Son pequeñas
realidades. O pedazos de realidad que se van conectando para completar el día.
El de uno, el que se transita. Y son pequeñas realidades en sí, diferentes unas
de otras.
Por la mañana,
salgo de casa, camino por calles de tierra, hasta llegar a la avenida, que no
es otra cosa que una calle asfaltada, llena de pozos, lomos de burro para que
los vehículos no tomen velocidad y así, la posibilidad de no causar accidentes.
Allí abordo el colectivo que me llevará hasta la estación Moreno.
La primera
realidad. La que se vincula al viaje en colectivo, al que en todas las esquinas
suben pasajeros y se va llenando de ellos, hasta quedar apretados unos con
otros, pero el chofer sigue deteniéndose en las esquinas siguientes, suben más
pasajeros, y es cuando alguien le dice
que estamos todos apretados, que ya no cabe nadie más y es así que el conductor
cierra la puerta y no se detendrá hasta llegar a la estación, final del
recorrido.
En esa
realidad, puedo observar a quienes viajan, la mayoría gente de trabajo, muchas son gitanas, algunas con sus hijos, que llevan grandes bolsos con mercaderías
que intentarán vender. La casa que habito, está ubicada en un barrio donde
viven muchas familias de gitanos, que desde hace unos cuarenta años, se
instalaron con sus carpas, en diferentes terrenos y luego comenzaron a edificar
sus casas. Y aquí viven. Tengo buena relación con muchos de ellos.
Una vez llegado
a la estación, voy a uno de los andenes para abordar el tren que me llevará
hasta la estación Once.
Siguiente
realidad. La del tren del Oeste.
Desde la
estación Moreno, el tren sale con algunos asientos vacíos. En paso del Rey, la
primera en la cual se detiene, suben muchos pasajeros y generalmente, ocupan el
resto de los asientos. Al llegar a Merlo, comienza lo que puede denominarse
como “el caos” suben cientos de personas, casi corriendo para encontrar
asiento, o un espacio donde ubicarse. El vagón en el que viajo, se llena. No tan
apretados, pero, todavía, para llegar a Once, faltan muchas paradas, en las
cuales, siguen subiendo pasajeros. A partir de allí, suben, suben y suben cada
vez que el tren se detiene. Algunos bajan, pero la cantidad de los que suben,
es aplastante. Y digo aplastante, pues muchos, quedan apretados contra las
puertas, contra los asientos o contra todos entre sí.
Al llegar a la
estación Once, luego de una hora veinte minutos de recorrido, todos, en
muchedumbre, vamos hacia los molinetes de salida. A paso muy lento, pues el
hecho de pasar por los controles, uno por vez, lentifica nuestro andar.
Una tercera
realidad.
Al ser Once una
estación terminal, en sus alrededores, ocurren muchas cosas. Cientos de puestos
precarios, le dan al ambiente, un aspecto de feria, donde se vende de todo.
Pero de todo de verdad; lo más insólito, lo que uno piensa que no existe, allí
lo encontrará. Es un movimiento de miles de personas las que transitan, pues a
esos puestos, se le suman los locales de venta por mayor y menor. El barrio de
Once, es un conglomerado de negocios, de vendedores, de compradores, de cajas
de cartón que los cartoneros recolectan y apilan en las esquinas para luego
cargarla en vehículos, camionetas, y llevarlas a un depósito donde lo venden
cobrando unas monedas por kilo.
Es un barrio
descuidado y hasta me parece como sucio.
Abordo un
colectivo y llego a la casa de mi hija Erika.
Con ella
salimos a caminar por la Avenida corrientes, entramos en un bar y allí nos
quedamos charlando mientras saboreamos varios cortados, acompañados con
medialunas.
Luego otra
caminata y vamos recorriendo las distintas librerías, sobre todo las de
“viejo”, comentamos los libros; me pregunta si leí éste o aquél autor, le
respondo y ella va incorporando nombres y aprehendiendo el hábito maravilloso
de la lectura.
En una de esas
librerías, pudimos observar precios muy económicos, pues están liquidando por
cierre. Compramos varios libros y Erika salió del local con una cara de alegría
que jamás olvidaré. Llevaba los libros en una bolsa, pero abrazados contra su
pecho.
Terminamos la
tarde en otro bar, comentando ella su emoción por los libros, por lo autores y
porque está creciendo de la mejor manera.
Estas realidades, creo que no hacen a una sola realidad, a “La Realidad”. Son
diferentes, cada una tiene su propia historia, su propia energía y de ese modo
es que las vivo.
Y la realidad
que cierra la maravilla de este día, de este hermoso día con Erika, es que
ahora lo escribo y es testimonio que comparto, con un dulce sabor en mi
existencia.
© Helios Buira
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