, pantuflas que me regaló Paloma para un cumpleaños; creo que es por ello que me agrada usarlas. Fui hacia el baño, higiene, menesteres y pasé a la cocina para encender el fuego y dar origen al ritual del mate que me permite cavilar en cada sorbo, como siempre me digo cada vez que ingreso a ese momento mágico, maravilloso, del pensamiento y del sabor.
Una vez preparados los elementos, me dirigí hacia los caballetes que sostienen las esculturas y me obligan a esquivarlos para ver a cada una de ellas. Me detuve ante la que di en llamar “La escalera por la cual María Mora decidió irse al cielo” Tema fuerte, intenso en mi sentimiento, dedicada a María Mora, que se suicidó hace un tiempo; era hija de un amigo escultor, con quien compartí un buen trecho en mi existencia, hasta que nos distanciamos. A María Mora la tuve en brazos a los pocos días de nacer, la vi crecer y recuerdo que cuando era pequeñita corría por el gran fondo de la casa y yo pensaba que si un día tenía una hija, desearía que fuese como ella. Se trata de una obra que tiene dos tiempos de apreciación: una pared, divide esos tiempos; de un lado, una figura que tiene en una de sus manos un paño y se prepara para subir a una escalera apoyada en ese muro; del otro lado, una figura de pie que sostiene con sus manos, los brazos extendidos casi en cruz, un paño que la cubre por completo. Es el símbolo de la muerte, pues la figura no puede verse en su totalidad. El muro, divide el espacio en metáfora del traspaso de dimensión. María Mora atravesó el tiempo cronológico, para “pasar” a otro estado. Me cuesta trabajar sobre esta obra, en particular porque Paloma, mi hija, la que yo había pensado años antes en que fuese parecida a María Mora en su alegría, en la libertad de su cuerpo cuando correteaba por el patio de su casa, fue quien me llamó por  teléfono al taller y me dio la noticia del suicidio. Como un mazazo, un dolor inenarrable. Creo que por ello, por esa “relación” extraña, es que me puse a trabajar para concebir el momento en el que María Mora decide irse al cielo. Pero voy lento, doy vueltas en rededor del caballete, observo, observo y mis manos no se atreven a poner material sobre las figuras, que se me hacen esperan para ser terminadas y que se cumpla el conjuro que atempere el dolor.

Dejé de lado esa obra y destapé una que estaba trabajando en arcilla, de la serie de los bares de Buenos Aires, que llevaba por título, al menos mientras la trabajaba, “Sola con todos”. Una figura que está sentada a la mesa de un bar, pero no enfrentada a ella, sino más bien de costado, como ofreciéndose a los parroquianos o queriendo estar con ellos, por eso el “con todos”. Abierta a la comunicación, al encuentro. Una reminiscencia de la Deola de Césare Pavese, que me permitió la serie Deola de Buenos Aires, dedicada, justamente al escritor italiano que en agosto de 1950, dijo: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más” Escrito en su diario, el 18 de agosto. Nueve días después, se suicidó en un hotel de Turín, ingiriendo una dosis abundante de somníferos. Previo a eso, en otro lugar de su Diario, dice: "Uno no se suicida por amor a una mujer. Uno se suicida porque el amor nos muestra en nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestra vulnerabilidad, nuestra insignificancia.”
Mientras destapaba la escultura, observé la foto de este inmenso que tenía fijada en la pared y el epígrafe decía: Cesare Pavese, foto tomada en agosto de 1950, días antes del suicidio.
Este inmenso me dio a Deola, la prostituta que quiso irse a Turín con el hombre que le había prometido llevarla luego de una noche larga, pensaba ella en el bar, sentada a una mesa, mientras se miraba en el frío del espejo.
Cuántas veces he leído ese poema, esa maravilla de poema, cuántos dibujos hice en los bares de Buenos Aires, intentando llegarle a Deola, a Pavese, a través de una energía cósmica y en ese intento, contarle a quienes vieran mi escultura expuesta, cuál era mi sentir.
La figura me agradaba, estaba bien construida, la composición de las masas era armónica y esa obra, tiempo después le haría escribir a Fernando García Curten, la presentación para una de mis muestras.
Trabajé varias horas cargando arcilla, dando por terminadas zonas que ya no tocaría. Luego vendría el secado y finalmente el horneado, que Ricardo, desde su sapiencia, haría con sumo cuidado, templando el horno en varias veces, para que la obra no estalle.
La tapé nuevamente con trapos húmedos y una bolsa de plástico, ordené las herramientas y salí del taller para ir a caminar por la Avenida Corrientes y finalmente, sentarme a una mesa en La Giralda a sentir, a pensar o encontrarme con Jacob Wassermann y “El hombrecillo de los gansos”

© Helios Buira

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