domingo, 17 de marzo de 2013

MAESTROS. CUATRO. TODOS BUENOS.

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Reconozco como mis Maestros a: Antonio Pujia, Américo Balán, Naum Knop y Antonio Devoto.
Ellos me mostraron, cada cual a su manera, cuál era el camino.
Cuando comencé a transitarlo, me acompañaron por un tiempo hasta que llegó el momento de indagar, de aprehender, de saber por mi cuenta, de hacer la experiencia y así, iniciar la tarea para la que creo haber sido elegido
Uno de ellos me dijo: -"El pichón ha emplumado. Ahora puede volar".
Si se me permite, de alguna manera estos Textos Desde el Arte, están dedicados a ellos con todo el corazón.
Y los más bellos recuerdos
Brindo entonces, con elixir de libélulas. Ellas lo beben en sus mejores momentos.

Eran tiempos de búsqueda. Pero no una búsqueda a sabiendas, quiero esto o aquello, sino una búsqueda en el encuentro del asombro. Todo era nuevo. Maravilloso. Y ver la obra de cada uno de ellos, forjaba “algo” adentro, que no se podía explicar y a veces, ni contar. El tiempo pondría las cosas en su lugar y así fue que llegó la comprensión del sentimiento de aquello que había sido testigo, apreciando lo que sabría después sobre lo  que se siente ante la obra de los maestros.
Claro, escucharía tiempo después al Maestro De Ferrari diciéndome: “Con la razón no se pinta, con el alma sí”
Y Sábato hablando acerca del arte, concluye que pertenece al universo sensible del hombre. Y habla sobre las obsesiones, dice que tienen sus raíces muy profundas, y cuanto más profundas menos numerosas son. Y la más profunda de todas, es quizá la más oscura pero también la única y todopoderosa raíz de las demás, la que aparece a los largo de todas las obras de un creador verdadero. Dice que no está hablando de los fabricantes de historias, de los “fecundos” fabricantes de teleteatros o de best-sellers a medida. Que ellos sí, pueden elegir el tema. Cuando se crea en serio, es el tema el que lo elige a uno.
Cuánto pensé acerca de estas palabras de Sábato, cuando mis dudas en momentos de descreimiento, él me las repetía una y otra vez para darme ánimo.
Y esas palabras se encontraban con las de mis maestros y siempre, había coincidencias.
Antonio Devoto, uno de los grandes escultores, lamentablemente desconocido para muchos de quienes transitan por el mundo del arte, era el profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes. De él, aprendí la síntesis, a quitar lo superfluo. Hablaba siempre de la oposición recta-curva o cóncavo-convexo para crear ritmo, para generar opuestos y así romper cualquier monotonía en la forma que uno trabajaba.
Naun Knop, me enseñó en su taller, pues fui su ayudante durante algunos años y allí aprendí a ver los volúmenes partiendo desde un plano, pues así él construía sus esculturas. Partía de lo que parecía ser una silueta, pero, uno veía cómo eso se convertía poco a poco en una escultura de bulto.
Américo Balán, me dio dos cosas fundamentales. La imagen y él fue quien me presentó a Antonio Pujia, diciéndome que me veía como escultor, más que como grabador. Balán, junto con Aída Carballo y Alicia Scavino, para mí, los grandes grabadores argentinos. ¿Por qué digo que me dio la imagen? Porque recorriendo galerías, siendo estudiante, vi un grabado (xilografía) que me resultó maravilloso y sentí la necesidad de hablarme en voz alta, diciéndome: “Así quiero dibujar, así quiero que sean mis dibujos y grabados” me estaba refiriendo a las formas, a lo exuberante de la figura.
Tiempo después, Balán fue mi profesor de grabado. Le conté aquello que había sentido y se emocionó.
Pasaron muchos años y estando yo en el Centro Cultural Recoleta, (trabajaba allí) en el despacho de la Directora General, ingresa una persona, amigo de ella y le pide una sala para hacer una muestra homenaje. Mientras esto decía, llevaba en su mano un catálogo, con una imagen. El corazón me dio un vuelco. ¡Era aquel grabado que había visto de joven en la galería! Le pregunté a esa persona por qué tenía esa imagen en la mano y me respondió que quería hacerle un homenaje a Américo Balán. Mi emoción fue sin límites. En un aparte le conté lo acontecido aquella vez y se emocionó, pues la primera obra de arte que compró para su colección, fue una obra de Balán.
Debo aclarar que la mediocridad, la precariedad espiritual y la insignificancia de algunos funcionarios, hizo que la muestra no se hiciera allí.
Antonio Pujia, de los cuatro mencionados, es el más maestro. Él me dio elementos y herramientas para que pudiese expresarme, aprehender, comprender y vivir en el mundo del arte. Fui su ayudante durante muchos años. Pero hay algo que habla de su generosidad, como pocos. ¡Aprendí directamente sobre su obra! Sí, trabajaba sobre ella y cuando cometí errores, él tenía que repararlos. Jamás, un enojo. Reconstruía lo que yo había arruinado. Y el hecho de esforzarme para no volver a cometer otro error, fue lo que me dio solvencia, seguridad y oficio.
Y cuánto tengo para contar de aquellos años en su taller.
Tal vez, algún día me atreva y lo haga.
Pero hoy, este recuerdo, este agradable momento al memorarlos, agradecido.

© Helios Buira

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