martes, 5 de febrero de 2013

DIBUJOS. CROQUIS. EN BARES Y UN POEMA. A CESARE PAVESE.

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En tiempos de formación, era práctica (y lo sigue siendo) llevar un cuaderno de hojas lisas, lápices, grafitos y si daba, alguna tinta con el plumín respectivo.
Iba a diferentes bares a tomar apuntes, hacer croquis, recavar información para ir creciendo en el dominio de las formas, incorporando sensibilidades en el momento de graficar en esas hojas blancas, las líneas que luego serían formas reconocibles que me acercaban a lo observado, que no era otra cosa que los parroquianos que en el bar, sentados a sus respectivas mesas, me daban esa oportunidad de dibujarlos, de trabajar desde ellos hacia mí.
Horas y horas y como diría Abelardo Castillo, entre en bares, salí de bares, buscando y recibiendo las poses que los parroquianos me darían, o esas parejas que se encuentran en un bar vaya uno a saber por qué, para qué, pues en los bares uno puede enamorarse, encontrarse con otro, separarse, militar, usarlos como espacio de reunión, muchas de las veces, en charlas clandestinas, preparando una acción política y cuántas posibilidades acontecen en ese lugar para mí, sacralizado.
Concurría a los que están cerca de las facultades, por la Avenida Córdoba y Junin, o sobre la esquina de Uriburu (calle a la que habría que cambiarle ese nombre, que pertenece al primer golpista, al que inició la seguidilla que culminaría en el año 83), como los que están sobre la calle Paraguay, todos muy cercanos a la Facultad de Derecho y a la de Medicina. Allí eran horas de buen hacer, pues, como dije en otros textos, los estudiantes pasan en ellos mucho tiempo, estudiando, leyendo, tomando apuntes o en conversaciones grupales que generalmente versan sobre las materias a rendir o ya rendidas.
Allí descubrí que el café, era un material más que se me ofrecía para expresarme, que, con el dibujo hecho con un marcador negro, al pasar mi dedo embebido en café sobre la línea, ésta se diluía y provocaba un efecto de aguada que me agradó y fue que tiempo después, en una de mis muestras, expuse una serie de dibujos con esa nueva técnica que se me había revelado.
Todo esto escrito, si se quiere, puede considerarse una especie de prólogo a lo que un atardecer, habiendo llevado un libro de Cesare Pavese, que no recuerdo cómo llegó a mí, comencé a leer (un libro de poemas) y cuando llego a una de esas grandezas de pavese, una en particular, el corazón comenzó a palpitar aceleradamente, la emoción se trastocó en conmoción y leí y releí y quedé extasiado, maravillado. Los pensamientos de Deola. De este poema se trataba.

Deola pasa la mañana sentada en el café y nadie la mira.
A esa hora, en la ciudad, todos corren bajo
el sol aún fresco del alba.
Tampoco Deola busca a nadie,
sino que fuma con calma y respira la mañana.
Cuando trabajaba en el lupanar, a estas horas estaba
durmiendo para recobrar fuerzas: la colcha se
la ensuciaban con sus zapatazos obreros y
soldados,
clientes que la dejaban deslomada.
Pero ser independiente es otra cosa;
es posible hacer un trabajo a conciencia sin esfuerzo
excesivo.
El caballero de ayer la despertó temprano, la besó y se la llevó
(si fuese posible, querida, permanecería contigo en Turín)
consigo a la estación para que le desease un buen viaje.
Si bien algo aturdida, está ahora reposada; a Deola,
le complace ser libre y beberse la leche
y tomarse los bollos. Esta mañana, se siente dama a medias
y, si observa transeúntes, tan sólo lo hace para evitar el tedio.
Duermen en el burdel a esta hora y hiede a estadizo
-la dueña sale a dar una vuelta- y es una estupidez
quedarse encerrada.
Para deambular al anochecer por los locales, se
requiere buena presencia y en el burdel,
a los treinta, se ha perdido ya la que
quedaba.
Deola se sienta, mostrando su perfil a un espejo
y se contempla en el frescor del vidrio.
Tiene el rostro algo pálido: no es que el humo la empañe.
Frunce el entrecejo.
Para seguir en el burdel, precisaría
el talante que tenía Mari (porque, querida amiga,
los hombres vienen aquí para satisfacer los antojos
que no les sacian ni sus mujeres ni sus novias)
y Mari trabajaba incansable, rebosante de brío y excelente salud.
Los que transitan ante el café no distraen a Deola,
que únicamente trabaja de noche, mediante lentas conquistas
al ritmo de las melodías del local.
Mientras da una ojeada
a un cliente o está buscándole el pie,
se complace con las orquestas
que la hacen pareja a una actriz
en su escena amorosa con un rico galán.
Un cliente por noche le da para ir viviendo.
(Tal vez el caballero de ayer querría verdaderamente que me fuese con él.)
Estar sola, si le place, por la mañana y sentarse en el café.
Sin buscar a nadie.

¡Y Deola estaba en el Bar!
Toda la mañana, al igual que yo, y le agradecí a Pavese por haberme ofrendado ese poema doloroso, pero pleno de vida, la maravilla de esa mujer, que, tiempo después, años después, Hernández Roselot diría en una nota sobre mi muestra en la Galería Crhistel K:
"...Cesare Pavese, quien ideó esta mujer llamada Deola.
El escultor la ha modelado con fuertes volúmenes. Acostada o reclinada, de pie o sentada en el banco de una plaza. Son muchas las variantes y la viste con su propia carne abundosa, hecha con una materia áspera, rugosa, al igual que su existencia. Sólo sublimada por la estética que redime la desdicha tan plena como los volúmenes que la determinan. Una mujer fuerte, albergadora de existencias propias y ajenas."
Una mujer fuerte, albergadora de existencias propias y ajenas. Eso dicho, me emocionó hasta las lágrimas, pues con mi amigo Ricardo, habíamos dicho alguna vez: Albergamos multitudes. Cada uno, a su manera, en su propia existencia.
Al tiempo de haber leído el poema, comencé a sentir un empuje, desde lo hondo de mí, que no alcanzaba a comprender, pero una madrugada, mientras dibujaba sentado a una de las mesas en La Giralda, apareció Deola. Y me dije: sí, será Deola de Buenos Aires. Él, la concibió en Turín. Yo la traería a buenos Aires para homenajearlo, para agradecerle, para decirle cuánto había sentido yo, ese poema. Era el mes de agosto. Todo lo que hacía era Deolas. Por ese tiempo, sólo dibujos. Foto que veía de pavese, la recortaba y la pegaba en la pared del taller. Hasta que una de ellas, tenía debajo un frase que fue como un mazazo en mi cerebro. Decía: Última foto de Cesare Pavese, “agosto de 1950”
Él se suicidó en ese mes, el día 27 en un hotel de Turín.
¡Y yo comencé con la serie Deola de Buenos Aires, en un mes de agosto!
Hice varias muestras, esculturas y dibujos.
Hubo magia. En Recoleta, se hizo una muestra sobre los márgenes del sistema, y allí conocí a Ruth, La Prostituta. Así se la conocía, así le hacían notas en los diarios, así luchaba por la sindicalización de las meretrices. Era una mujer entrada en años, pero con un espíritu jovial como pocos. Con varios artistas que exponían en esa muestra, Ruth incluida (ella pintaba) fuimos a un bar. Yo llevaba siempre el libro de poemas de Pavese. Le leí a Deola. Ruth terminó llorando, me abrazo, y me dijo: -Quiero posar para vos. Gratis. No te voy a cobrar.
¡Ruth!, que yo la veía como un ser “especial, diferente y llena de grandeza”, quería posarme.
Vino al taller y sí, trabajamos de maravillas, incluso, posó también para mis alumnos.
Fue un tiempo de esplendor.
Luego vinieron esas cosas de la existencia que oscurecen, que todo lo hacen difícil, que uno se relaciona directamente con los topitos de la depresión y mientras observaba el taller, que ya no podía pagar el alquiler y tenía que dejarlo en algunos meses, vi la foto de Pavese, pegada en la pared, cerca de la mesa que utilizaba para dibujar. La saqué, la miré por un rato, la guardé dentro del libro de poemas, tomé una foto de Henry Miller, lleno de vida, que está riendo a carcajadas junto con Lawrence Durrell y la puse en lugar de Pavese. Me dije: -Todavía no estoy para suicidios.

© Helios Buira

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