El regalo
-Si querés
hacerme un regalo -le dije- que sea un mate labrado en plata, o alpaca. Tenés
dinero como para ese tipo de presentes.
-Qué raro -dijo
ella- pensé que podría comprar una de tus esculturas, sabés que me agradan. Y
tendrías el dinero.
-Si me comprás
una obra, será algo bueno para mí, pero se va del taller. Luego gasto el pago de
tu compra y no me queda nada.
En cambio, el
mate estará en mis manos y cada vez que lo utilice, en cada sorbo, serías
evocada y al cerrar mis ojos, sentiría que te estoy bebiendo.
Agachó la
cabeza. Nada dijo. Pero alcancé a observar que movió, hacia un costado,
imperceptiblemente, el pie derecho.
Helios
2 de marzo del
'96
Este breve
texto, de aquel año que menciona la fecha, fue escrito a modo de respuesta para
una persona que hacía ostentación de su dinero, que sentía, dado lo abultado de
su cuenta bancaria, una morbosa superioridad respecto de los mortales que
apenas llegábamos a fin de mes con nuestros haberes.
El texto se
corresponde con una ficción, pero al leerlo, ella se dio cuenta de cuál era mi
sentir respecto de sus palabras, pues me había dicho: -Te voy a hacer un
regalo, te compraré una obra.
Tuvimos una conversación
extensa, en la cual pude hablarle del mundo del arte, de los artistas, y que el
regalo, al comprarme una obra, se lo hacía ella.
En años de
transitar por el mundo del arte, de la cultura, he sido testigo de cuánta
indolencia albergan muchas de las personas a las que se les suele decir
adineradas. Consideran que el acto de extender un brazo para efectuar un pago,
en el mismo instante en que lo hacen, la otra parte, "debería estar
agradecida".
Una amiga, en
tiempos en que mi economía era precaria (bueno, mucho no se ha modificado), me
presentó a un grupo de mujeres de las que se suele nombrar como de la
"sociedad", pues ella las convenció de que debían tomar clases de
escultura en mi taller. Eran siete.
Comenzaron a
venir a la toma de clases, en dos grupos: cuatro un día, tres en otro.
Primera
sorpresita: pensaba yo que los diferentes días se debían a los tiempos de cada
una, a la organización de sus respectivas existencias. No. Era que estaban
distanciadas, el grupo de tres, no se hablaban con el grupo de cuatro. Sus
apellidos eran pomposos, y todas, compartían el mismo espacio económico e
ideológico. Pero había algo, seguramente relacionado con ciertos intereses, que
las había alejado.
Mi taller era
un lugar extremadamente precario, diría que un lugar prácticamente
"tomado", aunque, dada la grandeza de un agente inmobiliario, pagaba
un alquiler muy bajo y cuando podía hacerlo. Era un viejo edificio, habitado
también por dos familias chilenas que, sus actividades diarias, lindaban con
"la mala vida". Pero convivíamos en armonía y debo decirlo, una de
esas familias me ayudó en momentos de difícil economía (más de la habitual)
como, por ejemplo, en noches de invierno, la mujer, la esposa de René (lo
menciono agradecido), me alcanzaba unos suculentos guisos, diciéndome:
-Maestro, aquí tiene, para darle calor al cuerpo y así podrá seguir creando
esculturas.
Siempre, desde
siempre, mi única música, es la clásica y la ópera. Una noche, luego de
alcanzarme el plato de guiso, Adela (también mencionada en agradecimiento), me
dijo: -Maestro: ¿Puede subir el volumen de la radio? La miré extrañado y
agregó: -Porque la música selecta, me agrada, me da paz.
¿Se comprende esto
que escribo?
Las señoras de
la "sociedad" venían una vez por semana, como dije, en diferentes
días, para no "encontrarse" El grupo de cuatro, era el más pudiente,
el de mayor rango, el de escalones más altos en la escala económica. Una de
ellas, más sensible que las otras y también más creativa en la realización de
sus trabajos, me pedía que la acompañara al Museo de Bellas Artes, así lo
recorría con "su maestro", decía. Íbamos en su automóvil. Al salir
del museo, me llevaba (y era así), a ver
cómo florecían los jacarandaes por la avenida del Libertador, o donde
ella supiese que había alguno. Bajábamos del auto y nos sentábamos a disfrutar
de semejante belleza.
Durante esas
salidas, se dio que comenzó a contarme algunas cosas de su vida, de su
existencia, algo que sucedió luego de un trabajo que ella estaba haciendo y le
pregunté qué le estaba pasando. Me miró asombrada y le respondí que lo estaba
diciendo con eso que hacía. Así comenzaron las "confesiones" Juro que
la vida de los chilenos habitantes del edificio y la mía juntas, se parecían a
la felicidad.
Otra, que era
del grupo de tres, esposa de un terrateniente, un hombre poderoso dentro de la
economía Argentina, hablaba en voz baja, con palabras suaves, delicadas.
Trabajaba bien, aprendía rápido.
Aclaro que en
el edificio había un solo baño y llegar a él, era toda una cuestión (el
edificio se caía a pedazos) entonces, esa señora, muy sutilmente, me dijo que
preferiría tomar las clases en su casa, pues le costaba llegar al taller con su
auto dado lo complicado del tránsito. Acepté y comencé a ir a su casa. Tenía un
ambiente que usaba como tallercito. Iba una vez por semana. Cuando estaba el
marido, disfrazado de buen tipo, me ofrecía mate. Digo disfrazado, pues supe
luego que no me soportaba. Claro, que hacía un artista en su casa, o un
"sirviente" invadiendo su terreno.
En un momento de la clase, le planteo a la alumna que el hecho de tomar clases privadas,
exclusivas, viajando yo a su casa, tenía que subirle el arancel. Terminó diciéndome que no, que no estaba pasando un buen momento y si yo
insistía se vería obligada a dejar las clases.
Acepté.
Ese mismo día,
cuando se terminó la tarea, me ofrece un té y me dice: -Helios, estoy feliz,
contentísima!!
-Bueno,
felicitaciones, dije.
-Sí, nos vamos
a fin de mes con mi marido, a un safari fotográfico al África. Cuando vuelva,
te mostraré las fotos.
¿Se comprende esto
que escribo?
Una de estas
mujeres, joven ella, es la que quiso hacerme el regalo. Fue la que más tiempo
estuvo en el taller tomando clases. Luego dejamos de vernos.
© Helios Buira
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