En tiempos de
formación, era práctica (y lo sigue siendo) llevar un cuaderno de hojas lisas,
lápices, grafitos y si daba, alguna tinta con el plumín respectivo.
Iba a
diferentes bares a tomar apuntes, hacer croquis, recavar información para ir
creciendo en el dominio de las formas, incorporando sensibilidades en el
momento de graficar en esas hojas blancas, las líneas que luego serían formas
reconocibles que me acercaban a lo observado, que no era otra cosa que los
parroquianos que en el bar, sentados a sus respectivas mesas, me daban esa
oportunidad de dibujarlos, de trabajar desde ellos hacia mí.
Horas y horas y
como diría Abelardo Castillo, entre en
bares, salí de bares, buscando y recibiendo las poses que los parroquianos
me darían, o esas parejas que se encuentran en un bar vaya uno a saber por qué,
para qué, pues en los bares uno puede enamorarse, encontrarse con otro,
separarse, militar, usarlos como espacio de reunión, muchas de las veces, en
charlas clandestinas, preparando una acción política y cuántas posibilidades
acontecen en ese lugar para mí, sacralizado.
Concurría a los
que están cerca de las facultades, por la Avenida Córdoba y Junin, o sobre la
esquina de Uriburu (calle a la que habría que cambiarle ese nombre, que
pertenece al primer golpista, al que inició la seguidilla que culminaría en el
año 83), como los que están sobre la calle Paraguay, todos muy cercanos a la
Facultad de Derecho y a la de Medicina. Allí eran horas de buen hacer, pues,
como dije en otros textos, los estudiantes pasan en ellos mucho tiempo,
estudiando, leyendo, tomando apuntes o en conversaciones grupales que
generalmente versan sobre las materias a rendir o ya rendidas.
Allí descubrí
que el café, era un material más que se me ofrecía para expresarme, que, con el
dibujo hecho con un marcador negro, al pasar mi dedo embebido en café sobre la
línea, ésta se diluía y provocaba un efecto de aguada que me agradó y fue que
tiempo después, en una de mis muestras, expuse una serie de dibujos con esa
nueva técnica que se me había revelado.
Todo esto
escrito, si se quiere, puede considerarse una especie de prólogo a lo que un
atardecer, habiendo llevado un libro de Cesare Pavese, que no recuerdo cómo
llegó a mí, comencé a leer (un libro de poemas) y cuando llego a una de esas
grandezas de pavese, una en particular, el corazón comenzó a palpitar
aceleradamente, la emoción se trastocó en conmoción y leí y releí y quedé
extasiado, maravillado. Los pensamientos
de Deola. De este poema se trataba.
Deola pasa la mañana sentada en el café y
nadie la mira.
A esa hora, en la ciudad, todos corren bajo
el sol aún fresco del alba.
Tampoco Deola busca a nadie,
sino que fuma con calma y respira la mañana.
Cuando trabajaba en el lupanar, a estas
horas estaba
durmiendo para recobrar fuerzas: la colcha
se
la ensuciaban con sus zapatazos obreros y
soldados,
clientes que la dejaban deslomada.
Pero ser independiente es otra cosa;
es posible hacer un trabajo a conciencia sin
esfuerzo
excesivo.
El caballero de ayer la despertó temprano,
la besó y se la llevó
(si fuese posible, querida, permanecería
contigo en Turín)
consigo a la estación para que le desease un
buen viaje.
Si bien algo aturdida, está ahora reposada;
a Deola,
le complace ser libre y beberse la leche
y tomarse los bollos. Esta mañana, se siente
dama a medias
y, si observa transeúntes, tan sólo lo hace
para evitar el tedio.
Duermen en el burdel a esta hora y hiede a
estadizo
-la dueña sale a dar una vuelta- y es una
estupidez
quedarse encerrada.
Para deambular al anochecer por los locales,
se
requiere buena presencia y en el burdel,
a los treinta, se ha perdido ya la que
quedaba.
Deola se sienta, mostrando su perfil a un
espejo
y se contempla en el frescor del vidrio.
Tiene el rostro algo pálido: no es que el
humo la empañe.
Frunce el entrecejo.
Para seguir en el burdel, precisaría
el talante que tenía Mari (porque, querida
amiga,
los hombres vienen aquí para satisfacer los
antojos
que no les sacian ni sus mujeres ni sus
novias)
y Mari trabajaba incansable, rebosante de
brío y excelente salud.
Los que transitan ante el café no distraen a
Deola,
que únicamente trabaja de noche, mediante
lentas conquistas
al ritmo de las melodías del local.
Mientras da una ojeada
a un cliente o está buscándole el pie,
se complace con las orquestas
que la hacen pareja a una actriz
en su escena amorosa con un rico galán.
Un cliente por noche le da para ir viviendo.
(Tal vez el caballero de ayer querría
verdaderamente que me fuese con él.)
Estar sola, si le place, por la mañana y
sentarse en el café.
Sin buscar a nadie.
¡Y Deola estaba
en el Bar!
Toda la mañana,
al igual que yo, y le agradecí a Pavese por haberme ofrendado ese poema
doloroso, pero pleno de vida, la maravilla de esa mujer, que, tiempo después,
años después, Hernández Roselot diría en una nota sobre mi muestra en la
Galería Crhistel K:
"...Cesare Pavese, quien ideó esta
mujer llamada Deola.
El escultor la ha modelado con fuertes
volúmenes. Acostada o reclinada, de pie o sentada en el banco de una plaza. Son
muchas las variantes y la viste con su propia carne abundosa, hecha con una
materia áspera, rugosa, al igual que su existencia. Sólo sublimada por la
estética que redime la desdicha tan plena como los volúmenes que la determinan.
Una mujer fuerte, albergadora de existencias propias y ajenas."
Una mujer
fuerte, albergadora de existencias propias y ajenas. Eso dicho, me emocionó
hasta las lágrimas, pues con mi amigo Ricardo, habíamos dicho alguna vez: Albergamos multitudes. Cada uno, a su
manera, en su propia existencia.
Al tiempo de
haber leído el poema, comencé a sentir un empuje, desde lo hondo de mí, que no
alcanzaba a comprender, pero una madrugada, mientras dibujaba sentado a una de
las mesas en La Giralda, apareció Deola. Y me dije: sí, será Deola de Buenos Aires. Él, la concibió
en Turín. Yo la traería a buenos Aires para homenajearlo, para agradecerle,
para decirle cuánto había sentido yo, ese poema. Era el mes de agosto. Todo lo que
hacía era Deolas. Por ese tiempo, sólo dibujos. Foto que veía de pavese, la
recortaba y la pegaba en la pared del taller. Hasta que una de ellas, tenía
debajo un frase que fue como un mazazo en mi cerebro. Decía: Última foto de
Cesare Pavese, “agosto de 1950”
Él se suicidó
en ese mes, el día 27 en un hotel de Turín.
¡Y yo comencé con
la serie Deola de Buenos Aires, en un mes de agosto!
Hice varias
muestras, esculturas y dibujos.
Hubo magia. En Recoleta,
se hizo una muestra sobre los márgenes del sistema, y allí conocí a Ruth, La
Prostituta. Así se la conocía, así le hacían notas en los diarios, así luchaba
por la sindicalización de las meretrices. Era una mujer entrada en años, pero
con un espíritu jovial como pocos. Con varios artistas que exponían en esa
muestra, Ruth incluida (ella pintaba) fuimos a un bar. Yo llevaba siempre el
libro de poemas de Pavese. Le leí a Deola. Ruth terminó llorando, me abrazo, y
me dijo: -Quiero posar para vos. Gratis. No te voy a cobrar.
¡Ruth!, que yo
la veía como un ser “especial, diferente y llena de grandeza”, quería posarme.
Vino al taller
y sí, trabajamos de maravillas, incluso, posó también para mis alumnos.
Fue un tiempo
de esplendor.
Luego vinieron
esas cosas de la existencia que oscurecen, que todo lo hacen difícil, que uno
se relaciona directamente con los topitos de la depresión y mientras observaba
el taller, que ya no podía pagar el alquiler y tenía que dejarlo en algunos
meses, vi la foto de Pavese, pegada en la pared, cerca de la mesa que utilizaba
para dibujar. La saqué, la miré por un rato, la guardé dentro del libro de
poemas, tomé una foto de Henry Miller, lleno de vida, que está riendo a
carcajadas junto con Lawrence Durrell y la puse en lugar de Pavese. Me dije:
-Todavía no estoy para suicidios.
© Helios Buira
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