Reconozco como mis Maestros a: Antonio Pujia, Américo
Balán, Naum Knop y Antonio Devoto.
Ellos me mostraron, cada cual a su manera, cuál era el
camino.
Cuando comencé a transitarlo, me acompañaron por un tiempo
hasta que llegó el momento de indagar, de aprehender, de saber por mi cuenta,
de hacer la experiencia y así, iniciar la tarea para la que creo haber sido
elegido
Uno de ellos me dijo: -"El pichón ha emplumado. Ahora
puede volar".
Si se me permite, de alguna manera estos Textos Desde el
Arte, están dedicados a ellos con todo el corazón.
Y los más bellos recuerdos
Brindo entonces, con elixir de libélulas. Ellas lo beben en
sus mejores momentos.
Eran tiempos de búsqueda. Pero no una búsqueda a sabiendas,
quiero esto o aquello, sino una búsqueda en el encuentro del asombro. Todo era
nuevo. Maravilloso. Y ver la obra de cada uno de ellos, forjaba “algo” adentro,
que no se podía explicar y a veces, ni contar. El tiempo pondría las cosas en
su lugar y así fue que llegó la comprensión del sentimiento de aquello que
había sido testigo, apreciando lo que sabría después sobre lo que se siente ante la obra de los maestros.
Claro, escucharía tiempo después al Maestro De Ferrari
diciéndome: “Con la razón no se pinta, con el alma sí”
Y Sábato hablando acerca del arte, concluye que pertenece
al universo sensible del hombre. Y habla sobre las obsesiones, dice que tienen
sus raíces muy profundas, y cuanto más profundas menos numerosas son. Y la más
profunda de todas, es quizá la más oscura pero también la única y todopoderosa
raíz de las demás, la que aparece a los largo de todas las obras de un creador verdadero. Dice que no está hablando
de los fabricantes de historias, de los “fecundos” fabricantes de teleteatros o
de best-sellers a medida. Que ellos sí, pueden elegir el tema. Cuando se crea
en serio, es el tema el que lo elige a uno.
Cuánto pensé acerca de estas palabras de Sábato, cuando mis
dudas en momentos de descreimiento, él me las repetía una y otra vez para darme
ánimo.
Y esas palabras se encontraban con las de mis maestros y siempre,
había coincidencias.
Antonio Devoto, uno de los grandes escultores,
lamentablemente desconocido para muchos de quienes transitan por el mundo del
arte, era el profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes. De él, aprendí
la síntesis, a quitar lo superfluo. Hablaba siempre de la oposición recta-curva
o cóncavo-convexo para crear ritmo, para generar opuestos y así romper
cualquier monotonía en la forma que uno trabajaba.
Naun Knop, me enseñó en su taller, pues fui su ayudante
durante algunos años y allí aprendí a ver los volúmenes partiendo desde un
plano, pues así él construía sus esculturas. Partía de lo que parecía ser una
silueta, pero, uno veía cómo eso se convertía poco a poco en una escultura de
bulto.
Américo Balán, me dio dos cosas fundamentales. La imagen y él
fue quien me presentó a Antonio Pujia, diciéndome que me veía como escultor, más
que como grabador. Balán, junto con Aída Carballo y Alicia Scavino, para mí,
los grandes grabadores argentinos. ¿Por qué digo que me dio la imagen? Porque
recorriendo galerías, siendo estudiante, vi un grabado (xilografía) que me
resultó maravilloso y sentí la necesidad de hablarme en voz alta, diciéndome: “Así
quiero dibujar, así quiero que sean mis dibujos y grabados” me estaba
refiriendo a las formas, a lo exuberante de la figura.
Tiempo después, Balán fue mi profesor de grabado. Le conté
aquello que había sentido y se emocionó.
Pasaron muchos años y estando yo en el Centro Cultural Recoleta,
(trabajaba allí) en el despacho de la Directora General, ingresa una persona,
amigo de ella y le pide una sala para hacer una muestra homenaje. Mientras esto
decía, llevaba en su mano un catálogo, con una imagen. El corazón me dio un
vuelco. ¡Era aquel grabado que había visto de joven en la galería! Le pregunté
a esa persona por qué tenía esa imagen en la mano y me respondió que quería
hacerle un homenaje a Américo Balán. Mi emoción fue sin límites. En un aparte
le conté lo acontecido aquella vez y se emocionó, pues la primera obra de arte
que compró para su colección, fue una obra de Balán.
Debo aclarar que la mediocridad, la precariedad espiritual
y la insignificancia de algunos funcionarios, hizo que la muestra no se hiciera
allí.
Antonio Pujia, de los cuatro mencionados, es el más
maestro. Él me dio elementos y herramientas para que pudiese expresarme,
aprehender, comprender y vivir en el mundo del arte. Fui su ayudante durante
muchos años. Pero hay algo que habla de su generosidad, como pocos. ¡Aprendí
directamente sobre su obra! Sí, trabajaba sobre ella y cuando cometí errores, él
tenía que repararlos. Jamás, un enojo. Reconstruía lo que yo había arruinado. Y
el hecho de esforzarme para no volver a cometer otro error, fue lo que me dio
solvencia, seguridad y oficio.
Y cuánto tengo para contar de aquellos años en su taller.
Tal vez, algún día me atreva y lo haga.
Pero hoy, este recuerdo, este agradable momento al
memorarlos, agradecido.
© Helios Buira
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