Continúo con este reencuentro de textos que ya hace años he
publicado en la Web y convoco ahora para la Red Social en la cual participo.
Septiembre 2006, casi Primavera
Los Cuartetos Medios de Beethoven,
las Cuatro Piezas Sacras de Verdi, o su Réquiem, como el de Mozart o Brahms...
¿Alcanzan para mitigar tanto dolor? O las Canciones de los Niños Muertos de
Mahler.
Dolor inenarrable en condiciones de
precariedad de espíritu. Sólo ellos, Los Grandes Sensibles pueden abarcar en un
gesto, en una emoción que se dispara hacia el Cosmos la intensidad de una Queja
Universal cuando los cimientos de la civilización se resquebrajan cada día.
Luz
En la cual fluye
El Universo Todo.
Y en la partícula
Ínfima que es el Planeta
Nuestro de todos los días
Ante esa Eternidad
El hombre
Se empecina en
Oscurecer su mente
Despojada de
alma
Y corrompe las circunstancias que
debieran ser festivas ya que para ello venimos: para realizarnos en dicha, en
plenitud, completarnos desde el nacimiento hasta el final de la vida. La vida
cuerpo. Cuerpo caja del alma y sucede que en algún momento algunos decidieron
que fuera de otra manera. Que fuera dolor, incertidumbre, caída, dientes
apretados en angustias atroces promoviendo un malestar colectivo, de a
millones.
Ella viene
Sus brazos abiertos
Se la ve pequeña
Oscura cual
Sombra en día
Luminoso
Pero todo está gris
Gris plomo
Gris humo
Gris niebla
Gris perplejidad
No comprende no
Sabe no puede
Ni siquiera llora
Porque el fósforo
De la bomba ha
Quemado su cuerpo
Pequeño, de niña
Y el fotógrafo
La vio
Así, con sus bracitos
Despegados del cuerpo
Porque de rozarlos
Su piel se desprendería
Y después en otra toma, en otro
clic de otra cámara el ave de rapiña esperando, gozando, disfrutando antes de
tiempo por el festín que vendría luego, ya que el otro cuerpo, también pequeño,
casi en posición de feto se iba muriendo poco a poco, en silencio; solo, con
quejidos apenas perceptibles porque el hambre quita todas las fuerzas, hasta
las del llanto y el fotógrafo fue premiado por esta toma de imagen.
Pero no pudo
Soportarlo
La hipocresía
De los otros lo
Tomó a él, de diferente
Manera
Lo instaló en el
Podio de los mejores
Lo premió
Pero ya su alma
Estaba sumergida
En un tiempo que
Sólo él podía
Transitar
Y decidió irse.
Irse con aquel
Cuerpito porque
El hombre-rapiña
Esperaba
Por el Gran Fotógrafo
Pero les ganó de
Mano.
Su cita era con el
Niño que había
Guardado en
Su cámara.
El suicidio era
El viaje del encuentro.
Y los medios que se llaman masivos
de comunicación informan. Muestran horrores, pedazos de cuerpos, aquí, allá,
acullá, allende los mares, en todo el planeta, en todos los rincones de todas
las ciudades y Espronceda que ve caer la bomba, mansa y serena; Lautreamont con
Maldoror y Baudelaire y Poe y todos los poetas del universo que lo han dicho
antes de que sucediera, lo han «premonitado», lo han “sabido” desde siempre y
Munch que lo ha gritado y Guernica y García Lorca al que fusilaron y lo dijo
también Rimbaud, pero nadie escuchó.
Sordera ante
Aquellos Cuartetos
O las Cuatro Piezas
Sacras.
Sordera ante los ayes
De millones
Pero también los
Ojos están cerrados
Nadie quiere ver
Los que creemos, los que todavía
estamos, elevemos un murmullo que se amplifique por todo el Universo, un
murmullo de estructura musical, reunamos el sonido de nuestras almas para que en
algún lugar, en alguna zona donde se encuentren, ellos, los niños matados por
los adultos –quienes debieran cuidarlos, protegerlos- puedan escuchar un
Réquiem de Paz; una invocación de Amor, de Esperanza por los que aún quedan
vivos.
© Helios Buira
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