Existe la
forma.
Luego, el
reconocimiento de la forma.
En la
naturaleza se hallan formas que son producto de su desarrollo. Esas, son las
formas naturales.
El hombre,
quizás, allá por los albores, tuvo necesidad de ver algunas de esas formas como
poseedoras de virtudes mágicas, sin saber que luego, en el tiempo, se denominaría
a esa necesidad, con la palabra magia.
Posiblemente,
para ellos, no había diferencia alguna; lo que los rodeaba, era un todo con ellos
incluidos pues todavía no se habían puesto a pensar en la naturaleza fuera de ellos. Eso vendría después, cuando el hombre se puso a estudiarla, alejándose de
ella. Y más tarde, los depredadores, que comenzarían a destruirla en aras de
sus beneficios económicos, inventando para ello, las leyes del mercado. Todo
vale con tal de llenar las arcas.
Cuando el
hombre comenzó a crear sus formas, también las creyó dotadas de propiedades mágicas
o espirituales y es así, que se convirtieron en obras de arte. Y es por ello
que se puede decir: El arte, ante todo, magia.
La obra, tiene
un valor. Pero no un valor mercantil como se pretende hoy en día, sino un valor
humano. Y esto hace al ser, a la vez que a su conciencia e inteligencia. El ser
concreto y como diría Unamuno, el espíritu encarnado.
Por ello el
arte pertenece al universo sensible del hombre. Y por eso, se puede decir que
la sensibilidad de espíritu, en contacto con la materia, produce la obra. Y la
obra es en sí. No es otra cosa que eso. Toda forma es en sí misma. Más no toda
forma tiene el carácter de lo artístico.
Hay, en las
formas primitivas hechas por el hombre, algunas que no se encuentran en la
naturaleza, que son abstracciones y revisten un carácter simbólico, un
significado sólo conocido por ellos, que le hace decir a Giedion, que son las “primeras
tentativas del hombre de Neanderthal por lograr una organización espiritual que
trasciende los simples materiales y su existencia utilitaria”
Quizás, se
trataba de la tremenda e inquietante pregunta que el hombre se hace frente a la
muerte, a su finitud, y esas imágenes, esas creaciones, fundaban en ellos un
sentimiento de posteridad. O de eternidad.
Las manifestaciones
artísticas del hombre primitivo, tienen un sentido profundo, vital: son una de
las maneras de conexión entre el hombre y el mundo que lo rodea. Esto se liga
estrechamente con la magia. Sería que, el mundo y los fenómenos que lo rodean,
son producto de distintas “fuerzas” o espíritus que están presentes en cada
hecho, como en cada objeto. Y esas “fuerzas”, no son neutras para él: son
positivas y benéficas, o negativas y maléficas. A través de la magia, puede
controlar ese mundo y se dice, entonces, que grababa los animales flechados en
el muro de la cueva, pues así sería también en el mundo circundante. Claro,
todo giraba en torno de conseguir el sustento.
Al representar
a la presa, como si fuese esa representación una “trampa”, el hombre, siente
que domina al objeto representado.
Se han
encontrado marcas e incisiones sobre las imágenes de animales plasmados en la
roca, lo que hace suponer que los integrantes del grupo, lanzaban sus flechas
o sus elementos de caza contra ellas, como asegurando la próxima caza.
Por ello el
arte, como necesidad vital.
Se debe aclarar
ante esto dicho, o agregar, que lo empírico, el aprendizaje en la experiencia,
la selección del animal a cazar, utilizando armas y técnicas adecuadas, podemos
suponer también que realizaban ejercitaciones previas.
Finalizo
diciendo que lo empírico y lo mágico, se complementan.
Así acontece en
el mundo del arte.
© Helios Buira
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