Hay quienes se
lo pasan riendo. Es bueno.
Pero hay otros
que se lo pasan riendo para los demás. Digo: son los que hacen profesión de
optimismo.
“Está todo
bien” Le dicen a un tipo que se
encuentra quebrado, en las diez de última. Y a veces le agregan un “Fuerza que
vas a salir de esta” Y el pobre hombre
lo que necesita es una mano de verdad, no palabras huecas, sin sentido, dichas
a todos por igual. Alguien que no come todos los días ya sea por estar sin
trabajo o vivir indigente, necesita comida, o dinero para poder comprar aunque
sea un pan y engañar su hambre por un rato. No palabras de aliento, cuando él,
está casi sin aliento.
Hay algunas
frases contundentes, acerca de las personas que dependen de los otros para ser
en sí: “Cuando se suspende la facultad del juicio independiente, se suspende la
conciencia”
Son personas
que viven un estado en el cual los demás, le dictan sus convicciones,
careciendo de ellas, pero, satisfechos de que esos demás le crean. Hay quienes
no quieren ser grandes, sino que los otros crean que son grandes. Toman
prestado de otros, para, a su vez, impresionar a otros.
Hay quienes
mienten, engañan, pero conservando una fachada respetable. Claro, respetable
hacia los demás. Nunca, para sí.
Aquel que dice
profesar amor hacia el inferior y se cuelga de los menos dotados para
establecer una superioridad por comparación.
Todo lo que
hacen, está hecho para que los demás opinen. Si es a favor se alegran, pero si
es en contra, montan un andamiaje fenomenal para defenderse. Y esa defensa será
del mismo tenor que lo hecho. Sin convicción alguna.
No sienten
placer por lo hecho en sí, sino que ese placer depende de la opinión ajena.
Algunos, suelen
llamarlos “los segundones” Los que
siempre van detrás, pero dada las tramoyas que realizan, parecen ser los
primeros. Y aquí, se les puede decir “Los trepadores”.
José ingenieros
escribió una obra fenomenal observando a este tipo de personas: El hombre mediocre.
En el siguiente
fragmento, dice:
“Individualmente considerada, la mediocridad
podrá definirse como una ausencia de características personales que permitan
distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece a todos un mismo fardo de
rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos
coincidan en lo impersonal: "Juntad mil genios en un Concilio y tendréis
el alma de un mediocre". Esas palabras denuncian lo que en cada hombre no
pertenece a él mismo y que, al sumarse muchos, se revela por el bajo nivel de
las opiniones colectivas.
La personalidad individual comienza en el
punto preciso donde cada uno se diferencia de los demás; en muchos hombres ese
punto es simplemente imaginario. Por ese motivo, al clasificar los caracteres
humanos, se ha comprendido la necesidad de separar a los que carecen de rasgos
característicos: productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la
educación que se les suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas
que los rodean. "Indiferentes" ha llamado Ribot a los que viven sin
que se advierta su existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen
voz, sino eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas,
una penumbra.
Cruzan el mundo a hurtadillas, temerosos de
que alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como
contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los hombres carecemos de
misión trascendental sobre la tierra, en cuya superficie vivimos tan
naturalmente como la rosa y el gusano, nuestra vida no es digna de ser vivida
sino cuando la en noblece algún ideal: los más altos placeres son inherentes a
proponerse una perfección y perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen
biografía: en la historia de su sociedad sólo vive el que deja rastros en las
cosas o en los espíritus. La vida vale por el uso que de ella hacemos, por las
obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha
sentido mejor un ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta
juventud la precedió. La medida social del hombre está en la duración de sus
obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen sobrevivientes a
los siglos, y por ellas se mide.
El poder que se maneja, los favores que se
mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades que se consiguen, tienen
cierto valor efímero que puede satisfacer los apetitos del que no lleva en sí
mismo, en sus virtudes intrínsecas, las fuerzas morales que embellecen y
califican la vida; la afirmación de la propia personalidad y la cantidad de
hombría puesta en la dignificación de nuestro yo. Vivir es aprender, para
ignorar menos; es amar, para vincularnos a una parte mayor de humanidad; es
admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es
un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales
definidos.
Muchos nacen; pocos viven. Los hombres sin
personalidad son innumerables y vegetan moldeados por el medio, como cera
fundida en el cuño social. Su moralidad de catecismo y su inteligencia
cuadriculada los constriñen a una perpetua disciplina del pensar y de la
conducta; su existencia es negativa como unidades sociales.
El hombre de fino carácter es capaz de
mostrar encrespamientos sublimes, como el océano; en los temperamentos
domesticados todo parece quieta superficie, como en las ciénagas. La falta de
personalidad hace, a éstos, incapaces de iniciativa y de resistencia. Desfilan
inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en tedio su insipidez,
vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros a la izquierda que
nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder a
la más leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y
pequeñas, transitoriamente arrastrados a la altura por el más leve céfiro o
revolcados por la ola menuda de un arroyuelo.
Barcos de amplio velamen, pero sin timón, no
saben adivinar su propia ruta: ignoran si irán a varar en una playa arenosa o a
quedarse estrellados contra un escollo.
Están en todas partes, aunque en vano
buscaríamos uno solo que se reconociera; si lo halláramos sería un original,
por el simple hecho de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye
alguna virtud, cierto talento o un firme carácter? Muchos cerebros torpes se
envanecen de su testarudez. confundiendo la parálisis con la firmeza, que es
don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su bigardía y desvergüenza,
equivocándolas con el ingenio; los serviles y los parapoco pavonéanse de
honestas, como si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno confundirse con
la virtud.
Si hubiera de tenerse en cuenta la buena
opinión que todos los hombres tienen de sí mismos, sería imposible discurrir de
los que se caracterizan por la ausencia de personalidad. Todos creen tener una;
y muy suya. Ninguno advierte que la sociedad le ha sometido a esa operación aritmética
que consiste en reducir muchas cantidades a un denominador común: la
mediocridad.
Estudiemos, pues, a los enemigos de toda
perfección, ciegos a los astros. Existe una vastísima bibliografía acerca de
los inferiores e insuficientes desde el criminal y el delirante hasta el
retardado y el idiota; hay también una rica literatura consagrada a estudiar el
genio y el talento, amén de que la historia y el arte convergen a mantener su
culto.
Unos y otros son, empero, excepciones. Lo
habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre
que nos rodea a millares, el que prospera y se reproduce en el silencio y en la
tiniebla, es el mediocre.
Toca al psicólogo disecar su mente con firme
escalpelo, como a los cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la
Lección de anatomía: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas
mismas de la naturaleza humana y sus labios palpitan de elocuencia serena al
decir su verdad a cuantos le rodean.
¿Por qué no tendemos al hombre sin ideales
sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué
piensa, para qué sirve?
Su etopeya constituirá un capítulo básico de
la psicología y de la moral.”
© Helios Buira
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