Menuda o titánica tarea esto de pensar el mundo, o en el mundo.
Estoy aquí, ubicado en un lugar del planeta, en un mínimo espacio de la dimensión que es la Tierra toda, la tierra con su prolongadísima historia del hombre; porque antes, no había historia.
Antes que el hombre, nada.
O todo lo que ya constaba esperándolo para comenzar a ser. En el Estar. Porque el planeta tenía sus formas, sus mares, ríos, montañas y todo lo que dimos en llamar naturaleza. Con sus animalitos, bichitos, insectos. Y también calamidades naturales.
Como dijo alguien: “Cuando llegamos, el mundo ya estaba hecho”
Y hubo que adaptarse, hubo que aprender a saber estar. Para luego de la adaptación y el aprendizaje, ponerse a hacer las cosas y dijimos praxis.
Comenzó un mundo hecho a mano. Otro mundo. Por la mano del hombre.
Aquellos primeros, recibieron diferentes nombres desde nosotros, los que hoy “sabemos” cómo eran ellos.
Dicen que hubo un Homo habilis, que se lo considera como el primer antepasado directo del hombre. Ese Homo habilis evolucionó luego hasta el Homo ergaster, qué, dicen, fue el primero en conocer el fuego.
Después de este acontecimiento (que no fue de un día para otro, sino que llevó su tiempo), parece ser que hay un inconveniente y se bifurca la especie: por un lado el Homo erectus y por el otro, el que se convirtió en el predecesor de nuestro árbol genealógico, en Homo antecessor, cuyos restos fueron descubiertos en España en una importantísima excavación que realizó el Grupo de Paleontología de la Universidad Complutense en la Sierra de Atapuerca, que, conserva los restos de ocupación humana más antiguos de Europa, unos 800.000 años. También, otros hallazgos que permitieron retratar la vida de una cantidad de homínidos que habitaron esa zona, hace unos 300.000 años.
Finalmente, con el Homo sapiens, se considera que se encontraron los orígenes de la especie humana.
Aquéllos, es evidencia, supieron no sólo adaptarse, sino, defenderse de las inclemencias temporales, de la dureza de la vida cotidiana, esa que todos los días los “obligaba” a crear maneras de subsistencia. Y lo hicieron bien. Claro, de no haber sido así, hoy el Planeta estaría desabitado, todo sería un Gran Vergel, y vaya uno a saber cómo serían las diferentes geografías.
Pero continuaron, en sus diferentes evoluciones, en sus derroteros, en sus reproducciones como continuidad de la especie.
Y aquí estoy, luego de milenios y milenios.
Ubicado en un pequeñísimo punto del Planeta, en un barrio con calles de tierra, en Ciudad Moreno, de la Provincia de Buenos Aires, rodeado de árboles, pájaros, gatitos que me miran mientras esperan el alimento que les presento por la mañana, al comenzar el día.
Johannes Brahms acompaña el estar con su inmensa Sinfonía en do menor, Op. 68, llamada Nº 1. Dicen que tardó catorce años en finalizar esta maravillosa obra, cuyos bocetos datan de 1862.
El mate me permite cavilar en cada sorbo, mientras los sahumerios aroman el momento.
© Helios Buira
© Helios Buira
---------------------------------------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario