martes, 12 de marzo de 2013

DE LA NOVELA. DE LA ESCUELA DE BELLAS ARTES. EL ASOMBRO..

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Con Aldo coincidimos en integrar el grupo de primer año en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, luego de que las autoridades de la escuela, hicieran la distribución de los alumnos para cada curso. Comenzamos a charlar, a sabernos los unos con los otros, en ese lugar “diferente” para mí, a todo lo conocido hasta el día de mi ingreso. Mi experiencia con el arte era el gusto por dibujar, desde chico, estimulado por mis padres, o quizá, ellos, aceptando que dibujara cada vez que un papel blanco llegaba a mis manos y luego, ellos, mostrando esos dibujos a algún vecino que seguramente por cortesía decía que estaban buenos.
Una tarde, caminando por la avenida Gaona, en el barrio de Floresta, vi en una escuela primaria, un cartel que anunciaba clases nocturnas de dibujo. Entré y me inscribí.
Don Luis Ángel Trigueros, era quien estaba a cargo del curso.
Componía naturalezas muertas y nos indicaba qué era lo que teníamos que hacer para el aprendizaje, recorriendo la clase y deteniéndose en cada alumno para dar indicaciones. Éramos pocos, entonces podía impartir las clases como si fuesen personalizadas. Y lo eran. Él hacía que sintiéramos eso, que a cada uno le decía lo necesario para ir incorporando los conocimientos que teníamos que aprehender para saber de qué se trataba la relación que teníamos con el modelo, la hoja blanca y el lápiz con el cual trazábamos direcciones compositivas, proporciones y veíamos como iba tomando forma en nuestras hojas aquello que estaba allá, en la tarima, pareciéndose, o intentando aproximarse lo más posible. A veces, lo conseguíamos. Y todo era alegría, felicitaciones de parte del maestro, que siempre apostaba a lo positivo y así fue que le pregunté por qué nunca me decía que esto o aquello estaba mal y me respondió que él entendía la enseñanza como algo a favor del alumno y que, marcándome eso que estaba bien, yo, en la experiencia, me daría cuenta de lo que estaba mal. Claro, sin saberlo todavía, estaba recibiendo de su parte la instrucción para ejercer luego, más adelante, en otro tiempo, la autocrítica o, al menos, poder decir: -Esto no está bien, esto hay que corregirlo.
Don Luis, fue quien me indujo a que diese el examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes, diciéndome que ya estaba preparado para ir. Jamás había escuchado esa frase: “Bellas Artes”. Mi crecimiento en un barrio, con vecinos de clase media trabajadora, con las relaciones entre esos vecinos y mis padres, no daba para un lenguaje relacionado con las artes. Mucho menos, entre mis amigos, que tenían como mandato un destino similar al de sus padres.
Pasé a ser el raro, el diferente, cuando se supo que había entrado en  “Bellas Artes”. Si volviese hoy al barrio, seguramente el comentario en el reencuentro con aquellos amigos, sería el mismo, el del tipo raro, diferente, algo pirado, excéntrico, medio loco o vaya a saber uno qué adjetivos utilizarían.
El ingreso a la Escuela, fue de un asombro inenarrable.
Tipos barbudos que fumaban en pipa, vestidos con ropas que en el barrio no veía, que hablaban en voz alta, algunos casi gritando (después supe que eran discusiones acerca del arte, de la existencia, de la vida) otros sentados directamente en el piso de un patio o, en un rincón, una pareja, abrazados, mientra él le leía un libro a ella entre beso y beso; los profesores que fumaban lo hacían en el aula, también los alumnos; las paredes “sucias”, llenas de manchas de pintura, al igual que los caballetes y los paneles en los cuales fijábamos las hojas en las clases de dibujos. Y el olor. El olor, aún lo llevo conmigo. Olor a trementina, que se metió tan adentro, que a veces, pienso que me sale por los poros.
El lenguaje. Como si fuese un idioma inexistente en el planeta. Las palabras que usaban, muchas de las cuales, eran nombres de maestros, de filósofos, pero, para mí, eran sonidos raros, muy extraños.
Sentía que estaban conectados entre ellos, quienes hablaban y hablaban, pero algo me decía que cada uno discutía de sí mismo o quería imponer su decir sobre los otros. Fue mi primer descubrimiento.
Una vez hecha la distribución, los del idioma francés para un lado, los de inglés para el otro, quedaron conformados dos cursos de primer año. Éramos pocos alumnos por curso. El de inglés, algo más numeroso que el de francés, idioma que yo había elegido. Al ser tan pocos, creo que por ello se dio casi de inmediato una buena relación entre nosotros.
Era el primer día de clase. Al salir, por la noche, uno de los compañeros, me preguntó para que lado iba, le dije a tomar el 106 y poniéndome una mano en el hombro, dijo: yo también. Sentí, mientras caminábamos hacia la parada del colectivo, que su mano seguía apoyada en mi. Tiempo después supe que esa mano, seguiría allí, en el hombro, pues era la manera que tenía Aldo de sentirse confiado, “ayudado” para caminar y cruzar calles y avenidas, pues un desprendimiento de retinas, lo había dejado con una visión notoriamente disminuida.
Así quedó sellada nuestra amistad.

© Helios Buira

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