sábado, 2 de febrero de 2013

COMPLICACIONES. LAS GANAS PUESTAS, PERO TODO SE DIFICULTA.

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Todo se complicaba.
Cada vez más; el asunto del narrador en el pasado no estaba claro, nada me decía que podía encontrarlo, sólo veía personajes que podría utilizar o no. Un interrogante inmenso comenzaba a mostrarse hacia el horizonte, en el tiempo o dónde fuera y ahí me di cuenta de que se trataba de un nudo difícil de desatar. Hasta aquí había sido, medianamente considerado en el hecho de la búsqueda, cosa que al introducirme en los recovecos del pasado, podía tener encuentros maravillosos con viejos recuerdos casi olvidados. Pero algo comenzaba a empujar, a querer meterse en esta trama sensible que yo estaba tejiendo: era el presente. Sí sentí que los días actuales, los de hoy, eran parte de lo que yo tendría que contar, pues había llegado desde allá, desde aquel pasado, siendo el mismo, pero en otro tiempo, en el transitar de la existencia. Mi existencia, por aquello que dijo Sábato: Yo y el mundo vamos.
Y ese yo y el mundo es lo que quería “meter” en la novela
Pero el nudo, aquello que necesitaba desatar, era cómo hacerlo, cómo conjugar el pasado con el presente, cuál la técnica. En una escultura, puedo agregar o quitar material, tratándose de arcilla, puedo cortar, agregar nuevamente si se trata de yeso, puedo modificar hasta que consigo lo que quiero, o bien, la obra me dice hasta aquí llegamos, me doy por concluida y ahí se terminó. Obra lista para exponer, guardar, dejar en un estante para que se llene de polvo, venderla, ganar un premio o regalársela a alguien.
¿Y por qué, no hacer lo mismo en la novela?
Carajo, si apareciese el narrador, cuántas de estas molestias me ahorraría. Todo sería mucho más fácil.
Creo que voy a parar un poco con las fantasías, con el pensar permanente en esta fiebre de la escritura y voy a reforzar la búsqueda del tipo que se ocupe de contarlo todo.

Salí a buscar una vez más al bendito narrador, me dije que haría lo imposible para dar con él, que no pararía hasta encontrarlo, que mi destino de escritor estaba en juego, y no sé cuántas estupideces más dije, pero saldría en su búsqueda.
Así lo hice. Primero, como es hábito, entré en un bar para sentarme a una mesa y pedir uno más de mis interminables cortados. Saqué de la cartera la libreta de croquis, observé recorriendo cada una de las mesas ocupadas, hasta que vi una imagen que me atrapó, una pareja de jóvenes que, tomados de las manos y encorvados de tal manera que las cabezas se acercaban, hablaban seguramente de su mundo amoroso, de lo que sentía uno por el otro, imagen que me daban con sus paulatinos besos. Comencé a dibujar esa escena y cuando hice varias intenciones, pasé a otra mesa donde un grupo de personas charlaban gratamente, entre sonrisas y gestos que mostraban afecto y amistad. Otro grupo algo más apartado, mostraba a una persona que leía en voz alta, mientras los otros anotaban, o tomaban apuntes, seguramente preparando alguna materia. Claro, estaba en el bar de la esquina de Córdoba y Junín, frente a la Facultad de Ciencias Económicas, lugar que frecuentaba desde hacía varios años, pues allí, encontraba modelos gratuitos, ya que los estudiantes ocupaban una mesa y se quedaban bastante tiempo leyendo, o escribiendo o repasando los textos de alguna materia y apenas se movían, entonces me resultaba fácil hacer el estudio de croquis, la toma de apuntes y a veces, realizar un dibujo completo, terminado, pues el “modelo” me lo permitía.
Salí del bar y me encaminé hacia el taller. Llegué. Aldo y Ricardo no estaban, me habían dejado una nota en el lugar que teníamos destinado a esos mensajes, que decía que no vendrían a dormir. Me preparé entonces para un trabajo en soledad, preparé una cantidad de discos que escucharía durante la tarea, puse la pava sobre el fuego, preparé el mate y me senté ante mi mesa de trabajo. Desflorar blanco papel. La maravilla de una línea que comienza a gestar una forma, recorrido sensual que lo acerca a uno al infinito, a la eternidad, al tiempo oportuno, que es lo mismo.
El comienzo con Orfeo, de Monteverdi, preanunciaba a Mozart con la Sinfonía Júpiter, Beethoven la Sinfonía Número 6, Pastoral, Brahms con el Réquiem Alemán y en las blancas hojas comenzaban a mostrarse las figuras que con el tiempo me pedirían ser “Deola de Buenos Aires”, en un homenaje a Cesare Pavese, que me ofrendó ese poema maravilloso, que tan hondo caló en mí, en mi existencia, Deola, que durante años me acompañó en diferentes muestras. Y tal vez, sin darme cuenta, había encontrado un personaje que estaría en mí y para siempre.
Dibujé hasta tarde.
Luego un baño, algo para comer y antes de acostarme, un libro. Como si fuese al azar, lo tomé de la biblioteca. Jacobo Wassermann y su descomunal novela, “El hombrecillo de los gansos”. Leí. Leí.
Ya con sueño y en la cama, sentí una sensación rara, un pensamiento confuso, nebuloso, que al aclararse, me dijo –Estás solo, Helios. No solo de amigos o alguna mujer. Estás solo. Solo en el arte, solo en la existencia. Solo.
Pero sabía de esa soledad.
Tomé un marcador negro y en la pared, sobre el respaldo de la cama, escribí:

La injusta
Lejanía de
Tus manos.
La injusta
Lejanía de tu
Boca.

© Helios Buira

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