Algunos dicen que Kawamura Tokitaro a quien nosotros
conocemos como Hokusai, nació en septiembre de mil setecientos sesenta.
Que viene a ser entonces, contemporáneo de Francisco Goya y
Lucientes, que nació en marzo de mil setecientos cuarenta y seis.
Digamos, nacimientos de hace más de doscientos cincuenta
años atrás.
Hokusai, en el barrio de Wariquesui, distrito de Honjo.
Goya en el pueblo de
Fuendetodos, en Zaragoza; uno en Japón, el otro en España.
¿Habrán sabido ellos de la existencia de cada uno?
¿Habrán tenido contactos entre sí o conocido sus obras?
No sé de escritos ni textos que me den una orientación
respecto de estos interrogantes pero sí he visto las obras de cada uno y siento
que un espíritu afín los recorría. Cuál puede ser la diferencia entre los
monstruos de Hokusai en sus fantasías, con los de Goya cuando se mete con los
sueños de la razón.
Claro, la diferencia es la impronta digital de cada uno, la
identidad que convoca para poder gozarlos individualmente.
Aquí convendría un paréntesis para discurrir sobre ese
dibujo del alma que tenemos en la punta de los dedos, que no es un atributo
policíaco y que no se repite en seis mil millones de personas que habitan el
planeta.
Pero dejo esto para luego.
El arte popular conocido como Ukiyo-e, se manifestó en la
estampa, que viene a ser la unión de la pintura, el grabado y la impresión. La
técnica de la xilografía y cromoxilografía, se perfeccionó con los artistas que
vivieron entre el 1600 y el 1800 y desde esa técnica, los maestros
generalizaron mediante la estampa, los motivos populares, tomando como imagen,
las escenas diarias, qué, vistas hoy, nos siguen emocionando. Tengo a Hokusai,
desde mi subjetiva apreciación, como uno de los mejores de aquel tiempo. O,
debo decir, uno de los que más me emociona.
Él tomaba los elementos de la realidad y a la vez, de su
fantasía. Hombre de carácter independiente, con una falta de disciplina muy
notoria, que por momentos llegaba a la violencia; sin embargo, dejó una obra
que en nada se la puede denominar como indisciplinada, sino, justamente, todo
lo contrario.
Se sumergió en los problemas de las gentes, en contemplar
los hechos diarios y vagabundeó ganándose la vida en diferentes actividades: vendiendo
calendarios, pimienta roja, libros, escribió textos breves, pintó carteles y
muchas otras cuestiones que jamás harían que se pensara que ese ser, albergara
al artista más notorio de su tiempo y de los siglos venideros.
La obra de Hokusai que muestra, a través de diferentes
series, al igual que en la ilustración de libros, permite comprobar su
invención portentosa e insólita, a la vez que una composición admirable, en la
cual nunca repite planteos; tenía un maravilloso sentimiento del espacio.
Hokusai vivió muchos años.
Ya que hablo de Hokusai, quiero compartir un bello y
sentido texto de mi amigo Luis Gruss:
Volver a empezar
Hokusai, el
fabuloso artista japonés, eligió setenta nombres diferentes para señalar sus
setenta renacimientos. No todos tenemos ese talento y mucho menos la audacia
necesaria para volver a empezar tantas veces. Poco a poco la piel encallece y
el alma se resuelve en una bien dosificada mezcla de peso y herrumbre. La
extraña fuerza de esa pesadumbre impone finalmente sus fueros al poder
subversivo del deseo. La conveniencia nos torna conservadores; calculamos mejor
cada nuevo paso, cada gesto, cada palabra que pronunciamos ya sin el fervor de
la primera vez. Y mientras quemamos amablemente viejas cartas, fotos y banderas
clandestinas, sabemos, sin embargo, que una sola gota de lluvia podría
bastarnos para despertar de nuevo antes de dormir. Acaso una voz, un viento
repentino o una canción escuchada al azar podrían, si quisiéramos, desarmar de
un soplo todo el andamiaje. Pero nuestra piel no muda tan fácil como la de
ciertos animales. Y ya se sabe que no a cualquier gusano le crecen alas porque
sí. Nos aferramos entonces al nombre, al título, al cargo laboral y a las
cargas de familia. Nos colocamos una máscara adecuada y una armadura de
ocasión. Dejamos ya de contestar el teléfono que de eso se encarga el
contestador- caminamos cuidadosamente por la calle y, al llegar a casa, le
ponemos siete cerrojos a la condenada puerta. Pero a la larga ninguna
precaución es suficiente. Alguien llama, alguien se acerca. Y por alguna
ventanita que olvidamos cerrar en el desván, vuelven siempre a importunarnos
las setenta vidas posibles de Hokusai, el deslumbrante artista japonés.
© Helios Buira
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