Sábato dice que
Pascal afirma que la vida es una mesa de
juego, en la que el destino pone nuestro nacimiento, nuestro carácter, nuestras
circunstancias. Sólo si somos creadores, podemos apostar otra vez, al menos, en
la fantasmal vida de nuestras ficciones.
Puede que así
sea, pero ¿cuánto más, contiene el acto de crear que no sea solamente apostar
en esa mesa de juego? Podría ser, que ni siquiera se esté participando de juego
alguno, y por qué no, hasta pensarse que en el acto de crear, todo lo otro no
exista.
Faulkner nos
propone
“El artista sigue trabajando sin descanso y
volviendo a recomenzar: y cada vez cree que logrará su fin, que integrará su
obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que este estado de
ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder
equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, sólo le restaría
precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva y suicidarse”.
Duras, pero
claras y precisas palabras para la cuestión del juego de Pascal.
El artista
apuesta a su obra. No puede hacer otra cosa. Y en su obra, está todo él. Todo.
No es, el acto creador, la suma de testimonios aislados, sino que la totalidad,
está en la sucesión de obras que serán el muestrario de su existencia. Cada
obra, se complementa con la siguiente. Sólo cuando el artista deja físicamente
el planeta, se cierra la continuidad y comienza otra instancia, que es el
derrotero histórico, el ir hacia el futuro, valiéndose por sí mismas. En
definitiva, lo que queda, es la obra del artista. Y es por ella que podemos
saberlo.
Se dice que la
humanidad cambia constantemente y con ellas las creaciones que el hombre ha
producido. Se argumenta que el Cervantes que escribió el Quijote no es el mismo
Cervantes hoy. Es cierto. De aquel Cervantes tal vez, ni sus huesos existan. Y
se dice que el Cervantes de hoy es académico, escolar y antológico. No me
parece que sea como se dice.. Reitero, lo que sigue vigente es El Quijote, y el
cómo y el por qué fue creada aquella obra, es algo que no la modifica, como
tampoco lo hace la posteridad ni análisis crítico que se pretenda hacer sobre
semejante portento de la literatura. Como dije antes: una vez muerto el
artista, la obra comienza a defenderse por sí misma, atravesando todas las
inclemencias culturales e intelectuales que otros hombres pongan en su camino y
atraviesa los tiempos, que son, Todo el tiempo.
Cervantes nació
en 1547 y murió en 1616, digo qué, dentro de los sesenta y nueve años que
vivió, nos legó una de las obras más bellas e intensas de la literatura.
Cuando a Borges
le preguntaron sobre si volviera a ver que le agradaría leer, dijo dos cosas:
Ver la luna y leer El Quijote.
Recuerdo a
Sábato, diciéndome una tarde, en su estudio, que leyera biografías de artistas,
la correspondencia que enviaban o que recibían, sus memorias, la historia del
arte, los diarios que llevaron en su existencia y me decía estas cosas pues yo
estaba atravesando un difícil tiempo de descreimiento, de inseguridad, luego de
haber sido rechazado en dos salones a los que había enviado obra y a la vez,
rechazado en dos galerías a las cuales fui a mostrar carpetas con dibujos y
fotografías de mis esculturas, con la esperanza de poder exponer en ellas.
Me decía
Ernesto que en todos los tiempos, el artista había sufrido y hoy sigue
sufriendo por estas cuestiones. A veces, porque no lo comprenden, o porque no
lo comprenden cabalmente; otras, sobre todo si triunfa (que es una manera de
decir), porque desata la furia de los mediocres y resentidos. En cualquier
caso, el dolor es muy grande, porque sólo una piel gruesa podría protegerlo,
pero, la característica del artista, es la extremada finura de su piel.
Mientras esto escribo,
memoro la tarde en la cual, estando con Matilde (la esposa de Ernesto) en el
jardín de su casa y le pregunté cómo era él. Hizo un breve silencio y me dijo
“un alma en carne viva”. Creo que en toda la historia del arte, no hubo una
definición tan contundente, tan clara y dolorosa, sobre un artista.
Cuántas veces
escuché, en críticas livianas, de artistas y escritores diciéndome “a Sábato
siempre le duele el mundo”. Yo discutía con ellos. Pero la respuesta de
Matilde, hizo que jamás volviese yo a discutir con personas que nunca
comprenderían aquella frase: “Un alma en carne viva”
En varios de
sus escritos, Sábato comenta la relación dolorosa entre artistas y mediocres.
Dice en algún momento:
“¿Cuáles son las causas profundas de esta
reiterada y al parecer inevitable proclividad? Son varias, que operan a veces
separadamente y, a veces, en catastrófica combinación: ya que no es forzoso que
alguien sea ignorante o tonto o resentido en forma disyuntiva.
Un caso típico es Saint-Beuve: propenso a la
condición de enano, frustrado escritor de poemas y relatos, enérgicamente
rechazado por las mujeres, denunció la ausencia de genio en Balzac, negó a
Baudelaire y sostuvo que nadie le haría creer que ese payaso de Stendhal
pudiese escribir una novela valiosa. Podría pensarse con candor, que errores
tan monstruosos en un hombre que es considerado como uno de los más grandes
críticos de su tiempo inducirían a la meditación y a la cautela en el futuro.
Grave equivocación. Los seres humanos no responden a principios de la lógica, y
esa sensata conclusión que se infiere a partir de aquellos errores de nada
sirven en lo venidero. El resentimiento, como los celos, como la envidia, como
toda pasión negativa y sedienta, es inextinguible y en todo caso, nada tiene
que ver con la lógica”.
Y quiero
terminar con un mensaje que Sábato me envió a través de Gladys, su ama de
llaves, luego de la conversación en su estudio y que tanto bien me hizo.
“Venga a verme apenas llegue. ¿Usted tiene
más confianza en lo que pueda decirle esa señora de la Galería que en mí?
¿Quién es esa señora? ¿Qué representa?.
No se olvide del pobre Van Gogh. Y era Van
Gogh, ¡no esa señora de la galería!
Veré si el estado de Matilde me permite ir
mañana a su muestra. Haré lo imposible”.
Ernesto.
© Helios Buira
No hay comentarios:
Publicar un comentario