sábado, 16 de marzo de 2013

HOKUSAI. UN POCO DE GOYA Y MI AMIGO LUIS GRUSS

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Algunos dicen que Kawamura Tokitaro a quien nosotros conocemos como Hokusai, nació en septiembre de mil setecientos sesenta.
Que viene a ser entonces, contemporáneo de Francisco Goya y Lucientes, que nació en marzo de mil setecientos cuarenta y seis.
Digamos, nacimientos de hace más de doscientos cincuenta años atrás.
Hokusai, en el barrio de Wariquesui, distrito de Honjo. Goya en el pueblo de
Fuendetodos, en Zaragoza; uno en Japón, el otro en España.
¿Habrán sabido ellos de la existencia de cada uno?
¿Habrán tenido contactos entre sí o conocido sus obras?
No sé de escritos ni textos que me den una orientación respecto de estos interrogantes pero sí he visto las obras de cada uno y siento que un espíritu afín los recorría. Cuál puede ser la diferencia entre los monstruos de Hokusai en sus fantasías, con los de Goya cuando se mete con los sueños de la razón.
Claro, la diferencia es la impronta digital de cada uno, la identidad que convoca para poder gozarlos individualmente.
Aquí convendría un paréntesis para discurrir sobre ese dibujo del alma que tenemos en la punta de los dedos, que no es un atributo policíaco y que no se repite en seis mil millones de personas que habitan el planeta.
Pero dejo esto para luego.
El arte popular conocido como Ukiyo-e, se manifestó en la estampa, que viene a ser la unión de la pintura, el grabado y la impresión. La técnica de la xilografía y cromoxilografía, se perfeccionó con los artistas que vivieron entre el 1600 y el 1800 y desde esa técnica, los maestros generalizaron mediante la estampa, los motivos populares, tomando como imagen, las escenas diarias, qué, vistas hoy, nos siguen emocionando. Tengo a Hokusai, desde mi subjetiva apreciación, como uno de los mejores de aquel tiempo. O, debo decir, uno de los que más me emociona.
Él tomaba los elementos de la realidad y a la vez, de su fantasía. Hombre de carácter independiente, con una falta de disciplina muy notoria, que por momentos llegaba a la violencia; sin embargo, dejó una obra que en nada se la puede denominar como indisciplinada, sino, justamente, todo lo contrario.
Se sumergió en los problemas de las gentes, en contemplar los hechos diarios y vagabundeó ganándose la vida en diferentes actividades: vendiendo calendarios, pimienta roja, libros, escribió textos breves, pintó carteles y muchas otras cuestiones que jamás harían que se pensara que ese ser, albergara al artista más notorio de su tiempo y de los siglos venideros.
La obra de Hokusai que muestra, a través de diferentes series, al igual que en la ilustración de libros, permite comprobar su invención portentosa e insólita, a la vez que una composición admirable, en la cual nunca repite planteos; tenía un maravilloso sentimiento del espacio.
Hokusai vivió muchos años.

Ya que hablo de Hokusai, quiero compartir un bello y sentido texto de mi amigo Luis Gruss:

Volver a empezar
Hokusai, el fabuloso artista japonés, eligió setenta nombres diferentes para señalar sus setenta renacimientos. No todos tenemos ese talento y mucho menos la audacia necesaria para volver a empezar tantas veces. Poco a poco la piel encallece y el alma se resuelve en una bien dosificada mezcla de peso y herrumbre. La extraña fuerza de esa pesadumbre impone finalmente sus fueros al poder subversivo del deseo. La conveniencia nos torna conservadores; calculamos mejor cada nuevo paso, cada gesto, cada palabra que pronunciamos ya sin el fervor de la primera vez. Y mientras quemamos amablemente viejas cartas, fotos y banderas clandestinas, sabemos, sin embargo, que una sola gota de lluvia podría bastarnos para despertar de nuevo antes de dormir. Acaso una voz, un viento repentino o una canción escuchada al azar podrían, si quisiéramos, desarmar de un soplo todo el andamiaje. Pero nuestra piel no muda tan fácil como la de ciertos animales. Y ya se sabe que no a cualquier gusano le crecen alas porque sí. Nos aferramos entonces al nombre, al título, al cargo laboral y a las cargas de familia. Nos colocamos una máscara adecuada y una armadura de ocasión. Dejamos ya de contestar el teléfono ­que de eso se encarga el contestador- caminamos cuidadosamente por la calle y, al llegar a casa, le ponemos siete cerrojos a la condenada puerta. Pero a la larga ninguna precaución es suficiente. Alguien llama, alguien se acerca. Y por alguna ventanita que olvidamos cerrar en el desván, vuelven siempre a importunarnos las setenta vidas posibles de Hokusai, el deslumbrante artista japonés.


© Helios Buira

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