Mañana nublada, el cielo con diferentes tonos de grises.
Recién comienza el día, el mate qué, como digo siempre, me permite cavilar en cada sorbo, un sahumerio que aroma la estancia y el Coro de monjes del Monasterio Benedictino de Santo Domingo de Silos entona bellísimas obras del canto gregoriano.
Así el inicio, con las ganas puestas para intentar hacer un buen estar.
Afuera, en la calle, silencio.
Un viento suave hace que se muevan las hojas de los árboles y la punta del pino que desde aquí observo, alto, destacado entre las frondosas copas que lo rodean.
Ha llovido. Los gorriones a los saltitos picotean aquí, allá, acullá, seguramente intentando conseguir el alimento que llevarán a sus nidos, pues estamos en primavera y ya deben tener a sus pichones esperando, mientras empluman, crecen, para después, en el tiempo que transcurre, comenzar las experiencias de sus primero aleteos que les permitirá el vuelo.
Recuerdo cuando Antonio Pujia me decía, siendo yo su ayudante, que estaba emplumando bien y que pronto podría volar por mis propios sentidos.
Esto quedó grabado hondamente en mí, de hecho lo estoy comentando tantos años después y siento que cada trabajo que comienzo, cada escultura, lleva el eco de aquellos días. El eco de una energía intensa, de un haber aprehendido atributos.
Esencias que vienen de milenios, porque el arte sigue siendo lo que fue, lo que es y también lo que será. El arte, es un pronunciamiento de eternidad.
Aquellos que grabaron sus obras en las cuevas, lo hacían como continuación de lo que vivían afuera, en la intemperie temporal.
Primero lo impregnaban en la roca, pues “sabían” que eso allí trazado, era lo que sucedería en el mundo de afuera; ese otro mundo que estaban comenzando a comprender desde la praxis. El mundo de la tercera dimensión, el que los contenía. Por ello la Magia en las imágenes y después, milenios después, podemos decir: El arte, ante todo, magia.
Y se me hace que sigue siendo lo mismo, que seguimos haciendo lo que acontece en el mundo tridimensional, pero con lo que dice Henry Miller: “Pasado, presente y futuro, convergen en un mismo punto. Sólo pueden saberlo, quienes se ocupan de lo eterno” Creo que es así, de esa manera, pero puedo agregar que en la Zona Solitaria y Sublime, allí donde está el fulcro de la creación, se transita por un plano, que nada tiene que ver con lo cronológico.
Y no tiene que ver con cronos, pues la evidencia, es que luego de milenios, al ver una de esas obras, hoy, nos seguimos emocionando.
Dicen que las primeras migraciones hacia lo que hoy llamamos América, vinieron al continente, provenientes del norte de Asia, hace unos 40.000 años y que coinciden con el comienzo de la última glaciación; seguramente en forma lenta y en períodos muy largos.
Recolectores y dedicados a la caza menor, portadores de una cultura muy primitiva equivalente a la del paleolítico inferior europeo, que, divididos en pequeños grupos nómades, se fueron extendiendo por el continente. Su instrumental estaba formado por lascas toscamente retocadas por percusión y no se tiene certeza de la función específica.
Restos de estas industrias líticas se encontraron tanto en América del Norte, como en América del Sur.
Hubo otros grupos posteriores más avanzados, se trata de cazadores superiores, es decir, dedicados a la caza de grandes mamíferos que por entonces abundaban en el continente.
Se nota el perfeccionamiento en el tallado de la piedra, se especializan en cuchillos, raspadores y hojas, junto con instrumentos de huesos.
Se supone que al especializarse en la caza a gran escala, se organizaron rudimentariamente en grupos mayores.
Y así, de un lugar a otro, en idas y vueltas, fueron creciendo en conjuntos, en organización y seguramente dadas las transformaciones climáticas ocurridas en el final de las glaciaciones, con la desaparición de muchos de los grandes mamíferos, fueron adaptándose a otras formas de vida y aprenden e incorporan la recolección de semillas que luego serían transformadas en harina, como lo demuestra la presencia en algunos yacimientos de pequeños molinos de mano, cuya antigüedad, en algunos casos, data de 9.000 años.
En movimiento, en traslados, el hombre, siempre creando para prolongarse en el planeta.
© Helios Buira
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© Helios Buira
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