Sigo
recorriendo los cuadernos de anotaciones y suceden cosas como ésta, que me
llevan a aquel día en que esperaba a Erika.
VOLUNTADES
El Sol. Rayo de
luz, zona lumínica. Va por el piso, se trepa en sillas y mesas; a esta hora, en
el atardecer, lo hace de manera casi horizontal. Estoy en el Bar situado en
Avenida San Juan y Bolívar, sentado a la mesa junto a la ventana que da a la
avenida. Espero a Erika que vuelva de su clase de fútbol femenino. Sobre la
mesa mi cuaderno de anotaciones, un libro de Henry Miller que habla sobre un
domingo después de la guerra. Se acerca la mesera, una joven de ojos grises,
bella; me observa mientras le pido un cortado con una media luna. Sonríe. “Que
concentrado está hoy” dice. ¿Sí? Interrogo y sin responderme va hacia la barra
para solicitarle al patrón mi pedido. Mientras, miro a través de la ventana;
veo gente que pasa, parejas tomadas de la mano, jóvenes que se besan, un hombre
y una mujer que empujan un carrito con bolsas negras de plástico llenas de
cartones: cartoneros, los llaman. La mesera llega y apoya sobre la mesa el
platito, el pocillo de café sobre el platito, una cestita de mimbre con la
medialuna y dos sobrecitos de azúcar. Comienza el ritual.
El hombre y la
mujer “los cartoneros”, se sientan sobre el cordón de la vereda. Un descanso,
seguramente después de caminar buscando lo que pueda venderse por monedas, para
poder comer en el día de hoy.
Y pienso en la
voluntad. La voluntad fuera de mí, de mis ganas, de mis pensamientos. Pienso en
la voluntad en sí, esa voluntad que está en la Energía del Universo y escribo:
¿Qué quiere la
voluntad?
Solo una cosa:
La vida.
Fuera de la
razón, del
Conocimiento.
Como instinto
Basico, originario.
Causa Primera.
Lejos de todo
juicio
Que valore
Principio
individual
Para ser plural
en
El encuentro.
Entonces el
Intelecto
servirá
De ayuda para
Comprender la
Representación
del
Mundo que se
Presenta
Ante nosotros.
El Sol casi se
ha retirado del Bar. Es empujado por las penumbras que avanzan, que traen el
anochecer, para llegar a la noche. Todo se va desdibujando, todo entra en una
zona de silencio casi abrupto, porque llega una hora que suele ser de
recogimiento, de resguardo. Los gorriones dan sus últimos picotazos en la
vereda, en la calle, buscando el alimento final del día y levantan vertiginoso
vuelo hacia sus nidos que ya están preparados para albergar los huevos que
dicen sobre la continuidad de la especie, de la vida.
El patrón
enciende algunas luces en las zonas donde ya las sombras se han instalado. Los
ojos grises de la mesera me están mirando y aprovecho para hacerle la seña por
la cual ella comprenderá que le estoy pidiendo otro cortado. Memoro cuando le
escribí a mi hermana Leticia aquello de “Que las esperas inexorablemente se
cumplen” y memoro al hombre que está solo y espera de Scalabrini Ortiz, memoro
a los solitarios en masa, esa otra muchedumbre.
Libertad.
Esa voluntad
Arrolladora
Tiene el color
de
la sangre como
Lo sabe quien
Por ella muere.
Causa,
Trascendencia
No en el
entendimiento
Sino en el ser
Voluntaria
Liberación en
El todo.
Acción del
Insitnto.
Andrajos de
ciudad. Pedazos. Esparcidos por las calles. Seres cosificados que deambulan en
búsquedas imposibles de hallar en lo buscado. Es hoy. Sólo hoy, nada más que
hoy. Mañana puede ser tarde. Recordar aquellos días de esperanza, cuando una
nube era todo un acontecimiento, un árbol, verde primavera, verano tórrido,
otoño ocre de cadenciosas hojas pendulando en su caída o inviernos de escarcha
en las zanjas matinales. Todo podía ser significado en la belleza, en el
sentimiento y decíamos: “Sentir. Sólo sentir. ¿No es maravilloso?”
Uno con el
mundo
En el mundo,
Cielo diáfano
Arroyo que va
El lago corta
la
Montaña para
que
Esta se hunda
en
Ese diáfano
cielo
Reino de
belleza
Connotada
verdad.
02 de octubre
del 2006
© Helios Buira
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