Tarde de calor sofocante.
Silencio, la calle muda y vacía.
La tierra seca, muy seca y los
gatos debajo de las plantas, al reparo del tórrido acaecer. El tiempo
climático, que no es el tiempo que transcurre en almanaques, en historias, en
permanencias de vidas.
El tiempo que pasa, o nosotros
que pasamos por él como atravesando un puente, pero sin saber qué hay
del otro lado, en la parte opuesta de la que comenzamos a transitar.
El tiempo que mensuramos desde
nuestra finitud, para poder comprenderlo, ya que el anterior no nos pertenece y
mucho menos, el que vendrá; el pasado podemos saberlo como historia, diferente
al que se revelará o hacia el que vamos,
a modo de futuro, pues jamás sabremos cómo será, hasta que allá llegamos.
Si digo por ejemplo que pasaron
más de dos millones de años, seguramente tendremos un removerse de neuronas,
como alocadas, intentando indagar desde el sentir, de qué se trata, cuánto
puede llegar a ser esa inmensidad de tiempo, reitero, desde nuestros
almanaques. Porque del tiempo, que yo sepa, sólo hablamos los humanos.
A modo referencial: se habla del
Paleolítico Inferior, como que es la primera etapa de la Edad de piedra,
aproximadamente hace 2.500.000 (sí, dos millones, quinientos mil años) Y
pensemos que cuando estudiamos o leemos sobre las civilizaciones antiguas, nos
referimos a dos mil o algo más, antes de la Era Cristiana.
¿Cómo se llega entonces a
comprender esos más de dos millones de años?
Parece ser, por los yacimientos
encontrados, que aquellos primeros, vivían a orillas de ríos y lagos,
seguramente porque “sabían” que el agua garantizaba en gran parte la
supervivencia.
Era una vida nómada, en busca
permanente de alimentos, que se basaban en la recolección de frutos silvestres,
la pesca y la caza menor que conseguían con instrumentos de piedra muy
rudimentarios, pero dada la habilidad para trabajar los utensilios,
es que se lo llamó Homo habilis. Dicen que desde África, se fueron trasladando
a otras regiones.
Cuánto tiempo, aún, para llegar a
esto que llamamos civilización. Tratemos de imaginar cómo sería esa vida, ese
andar de un lugar a otro buscando alimentos, ante la adversidad climatológica,
o los peligros que podrían rodearlos.
Recuerdo las palabras de Augusto
Rodin, cuando le preguntaron el por qué de la postura forzada del apoyo del
brazo derecho sobre la pierna izquierda en El Pensador, algo casi imposible de
soportar para quien hiciese de modelo.
-Maestro –dijo el crítico- esa
pose es muy forzada, no se corresponde con la realidad.
Rodin respondió: -Es cierto, una
pose forzada… ahora, trate usted de comprender lo que habrá sido ¡el primer
pensamiento, del primer hombre! ¡Un esfuerzo portentoso!
© Helios Buira
© Helios Buira
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